viernes, julio 10, 2026
Música

Pasiones cruzadas en Bilbao: el fútbol y la lírica en el cierre de temporada

Bilbao no se explica sin sus rituales. Hay un hilo invisible que une la marea zurigorri que desciende hacia San Mamés con el público que, en un respetuoso silencio, ocupa las butacas del Palacio Euskalduna. Esta temporada, la capital vizcaína ha vuelto a demostrar que el fútbol y la ópera comparten un mismo latido: la emoción pura de una comunidad. Mientras los leones peleaban cada balón sobre el césped con la garra de siempre, la 74ª Temporada de ABAO Bilbao Opera convertía el escenario en un espejo de las pasiones humanas, despidiendo un ciclo memorable de traición, redención y belleza. 

El tramo definitivo de la temporada

El cierre del curso lírico se ha dibujado como un viaje por la ficción histórica a través de tres títulos que habitaron el escenario de forma independiente. El Romanticismo más herido inundó el auditorio en enero con el Werther de Jules Massenet, una obra que recordó la fragilidad del alma ante los amores imposibles. Poco después, en febrero, el imponente duelo de reinas regresó con Maria Stuarda de Gaetano Donizetti, sumergiendo al público en una vibrante lucha marcada por el orgullo y los celos. El broche de oro lo puso Andrea Chénier, la obra de Umberto Giordano encargada de clausurar la temporada con cuatro funciones celebradas entre el 23 de mayo y el 1 de junio de 2026. 

La gran joya de este cierre de temporada ha sido, sin duda, la tragedia de Giordano. Una obra que regresaba a Bilbao para conmemorar los 130 años de su estreno mundial y los 73 desde que la propia ABAO la presentase en el antiguo Coliseo Albia. Ambientada en los días más oscuros de la Revolución Francesa, la producción logró entrelazar el idealismo del amor y el implacable rencor de clases en una atmósfera casi asfixiante.

Voces sobre el Terror francés

El peso dramático de la obra se sostuvo sobre un triángulo protagonista de enorme madurez vocal. El tenor estadounidense Michael Fabiano dio cuerpo al poeta mártir Andrea Chénier con un canto heroico y un fraseo elegante y cautivador, brillando en sus intervenciones, especialmente en su apasionado alegato final. A su lado, en su debut en la temporada bilbaína, la soprano madrileña Saioa Hernández conmovió en la piel de Maddalena di Coigny; su interpretación de la célebre aria “La mamma morta”desató una de las ovaciones más cerradas cada noche. Completando el trío, el barítono onubense Juan Jesús Rodríguez construyó un Carlo Gérard impecable, dotándolo de una honda sutilidad técnica y una presencia vocal y escénica imponentes, mientras que Nancy Fabiola Herrera se mostró extraordinaria en su doble cometido como La Contessa di Coigny y la anciana Madelon. 

La verdadera grandeza de la lírica no solo reside en la ejecución sobre el escenario, sino en la generosidad y el factor humano de sus estrellas. Es un honor y un auténtico privilegio contar con la calidez de la mezzosoprano rusa Veta Pilipenko, que dio vida a una honda y magnética fiel mulata Bersi . Con una amabilidad exquisita y un enorme cariño hacia nuestro público, la intérprete ha querido dedicarnos un entrañable y exclusivo saludo. En sus palabras, cargadas de cercanía, nos regala un maravilloso recordatorio y nos invita de corazón a seguir disfrutando y dejándonos conmover por la magia inagotable de la ópera.

El mosaico coral de la revolución

Ninguna revolución se camina en solitario, y la solidez de este montaje se consolidó en la interpretación de sus personajes secundarios. Ejemplo de la solidez colectiva de la producción son las aportaciones de Jorge Rodríguez-Norton, sinuoso y afilado en su doble encargo como Un Incredibile y L’Abate, o Fernando Latorre, rotundo y visceral encarnando al sanculotto Mathieu.

Acompañando a las grandes voces solistas estuvieron el Coro de Ópera de Bilbao y la Bilbao Orkestra Sinfonikoa (BOS),  que bajo la batuta de Guillermo García Calvo en su celebrado debut con la asociación, envolvieron la tragedia en una marea sonora  muy creíble. La implicación dramática de los miembros del coro aportó igualmente una credibilidad y un realismo absolutos a las intensas escenas de masas.

En lo visual, Alfonso Romero Mora orquestó un melancólico retrato de la caída de la aristocracia. La poética escenografía de Ricardo Sánchez Cuerda se levantó sobre una audaz diagonal inclinada; un lienzo arquitectónico que, acto tras acto, se desmoronaba ante los ojos del espectador. Así, la opulencia palaciega del inicio se transformó en la ruina moral del Terror revolucionario, envuelta de forma impecable por las luces de Félix Garma y los históricos ropajes de Gabriela Salaverri.

Al igual que en el fútbol, cuando el silencio sigue al último silbato del árbitro, Bilbao apaga las luces de su teatro con el orgullo del deber cumplido. La ciudad ya mira hacia su próximo horizonte: el histórico 75º aniversario de ABAO. Una nueva temporada donde el arte, el carácter y el rugido de su gente volverán a encontrarse en las calles, en las gradas y sobre las tablas.

© María Brodal, texto y vídeo; Imagen, ABAO Bilbao Ópera

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