Cuando un pueblo se convierte en escenario
AtauriArt nació en un pueblo de apenas treinta habitantes, pasando la gorra después de cada espectáculo. Quince ediciones después, sigue defendiendo una misma idea: la cultura también puede hacer pueblo.
Hay lugares en los que la cultura llega y hay otros que deciden ir a buscarla. Atauri es uno de esos lugares. Un pequeño pueblo de Mendialdea, de apenas una treintena de habitantes, en el que hace algunos años cuatro personas se hicieron una pregunta aparentemente sencilla: ¿Por qué para disfrutar de determinados espectáculos tenemos que salir de aquí?
Teatro, circo, clown, títeres… Muchas de las propuestas culturales que querían disfrutar implicaban desplazarse hasta Vitoria-Gasteiz o hasta otros núcleos más grandes de la comarca. Así que decidieron probar sin saber muy bien hasta dónde llegarían. Y, sobre todo, sin dinero suficiente para organizar lo que hoy entendemos como un festival.
Así nació AtauriArt. Los primeros años fueron, literalmente, a base de pasar la gorra. Veinte personas. Treinta. Un espectáculo. Una gorra. Y lo que se conseguía reunir se repartía entre los artistas. Puede parecer poco, pero quizá ahí estaba precisamente lo importante, porque no estaban construyendo un gran festival, estaban construyendo una posibilidad, la posibilidad de que en un pueblo pequeño también pasaran cosas, de que sus habitantes no tuvieran que desplazarse siempre para encontrarse con la cultura.
Crecer sin perder lo pequeño
Este año AtauriArt celebra su XV edición, aquella gorra ha dado paso a un festival consolidado, con más público, más medios y capacidad para pagar un caché a los artistas. Este detalle, que podría parecer simplemente económico, cuenta también una evolución importante, porque quienes impulsaron AtauriArt tuvieron claro desde el principio que detrás de cada espectáculo había profesionales y que su trabajo merecía ser reconocido también económicamente.
Pero antes de poder hacerlo, encontraron otras maneras de cuidar: recibir bonito, compartir, conversar, preocuparse… hacer que quien llegaba al pueblo sintiera que no venía simplemente a actuar y marcharse. Algunos de los artistas que estuvieron en aquellas primeras ediciones han querido volver, eso dice mucho de lo que ha construido AtauriArt durante estos años, porque crecer no siempre significa hacer algo más grande, a veces significa conseguir que aquello que nació pequeño pueda sostenerse sin dejar de ser pequeño.
Eso sí, lo tienen claro, no quieren crecer por crecer, quieren mantener una escala humana, la cercanía, la colaboración, esa sensación de que el festival sigue siendo algo hecho entre personas.
Una cultura que se crea en auzolan
Hay una palabra que aparece una y otra vez cuando hablamos de AtauriArt: auzolan. Y quizá no exista una palabra mejor para resumir lo que ocurre allí. Hay personas que montan y desmontan, que preparan los espacios, que reciben a los artistas, que transportan cosas, que solucionan imprevistos, que colocan unas sillas, que ayudan a recoger cuando termina el último espectáculo. Trabajo que quizá no aparece en ningún cartel, pero que hace posible que el cartel exista.
Y ahí ocurre algo interesante, la persona que coloca las sillas o la que prepara unas hamburguesas forma parte de la experiencia, que se convierte en algo compartido. Esto tiene una enorme dimensión educativa. Estamos acostumbrados a pensar que participar significa asistir, que la cultura consiste en consumir aquello que otros han creado. AtauriArt propone otra cosa. Hacer cultura también es participar en ella.
Y quizá por eso el auzolan cultural tenga tanto sentido. No es una idea nueva, el auzolan ha formado históricamente parte de la manera de sacar adelante proyectos comunes. AtauriArt simplemente ha llevado esa forma de hacer a la cultura. Y al hacerlo, ha convertido el festival en algo más que una programación de espectáculos, lo ha convertido en una experiencia comunitaria.
Educar en cultura sin dar una sola clase
Hay una frase que resume especialmente bien el propósito de AtauriArt: educar en cultura. Pero no desde la idea de enseñar a nadie qué le tiene que gustar, todo lo contrario. Educar en cultura es, para ellos, dar la oportunidad de descubrir, porque quizá muchas veces pensamos que determinadas expresiones culturales no son para nosotros. Pero ¿y si sencillamente nunca hemos tenido la oportunidad de encontrarnos con ellos?
Esta pregunta adquiere todavía más importancia cuando hablamos del medio rural, porque el acceso a determinadas propuestas culturales no siempre es el mismo desde una gran ciudad que desde un pueblo pequeño. Y ahí aparece la infancia. Un niño que puede salir de casa en Atauri o en Maeztu y encontrarse con un espectáculo de circo, teatro, clown o títeres está aprendiendo algo. No necesariamente porque alguien se lo esté explicando, está aprendiendo que la cultura también puede estar cerca. Y quizá, algún día, pueda recordar que de pequeño vio allí algo que le sorprendió.
Este año, por ejemplo, AtauriArt ha vuelto a reunir propuestas diferentes para públicos diversos, desde teatro y circo hasta clown y propuestas infantiles en euskera como Txan Fantasma, basada en un cuento de Mariasun Landa.
La cultura también hace pueblo
Hay una idea que atraviesa todo lo que hacen y que va mucho más allá de un festival, no quieren que las personas de sus pueblos tengan que salir siempre fuera para encontrarse con la cultura. Y quizá aquí la cultura adquiere una dimensión que muchas veces olvidamos. La cultura no es solamente una obra, una exposición, un concierto o un libro. La cultura también es la manera en la que nos encontramos, la manera en la que un pueblo se reúne para hacer posible algo que ninguna de esas personas podría hacer sola. La cultura también puede ser una forma de hacer comunidad.
Y entonces vuelvo a aquella gorra. A aquellas veinte o treinta personas. A aquellos artistas que confiaron cuando todavía no había recursos. A aquellas cuatro personas que simplemente pensaron: ¿Por qué no puede pasar aquí? Quizá la transformación cultural empiece muchas veces así, con alguien que mira aquello que falta y decide hacer algo.
AtauriArt lleva quince ediciones demostrando que un pueblo de treinta habitantes puede generar cultura. Pero quizá haya conseguido algo todavía más importante. Recordarnos que la cultura no es un lujo que llega desde fuera. También puede nacer en una plaza, en un escenario improvisado, en una gorra que empieza a llenarse, en un niño que descubre el circo, en un pueblo que, durante unos días, deja de ser simplemente el lugar donde vive gente y se convierte en un lugar donde pasan cosas.
Y quizá eso también sea educar. Dar la oportunidad de descubrir que otro mundo es posible. Y hacerlo, además, juntos. Aún tienes la oportunidad de vivirlo este mes de octubre y el próximo mes de noviembre.
© Suri Azaceta, texto; imagen de portada, logo de AtauriArt
