jueves, enero 15, 2026
Arte

El otoño es más gris ahora

Este año el otoño ha perdido color y no ha sido una cuestión del clima. A principios de octubre me golpeó como un viento helado la noticia del fallecimiento de Mai Egurza, brillante ilustradora a la que conocía y apreciaba inmensamente, tanto en lo personal como en lo profesional. Y hace unos días, cuando entrábamos en noviembre, supe que nos acababa de dejar la artista vitoriana Amaia Arrazola, cuya trayectoria llevaba siguiendo desde que acudí a una de sus primeras charlas en la librería Zuloa —hará más de diez años—, donde ya se intuía un talento descomunal. Ahora, cuando miro las acuarelas originales que le compré a Mai o los libros que ilustró Amaia, me parece que el invierno se ha colado sin permiso en mi estantería y nos ha robado una paleta entera de colores cálidos, vibrantes y llenos de luz.

Conocí a Mai hace casi una década en el seno del festival Irudika, uno de los eventos culturales más especiales de nuestra capital, el cual reúne dosis ingentes de creatividad y talento cada año en el Artium. Nos presentó Ío Bru, amiga común y mentora de ilustradores, que tiene por costumbre convertirse en una especie de pegamento mágico y buenrrollero entre creadores y amantes del arte. Compartimos café e inquietudes artísticas y Mai me hizo el inmenso regalo de enseñarme su porfolio. Me quedé fascinada. Aquel carpetón con el que viajaba de aquí para allá, sin darse ninguna importancia, guardaba un tesoro de acuarelas delicadísimas, unos personajes que contaban historias enteras sin decir ni una palabra y una sensibilidad y una mirada sobre el mundo que te dejaba maravillada. No es de extrañar que, antes de cumplir los cuarenta, se hubiese ganado un lugar destacado en el mundo de la ilustración y el cómic, publicando con editoriales nacionales e internacionales. Sin embargo, Mai se movía por la vida sin alardear de nada, como una aguada de acuarela que se desliza por el papel y hace más bello todo lo que toca, sin ruido, solo por ser como es. Y ahora ya no está, no haremos juntas ese libro del que tanto hablamos sobre una niña que vivía dentro de un zapato, no quedaremos en Barcelona para tomarnos un café ni hablaremos de suculentas y de lo difícil que es ganarse la vida como ilustradora aunque tengas un talento que desborde por los cuatro costados, como era su caso. Qué injusta es la vida a veces.

A Amaia no la traté personalmente, aunque desde que la escuché hablar en aquella charla en Zuloa sentí que una parte muy íntima de mí conectaba con otra parte suya que, en los años venideros, ella siguió desarrollando en forma de arte valiente, vital y lleno de fuerza. Recuerdo que ya en aquel entonces dijo que el talento no lo es todo, que el trabajo y la práctica son las que llevan a mejorar en cualquier disciplina artística, ya sea la ilustración o la escritura. Ahora que lo veo desde la distancia del camino recorrido, he podido comprobar toda la verdad que encerraban sus palabras y siento no poder darle las gracias por ese consejo, al que recurro cuando creo que todas las horas que le robo al sueño para escribir no tienen mucho sentido. En esos momentos viene bien recordar sus murales, tan poderosos, saber que a ella también le golpeó la maternidad como un meteorito, recordar que las películas de Miyazaki son casa y que una pared o una hoja vacía puede contener infinitos mundos. Así que, aunque llegue tarde, Amaia, gracias por todo lo que nos has dejado.

Mai y Amaia compartían algo intangible, que muchas veces nuestra sociedad acelerada no valora, pero que sin embargo hace mucha falta en el mundo: la capacidad de transformar en arte aquello que nos remueve por dentro. Mai desde la introspección y la delicadeza; Amaia desde la energía y la experimentación constante. Ese es el legado que nos dejan y, aunque el otoño sea hoy un poco más gris, su obra seguirá poniendo color a quienes vengan detrás.

(c) Nuria Chicote, texto; Fotografías: Amaia Arrazola (Álex Larretxi), Mai Egurza

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