jueves, abril 30, 2026
Humanidades

Miguel Ángel Curiel, Premio de Poesía Gabriel Celaya

Hoy, día 30 de abril, se hará entrega del VII Premio Internacional de Poesía Gabriel Celaya otorgado por la Diputación Foral de Guipúzcoa. El premio consistente en una dotación económica y la publicación del ejemplar por la editorial El Gallo de Oro ha sido adjudicado a Miguel Ángel Curiel por su poemario Solo integral. Curiel, además de componer poesía, escribe artículos dominicales de prosa poética para elDiario.es de Castilla la Mancha y es profesor del Máster de Escritura Poética en la Escuela de Escritores de Madrid.

Conocer a Miguel Ángel Curiel es conocer historia viva de la poesía. Conocer a un poeta de los que creías que ya no existían. Un poeta de los pies a la cabeza. Y se nota. Su forma de ser y de entender la vida está tan ligada a su faceta de creador que no se puede separar la persona del artista. Un autor que demuestra pasión en lo que hace y que sabe mucho de poesía y de la vida, no por haber estudiado, sino porque así lo siente. Al mismo tiempo, choca que un hombre tan sabio, sea al mismo tiempo tan humilde y amable. La que suscribe estas líneas tuvo el placer de conversar con él pero, sobre todo, de escucharlo. De dejarse llevar por esas reflexiones tan profundas que solo las personas con tanta sensibilidad son capaces de hacer. En la conversación se trataron temas como la inocencia, el amor, la muerte, la naturaleza, la relación con el lector e incluso la situación poética en España.

Miguel Ángel Curiel tiene a sus espaldas una gran trayectoria con numerosos galardones y becas y, después de trabajar durante casi tres años en su poemario, decidió tentar a la suerte en este concurso. Pese a que ha recibido varios premios anteriormente, sigue alegrándose como si fuera la primera vez. Él defiende que para crear es necesario mantener un ápice de inocencia, pero cuando se lleva una trayectoria tan larga como la suya, es difícil que la sabiduría y el ego (aunque necesario para superarse) la anulen, por ello, él aconseja que todo artista debe mantenerse alerta para no perder la ilusión creadora. «Si esa parcela de ingenuidad y de inocencia se pierde, en cierta forma se pierde la capacidad de ensoñación y de poder adentrarte en los misterios de la existencia con los ojos muy abiertos para que todo siga pareciéndonos nuevo, novedoso. Un poeta, un creador, nunca debe perder la capacidad de asombro. Y ese es el equilibrio al que uno se enfrenta según va pasando el tiempo».

Gracias a su capacidad de mantener la ilusión, la inocencia y el asombro, Curiel ha compuesto un poemario muy especial, Solo integral. Un libro en el que desde el mismo título se evoca la complejidad del creador. «Solo Integral significa en lenguaje de la escalada y montañismo todo ese tipo de escalada que se hace sin cuerdas, con lo que conlleva un riesgo atroz. El mínimo fallo supone la muerte». El objetivo de Curiel es llevar su poesía al mismo nivel: enfrentarse a una poesía radical ajena a toda influencia exterior, «mostrando cada vez más en ese espacio de intemperie en soledad que el poeta necesita».

Curiel es de los poetas que creen que solo escribe un libro en toda su vida. Un libro fragmentado en el que el objetivo es ir hacia la esencialidad, la desnudez. Por ello, en Solo integral se tratan los mismos temas que ha ido tocando a lo largo de ese gran libro fragmentado de su poesía: el paso del tiempo, el amor, la fugacidad de la vida y, sobre todo, la muerte. Esta última analizada desde diferentes vertientes: cómo con el paso del tiempo cambia nuestra mirada hacia la muerte, cómo se va revelando de otra manera, cómo se va perdiendo el miedo e, incluso, cómo se va volviendo en una fuente creativa muy sugerente. Junto a este tema, destaca el del amor, aunque Curiel no lo trata como la poesía amatoria tradicional, sino que indaga en la falta de comunicación entre dos personas que tienden a corresponderse: «se da esa contradicción entre dos personas que se aman mucho, pero lo que les falla es el lenguaje para poder transcender a ese amor y toda ruptura no es más que un problema de lenguaje». Sorprende que dos de sus grandes temas sean tan opuestos, pero él, con esa visión tan única de la vida, afirma que no es así: «hay una gran relación ontológica, intrínseca entre el amor y la muerte. Porque, entre otras causas, siempre tendemos a pensar que el amor es eterno, que existe un atisbo de eternidad en el sentimiento amoroso. Ese atisbo de eternidad lo termina segando la muerte. Hay una relación extraña, pero directa. Toda relación amorosa conlleva un final y en ese final siempre se esconde la muerte».

Su obra también tiene una profunda relación con la naturaleza. Influjo que le viene de pasar los veranos con sus abuelos en Extremadura, rodeado de una naturaleza exuberante que fue la artífice de su eclosión como creador cuando tan solo era un niño. Su etapa creativa no comenzó en ese instante, pero fue ahí cuando se dio cuenta de que tenía la capacidad de asombrarse y de observar el mundo de forma diferente. «La poesía se hace caminando. Invierto mucho tiempo en caminar para cazar un poema. Porque el poema está en la naturaleza. Solo hay que mirar y ahí está». De hecho, su relación con la naturaleza es tal que Curiel asegura que siempre escribe al atardecer, en ese momento mágico del día cuando el sol va declinando y la luz es más cálida y le abre un espacio para entablar una relación con su escritura poética.

Del mismo modo, sus poemarios se crean de forma natural, sin corsés métricos ni una planificación. Para Curiel la poesía es un todo indivisible que le nace de dentro. Él no escribe poemas sueltos que luego agrupa en un libro. No, él escribe con la idea de crear un libro de poesía. Un proceso lento, tranquilo y diario que le resulta «complejísimo, dolorosísimo y difícil». Cuando su yo poético era joven estaba inundado de vehemencia y radicalidad y, en consecuencia, le era fácil componer. Ahora esa pasión desbordante la ha reconducido hacia la paciencia, pero siempre con el propósito de no perder ni un ápice de inocencia creadora.

Pese a que su poesía haya evolucionado, siempre ha considerado que la «principal función que tiene la poesía es una indagación sublime del lenguaje». Nuestra comunicación ha llegado hasta una línea y el poeta tiene el deber de ir más allá, para crear nuevos campos de significación «porque entonces el poeta o el creador entra en un terreno aún inexplorado». Además de esa exploración, se trata de crear realidad con el lenguaje. No es cuestión de crear sobre la realidad, sino de crear. Pero el poeta tiene otra misión añadida: la de conservar la pureza de las palabras. Estamos en una época en la que se ha depreciado tremendamente por los medios de comunicación, la publicidad y la política y el poeta tiene el cometido de conservar esa sacralidad.

Por otra parte, pese a que la poesía no tenga un rendimiento económico es inmensamente útil. «Es un mundo pequeñito, pero muy necesario y es que es inconcebible un mundo sin poesía porque ayuda a la formación espiritual de la sociedad. Una sociedad sin poetas no es viable, como no lo es un mundo sin ciertas aves. Hay que proteger a los animales en peligro de extinción y hay que hacer lo mismo con los poetas. Además, en este mundo científico técnico, la sociedad necesita todavía más de la poesía».

Ahora mismo, la poesía está en muchos espacios, en una canción pop o de rock e incluso en la publicidad, pero en lo que a la poesía culta se refiere, hay pocos lectores. Es un hecho que hay una bolsa de personas que solo leen poesía, pero la gran mayoría son otros poetas. Quizá no sea fácil encontrarlos, pero a Curiel no le importa la cantidad, sino que desea encontrar los adecuados para su poemario, aquellos «que hayan encontrado en mi poesía algo, que hayan sido capaces de entrar en ese mundo y poder habitarlo». Es consciente de que ese mundo no puede ser habitado por muchos y eso crea una relación muy especial con algunos lectores, pocos, pero importantes. Y es que escribir un poema es como lanzar una botella con mensaje al mar. No sabes quién será el lector que la recoja, pero sí que este leerá el poema y lo hará suyo porque la lectura de poesía «no es unitaria ni unidimensional».

Por supuesto, todo poeta tiene sus maestros a los que admira, con los que ha ido creciendo y forjando una voz propia. Los de Curiel son, entre otros, los poetas centroeuropeos Paul Celan, Vladimir Holan y Georg Trakl, los representantes del simbolismo francés y, en poesía española, Claudio Rodríguez, José Ángel Valente y Juan Ramón Jiménez (con quien comparte su visión sobre Dios y la creencia en la poesía). Desde luego, el gran poso que ha dejado la poesía española en la historia de la literatura es algo que agradece Curiel, ya que es consciente de que ese gran legado es lo que le ha abierto el camino para que él pueda dedicarse a la escritura.

© Leire Ibáñez de Gauna, texto; Miguel Ángel Curiel, Fotografía

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