Águeda: la mujer que hizo temblar la tierra
Érase una vez, más allá de los mares y mucho antes de que se escribieran los mapas una joven llamada Águeda en la luminosa isla de Catania, en Sicilia. Su belleza no era solo de piel: su fe era un fuego interno que nadie podía apagar. Dedicó su vida al cuidado de los pobres y al consuelo de los que sufrían, rechazando las ofertas de poder y riquezas que otros le ofrecían por su mano.
El procónsul Quinciano, hombre de ambición y arrogancia, quiso poseer lo que Águeda no podía dar: su cuerpo y su sumisión. Pero cuando ella dijo “no” con la firmeza de quien tiene raíces profundas, el corazón de Quinciano se torció en rabia cruel. Ordenó que la torturaran, y aunque la joven soportó tormentos que harían temblar a los demás, no renunció a su dignidad. Como castigo a su firmeza, sus pechos fueron mutilados sin atender a los lamentos de Águeda:
“Cruel tirano, ¿no te da vergüenza torturar a una mujer el mismo seno con el que de niño te alimentaste?
El procónsul carecía de vergüenza y ordena que la arrojen sobre carbones en rojo vivo y la arrastren por las calles de toda Catania y es la muerta la única capaz de poner fin a su agonía
Desde entonces, Águeda se convirtió en símbolo de resistencia femenina, patrona de las mujeres, protectora de las madres y guardiana contra las aflicciones del cuerpo y del alma. Su historia viajó con viajeros, peregrinos y trovadores, cruzando montañas y mares hasta asentarse también en las tierras del País Vasco.
En el norte, donde el invierno era largo y la tierra dormía bajo un manto de escarcha, las gentes vieron en la historia de Águeda algo más que devoción. Vieron una llama de fortaleza que podía encender el espíritu de su propia tierra. Se decía que el choque de makilas contra el suelo no era solo un ritmo musical, sino una llamada a la tierra.
Así, cada 4 de febrero, la víspera de la festividad, las calles y plazas se llenan de voces y palos que resuenan. Los grupos —ahora de todas las edades, antes solo jóvenes— se agrupan en cuadrillas. Vestidos con atuendos tradicionales cantan coplas a Águeda mientras golpean la tierra con las makilas al compás. Es un canto a la fertilidad, a la primavera que está por llegar, y a la fuerza inquebrantable de la mujer.
No es un canto triste, sino orgulloso. Un canto que recuerda a todos que incluso en la noche más larga —como los inviernos del norte— la luz vuelve. Que incluso ante las peores pruebas, como las que Águeda enfrentó, se puede alzar la voz con dignidad y convertir el dolor en armonía.
Y así, noche tras noche, año tras año, el eco de aquellos palos contra el suelo no solo despierta a la primavera, sino la memoria de una mujer que enseñó que la resistencia es canto y que el valor no conoce silencios.
El suplicio de la santa está representado en una pintura que tiene la Iglesia dedicada a ella en Roma. Su nombre forma parte del martirologio romano, catálogo de mártires y santos de la Iglesia católica.
Hoy el golpe de las makilas, las voces y la tradición son la vida eterna para la mujer que hizo temblar la tierra.
Feliz día de Santa Águeda
© Arantza Cordero, texto; Imagen de portada, El martirio de Santa Águeda · Giovanni-Battista Tiepolo, recogida de la web https://www.meisterdrucke.es/impresion-artística/Giovanni-Battista-Tiepolo/33597/El-martirio-de-Santa-Águeda.html
