miércoles, marzo 4, 2026
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Cuando la ciudad soñó despierta: tres noches bajo la luz de Umbra

Érase una vez una pequeña chispa que soñaba con ser una gran luz. Un día quiso retar a la lógica y dejó que fueran los rayos de sol y no la reina de la noche, la luna, los que la acunaran hasta dormirse. La pequeña chispa cayó en un sueño tan profundo que duró tres días seguidos. Y ella fue la protagonista de su propio suelo, aquel que tanto había perseguido despierta.

Se posó tímidamente en una farola y esta despertó. De pronto, muchas farolas caminaron por un paseo repleto de personas con las que jugueteaban y reían, reían mucho.

Elegantes, curiosas, casi traviesas, se convirtieron en guardianas amables de la noche. No alumbraban calles: acompañaban pasos, invitaban a observar con detenimiento , a volver a creer que los objetos cotidianos también sueñan.

Muy cerquita de allí, la chispa encontró un desfile de globos mágicos. Uno repleto de flores encantadas donde la infancia se refugiaba sin miedo. Otro, un espejo misterioso que devolvía preguntas en forma de luz. Ambos susurraban lo mismo: que la luz puede ser juego, intriga y maravilla a la vez.

La chispa siguió creciendo y llegó a antiguos edificios, donde un octógono oscuro comenzó a latir. Las lámparas giraban como pensamientos insistentes, los láseres cortaban el aire y el sonido ordenaba el caos. Allí, la luz hablaba de mundos que se tocan durante apenas unos segundos.

En los jardines, una colmena gigantesca respiraba. Miles de luces formaban un enjambre hipnótico que recordaba algo esencial: que incluso en la belleza hay fragilidad, y que la naturaleza también necesita ser iluminada con respeto.

En otro jardín histórico, la historia se abrazaba en forma de luz. Personajes imaginados invitaban a creer en los amigos visibles, los que se tocan, los que echas de menos, y los que con un solo abrazo pueden transformar hasta el color de la luz.

Más adelante, líneas de luz se multiplicaban, giraban, se estiraban como si fueran seres vivos. No sabían estarse quietas. Bailaban con la música, redibujaban el espacio, jugaban a no ser nunca las mismas. Eran pura energía, puro movimiento.

Dentro de la catedral de Santa María, las luces trazaban historias infinitas. Dos líneas danzaban juntas como si se conocieran de siempre. Allí, la luz no quería impresionar: quería calmar y, a su vez, no dejarte en calma, sino usar el sonido como herramienta para estar siempre alerta y dejarte llevar hasta… donde tú elijas.

En la fachada de la otra catedral – la nueva- la geometría apareció como un lenguaje antiguo. Líneas exactas y una conversación silenciosa entre piedra y cosmos. La catedral parecía recordar que todo —incluso lo que no vemos— tiene estructura, ritmo y sentido.

En la escuela de artes y oficios, la luz dejó de pertenecer a las paredes. Caminó por el suelo, subió por los cuerpos, se mezcló con las personas. Nadie era espectador: todos formaban parte del mismo paisaje. 

En la plaza de la provincia, la mitología se mezcló entre la piedra y las bellas brujas, las diosas lamias, Basajaun y un sinfín de elementos simbólicos se entrelazaron con fuerza y ​​mucho ritmo para contarnos y contarnos y volver a contarnos. La luz brotó desde lo más profundo, como una memoria antigua. Recordó a quienes miraban que solo avanzamos cuando honramos lo que fuimos.

El ayuntamiento comenzó a contar historias. Historias de tiempo y transformación. Colores y movimientos convertían la fachada en un libro abierto, donde cada mirada encontraba su propio relato, y cada relato pertenecía a una persona, porque somos las personas las mejores cuidadoras de luces y de historias.

En otros rincones, muros caían y se reconstruían. La pelota golpeaba la historia, la tradición miraba al futuro, y la luz rendía homenaje a quienes durante demasiado tiempo jugaron en la sombra.

Y entre nieblas y espacios que se construían y deshacían, la chispa entendió algo importante: que la luz no siempre sirve para ver mejor, sino para sentir distinto. Para perdernos un poco. Para viajar.

Esa chispa se llamó Umbra y soñó para iluminar la ciudad y no para borrarle la noche; para recordarnos que en la oscuridad también habita la belleza; que la luz es una forma de viajar a otros mundos: al de la imaginación, al del asombro, al de lo que todavía no sabemos explicar.

Y cuando la chispa se apaga, no se va del todo.Se queda en las fachadas que ya no son las mismas, en las personas que caminan juntas sin conocerse, en la certeza de que, durante unos días, la ciudad soñó despierta.

Y eso —aunque sea efímero— también ilumina.

Umbra se ha despertado y prepara su próximo sueño.

© Arantza Cordero, texto; LuisÁn Ortiz, imagen de portada, grabación, edición y montaje del vídeo

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