Mario en clave de jazz. Capítulo 1
“La técnica es solo el vehículo; el verdadero destino del jazz es la emoción.”
Jorge Pardo.
Me llamo Mario.
Aparecí en un teatro vacío.
No había nadie. Las luces estaban apagadas y las butacas esperaban en silencio. Aun así, tenía la sensación de llegar tarde. Como si unas horas antes aquel lugar hubiera estado lleno de gente y yo hubiese aparecido cuando todo había terminado.
Llegar tarde se me daba bien.
Llegué tarde al cine, al teatro, al amor… y también al jazz.
En mi familia todos tocaban el contrabajo. Mi abuelo, mi tío y mi padre habían pasado media vida abrazados a ese instrumento. Crecí con un contrabajo en casa, con ensayos, conciertos y conversaciones que siempre acababan hablando de música.
Pero el jazz nunca encontró un sitio dentro de mí.
Nunca me ha gustado.
No porque me parezca aburrido. Es otra cosa. Hay algo en esa música que me incomoda. No sé por dónde va, ni qué espera de quien la escucha. Cuando empieza una improvisación siento que he entrado en una conversación en la que todos saben de qué hablan menos yo.
Y eso me pone nervioso.
Durante años pensé que el problema era mío. Después decidí que simplemente no quería parecerme a mi familia. Ellos hablaban jazz como si fuera su idioma. Yo solo escuchaba ruido donde ellos encontraban respuestas.
Entonces miré a mi alrededor.
¿Por qué estaba sobre aquel escenario?
¿Cómo había llegado hasta allí?
¿Y por qué solo había un contrabajo en el centro?
Di un paso.
Luego otro.
No tenía miedo del teatro. Ni del silencio.
Lo que me inquietaba era ese contrabajo.
Lo conocía desde niño y, aun así, nunca había sentido que fuera un objeto cercano. Era como cruzarme con alguien de mi propia familia a quien nunca había conseguido entender. Me acerqué despacio, pero mantuve cierta distancia. No quería tocarlo. Ni siquiera sabía por qué.
Antes de llegar hasta él ocurrió algo.
Al fondo del escenario apareció la proyección de un concierto de la 49.ª edición del Festival de Jazz de Vitoria-Gasteiz. Era el Amaro Freitas Trio. El Palacio Europa volvió a llenarse de música.
Sin darme cuenta, dejé de mirar el contrabajo.
El piano de Amaro Freitas parecía buscar algo que no estaba escrito en ninguna partitura. A veces sonaba como agua. Otras, como tierra. Había momentos en los que parecía hablar con los árboles y otros en los que la batería de Rodrigo “Digão” Braz y el contrabajo de Sidiel Vieira respondían desde otro lugar.
No entendía lo que estaba pasando.
Pero tampoco podía apartar la vista.
Aquella música no me pedía permiso para entrar. Tampoco intentaba convencerme. Simplemente estaba ahí.
Y yo seguía escuchando.
Quizá el jazz no consistía en entender, sino en aceptar que no siempre hay un camino marcado. Que hay preguntas que solo aparecen cuando dejamos de buscar respuestas.
Vi el concierto entero sentado junto al contrabajo.
No llegué a tocarlo.
Cuando terminó, cerré los ojos.
Las luces del teatro se apagaron.
Y, por primera vez, el silencio ya no me dio tanta tranquilidad como la música que acababa de escuchar.

Breve extracto de audio de la actuación de Amaro Freitas Trío
© Jorge Girbau Bustos, texto, audio y fotografías
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