lunes, octubre 26, 2026
Cultura educativa

El informe PISA no mide el agotamiento de quienes educan

Cada cierto tiempo, un informe nos devuelve a la misma conversación: los resultados educativos, las competencias del alumnado y las puntuaciones que suben o bajan. Analizamos cifras, buscamos responsables y proponemos nuevas medidas para mejorar. Y vuelta a empezar.

Pero hay algo que demasiadas veces queda fuera de las estadísticas: la salud de quienes sostienen la educación cada día. Porque mientras hablamos de resultados, hay docentes que llegan al límite, personas que terminan la jornada con la sensación de no haber llegado a todo, que acumulan burocracia, que intentan atender la diversidad en aulas cada vez más complejas y que, muchas veces, se llevan a casa aquello para lo que no ha quedado tiempo durante el día. Más tareas. Más exigencias. Más presión. Más necesidades que atender.

Y, en medio de todo eso, la pregunta sigue siendo la misma: ¿cómo podemos pedir mejores resultados sin preguntarnos en qué condiciones estamos intentando conseguirlos?

¿Y si dejamos de mirar únicamente las notas?

PISA nos ofrece información relevante sobre el rendimiento educativo, sería absurdo negar el valor de conocer qué está ocurriendo con los aprendizajes del alumnado. Pero el problema aparece cuando convertimos los resultados en el centro de toda la conversación y dejamos fuera aquello que también hace posible aprender. ¿Qué ocurre con la motivación? ¿Con el bienestar? ¿Con la sensación de pertenencia? ¿Con el tiempo para escuchar, acompañar y construir vínculos? ¿Con quienes enseñan y que, antes que profesionales, son personas?

Podemos medir competencias, pero ¿cómo medimos la energía que le queda a una persona después de una jornada de trabajo? ¿Cómo aparece en una estadística la frustración de quien quiere atender a veinte alumnos de manera individual y no encuentra las condiciones para hacerlo? ¿En qué indicador recogemos el desgaste de quien siente que nunca es suficiente?

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No se trata de enfrentar el bienestar docente con los resultados del alumnado, se trata de comprender que la educación ocurre entre personas, dentro de unas condiciones concretas y en una cultura que determina qué valoramos, qué exigimos y qué estamos dispuestos a sacrificar para conseguirlo. Y cuando el sacrificio se convierte en norma, quizá el problema ya no sea individual.

Una cultura que normaliza el agotamiento

Nos hemos acostumbrado a escuchar que la educación necesita mejorar, que hay que innovar, actualizarse, atender nuevas necesidades, incorporar herramientas y responder a los cambios sociales. Todo eso puede ser necesario, pero hay una pregunta incómoda que casi nunca ocupa el mismo espacio: ¿qué necesitamos dejar de hacer para que todo lo nuevo tenga cabida?

Porque no podemos seguir añadiendo tareas a un sistema que ya está desbordado. No podemos hablar de educación emocional mientras ignoramos las emociones de quienes educan. No podemos pedir presencia, paciencia y escucha a personas a las que no dejamos tiempo para respirar. No podemos exigir una educación humana desde estructuras que, en demasiadas ocasiones, empujan a funcionar como máquinas. Y, sin embargo, hemos aprendido a normalizarlo.

Normalizamos el cansancio. Normalizamos la falta de tiempo. Normalizamos que el trabajo invada la vida personal. Normalizamos que el docente termine cuestionando su capacidad cuando quizá también habría que cuestionar las condiciones en las que está trabajando.

Después hablamos de vocación. Como si la vocación tuviera que compensarlo todo. Como si amar la educación significara poder soportar cualquier cosa. La vocación no puede convertirse en una herramienta para justificar la precariedad emocional, la sobrecarga o la falta de recursos. Querer educar no significa tener que poder con todo. Y aquí es donde necesitamos dejar de poner parches.

No necesitamos docentes que aguanten más

Es importante poner el foco en una cuestión que va mucho más allá de las aulas: no podemos transformar la educación si no cuestionamos la cultura desde la que estamos educando. Por eso, hablar de bienestar docente no puede consistir únicamente en ofrecer técnicas de relajación, herramientas de gestión emocional o estrategias para afrontar el estrés. Todo eso puede ayudar y tener su lugar, pero si la respuesta se limita a enseñar a cada persona a soportar mejor unas condiciones que la desgastan, estamos dejando intacto el problema.

El autocuidado importa. Y también importa preguntarnos por qué necesitamos cuidarnos de aquello que se ha convertido en nuestra rutina laboral. ¿Qué parte del agotamiento tiene que ver con cómo nos organizamos? ¿Qué exigencias hemos aceptado como incuestionables? ¿Qué prácticas mantenemos porque siempre se han hecho así? ¿Cuánto tiempo dedicamos a cumplir con lo establecido y cuánto nos queda para aquello que da sentido a educar?

No se trata de responsabilizar a cada docente de su malestar. Tampoco de señalar a quienes trabajan en los centros, a las familias o al alumnado. Se trata de mirar el conjunto, de reconocer que hay condiciones estructurales que necesitan cambiar y de dejar de presentar como un problema de resistencia individual lo que también es un problema colectivo. Porque no necesitamos aprender a aguantar más, necesitamos dejar de construir una educación que nos obliga a vivir al límite.

Esto es un basta ya a lo establecido

Quizá haya llegado el momento de cambiar las preguntas. En lugar de preguntarnos únicamente cómo mejorar los resultados, preguntémonos qué educación estamos construyendo para conseguirlos. En lugar de exigir nuevas respuestas a quienes ya están desbordados, preguntémonos qué condiciones necesitan para poder desarrollar su trabajo con dignidad. En lugar de medir exclusivamente lo que el alumnado sabe hacer, demos también espacio a cómo se siente, cómo se relaciona y qué posibilidades tiene de aprender. Y no olvidemos que quienes le acompañan también necesitan condiciones para estar, escuchar y sostener.

Esto no significa renunciar a evaluar, a mejorar o a exigir responsabilidad. Significa dejar de confundir la mejora con la acumulación de exigencias. Significa comprender que una educación de calidad no puede sostenerse indefinidamente sobre el desgaste de las personas.

Es importante abrir esta conversación. No para ofrecer otra receta rápida, sino para cuestionar la raíz. Para dejar de tratar el agotamiento como una consecuencia inevitable de educar. Para recordar que el bienestar docente no es un extra, una recompensa ni un asunto privado que cada cual deba resolver en soledad. Es una cuestión educativa. Y también cultural.

Porque la cultura, como ya he recalcado en otros de mis artículos, no es solo lo que leemos, lo que vemos en un escenario o lo que aprendemos en un museo. También es aquello que aceptamos como normal, las prioridades que compartimos y las condiciones de vida que estamos dispuestos a sostener. Y si hemos normalizado una educación que desgasta a quienes la hacen posible, quizá también tengamos que revisar la cultura que la sostiene.

El informe PISA puede decirnos mucho sobre el rendimiento del alumnado. Pero no puede ser la única conversación sobre educación. Hay vidas detrás de las cifras. Hay personas detrás de cada aula. Y hay una responsabilidad colectiva que no podemos seguir esquivando, una responsabilidad social.

Así que sí, queremos mejores resultados, mejores aprendizajes y una educación que responda a las necesidades de nuestro tiempo. Pero no a cualquier precio. Porque si para sostener la educación tenemos que dejar nuestra salud por el camino, algo está profundamente equivocado.

Y me atrevo en este artículo a traer la voz de muchos docentes que decimos basta. Basta de normalizar el agotamiento. Basta de confundir vocación con sacrificio. Basta de poner parches sin tocar la raíz.

Quizá el verdadero cambio educativo empiece cuando dejemos de preguntarnos cómo conseguir que las personas aguanten el sistema y empecemos a preguntarnos qué sistema necesitamos construir para que las personas puedan vivir, aprender y educar mejor. 

© Suri Azaceta, texto; PPO, fotografía de portada

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Suri Azaceta

Responsable de la sección Cultura Educativa de CulturaBAI. Web: metamorfosiseducativa.es

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