La historia de Nancy Punk
“A los peluqueros os gusta mucho coger la tijera”…
Si eres peluquero, te lo habrán dicho en más de una ocasión. ¿A que te suena? Y si no lo eres, es probable que se lo hayas dicho alguna vez a tu peluquero, justo en ese momento exacto en el que se encuentra tijera en mano.

Cuando era pequeña, tendría unos nueve años más o menos, me regalaron una Nancy. Era preciosa, con aquel pelo rubio que le llegaba a la mitad de la espalda. En aquel momento me pareció perfecta, la típica muñeca rubia que nunca había tenido. En aquellos años era una de las muñecas de moda; casi todas las niñas teníamos una. Recuerdo recibirla con mucha emoción para, seguidamente, encerrarme en mi cuarto a jugar con ella.
Me bastaron un par de días para comprobar que nuestra relación no iba a ser fácil.
Por entonces yo ya tenía una versión morena de la misma muñeca desde hacía tiempo, con un pelo menos espectacular pero bastante más fácil de peinar y manejar que el de la versión rubia, la cual acababa con mi paciencia, pues su cabello se enmarañaba una y otra vez y así no había manera de disfrutar del juguete. Así que… tomé una decisión sin consultar a nadie.
Decidí cortarle el pelo como me lo cortaba a mí mi madre. Fui a por las tijeras de manualidades y empecé con el trabajo, convencida de que me iba a facilitar la vida.
En ese momento no era consciente de que estaba experimentando por primera vez uno de los rituales más importantes del mundo de la peluquería, no solo a nivel profesional, sino también a otros niveles emocionales, culturales y sociales.
¿Por qué es tan importante el proceso de cortar el cabello?
¿Por qué se reserva habitualmente ese trabajo al personal con suficiente experiencia?
Es interesante analizarlo. El pelo, a muchos niveles, ha sido históricamente —y sigue siendo— una de las señas de identidad de cada persona. Piensa en alguien: si te pido que lo describas, me dirás si es rubio o moreno, si tiene mucho pelo o no lo tiene, si es canoso…
Nuestro pelo, a ojos de los observadores, cuenta una historia. Puede ser cierta o no, pero lo que es seguro es que dice más de nosotros de lo que imaginamos.
En el pasado servía para identificar a diferentes tribus indígenas o a pueblos romanos. A los pescadores de algunas latitudes se les asocia con el famoso corte mullet, un corte que nació por una necesidad: evitar quemaduras solares en el cuello mientras trabajaban. Por eso se dejaba la zona posterior larga y se recortaba la parte frontal.
Más allá de la necesidad o lo estético, al cabello también se le ha asociado tradicionalmente con lo espiritual, con leyendas y rituales. Para la mayoría de las personas, su cabello es importante en mayor o menor medida. Es una de nuestras cartas de presentación. Si lo llevamos sucio, peinado o despeinado, estamos dando información no solo estética, sino también emocional.
Se suele decir, a nivel espiritual, que “como es adentro, es afuera”. Si emocionalmente estamos pasando por un mal momento, existen más posibilidades de desatender nuestro propio cuidado.
¿Qué tendrá esta fibra de proteína llamada queratina, que daba fuerza a Sansón y que algunas culturas antiguas y tribus creían que era un canal espiritual conectado con los dioses?
Es bastante común que, en momentos de evolución personal o de duelo, se pida un cambio radical de corte de pelo. Quizá tú también lo hayas experimentado.

Por lo tanto, el acto de cortar el cabello conlleva una responsabilidad más allá de lo estético. La persona que se sienta en la silla permite que cortes, con tu herramienta, una extensión de sí misma, y de algún modo te hace partícipe del momento de transformación que está viviendo.
Muchas veces, cortar supone una liberación a nivel emocional: soltar lo que ya no vale o lo que queremos cambiar. El comienzo o el fin de una etapa, una transición hacia algo nuevo y diferente. Porque toda evolución conlleva cambios que a veces cuestan y otras veces liberan cargas, también a nivel simbólico.
Es relativamente frecuente que a algunas jóvenes les cueste arreglar sus largas melenas. Una vez dan el paso, al comenzar a cortar simplemente las puntas, ves cómo aquella melena sin vida se transforma, cómo empieza a definir el rostro de la persona y cómo finalmente se sienten agradecidas.
Es, por lo tanto, inmensamente gratificante para un peluquero cortar el pelo; yo diría que es una de las cosas más gratificantes de nuestro trabajo. Decidir en manos de quién nos ponemos a la hora de cortarnos el cabello no me parece una decisión baladí. El cabello no es solo queratina ni un elemento estético: posee una carga psicológica, emocional y cultural que no podemos subestimar.
Recuerdo aquella primera vez, con nueve años, viviendo mi primera experiencia con la tijera en mano… con la Nancy.
Confieso que me gustó, aunque no tenía ni idea de lo que hacía. Pero tenía claro que quería eliminar el problema de aquel pelo que se enredaba como un ovillo de lana en manos de un gato. Así que me puse manos a la obra y, cuanto más corto cortaba, más me gustaba.
Mi Nancy rubia acabó teniendo un look bastante punk. No estaría nada mal de no ser por un pequeño inconveniente: estaba tan corto que se le veían tanto o más los agujeritos por donde salía el pelo que el propio corte.
El problema de la maraña se había solucionado —o eso creía yo— hasta que mi madre descubrió mis tempranas dotes de peluquera y no estuvo nada de acuerdo con mi impulsiva creatividad ni con el resultado final.
Cada vez que recuerdo aquel momento de mi infancia no puedo evitar sonreír al pensar cómo transformé una muñeca rubia y estereotipada en una muñeca punk, con un poco de alopecia, eso sí… pero con personalidad propia.
Creo que ella siempre quiso ser una muñeca diferente a las demás. Y lo fue.
© Susana Rodríguez, texto e ilustraciones; PPO, imagen de portada
