miércoles, octubre 7, 2026
Humanidades

¿De qué lado estamos?

Hay cosas que deberían ser sencillas. Saber lo que está bien y lo que está mal es una de ellas. Desde pequeños aprendemos que existen unas reglas. Que no se puede robar, engañar o hacer trampas para conseguir aquello que no podríamos conseguir limpiamente. Luego crecemos y descubrimos que las cosas no siempre funcionan así.

El deporte es un buen lugar para comprobarlo porque sus reglas son fáciles de entender. Hay una competición, unas normas y varios participantes que aceptan cumplirlas. Si uno obtiene ventaja incumpliéndolas, los demás dejan de competir en igualdad de condiciones. La pregunta parece sencilla: ¿Qué hacemos con el que hace trampas?

Lo que está pasando en Inglaterra

La Premier League lleva años investigando al Manchester City. El pasado 29 de septiembre una comisión independiente consideró probado que el club había cometido infracciones graves de sus reglas financieras durante nueve temporadas, incluyendo contratos simulados, cuentas incorrectas y ocultación de su verdadera situación financiera ante auditores y organismos deportivos. El Manchester City niega haber actuado incorrectamente y ha recurrido la resolución. 

Lo interesante para este artículo no es únicamente qué hizo o dejó de hacer el Manchester City. Es la reacción que se ha producido a su alrededor.

Varios clubes rivales consideran insuficiente incluso una sanción que provocara un descenso de categoría y reclaman consecuencias acordes con la gravedad de las infracciones. Algunos estudian además posibles reclamaciones por los perjuicios sufridos.

Eso debería hacernos pensar. Son clubes que compiten entre ellos. Tienen propietarios distintos, intereses económicos diferentes y rivalidades que en algunos casos duran más de un siglo. Pero hay algo que debería estar por encima de todo eso: la limpieza de la competición. Porque si las reglas dejan de cumplirse, la competición deja de tener sentido.

Y ahora miremos a España

En España llevamos años hablando del caso Negreira. El FC Barcelona pagó durante años millones de euros a sociedades vinculadas a José María Enríquez Negreira mientras este ocupaba la vicepresidencia del Comité Técnico de Árbitros. Esto no significa que se haya demostrado que el Barcelona comprara partidos o árbitros. No se ha demostrado y no debemos afirmar lo que los tribunales no han establecido. Pero los pagos existieron.

Por tanto, existe una pregunta que cualquiera puede responder sin necesidad de ser juez:

¿Consideramos aceptable que un club pague durante años a quien ocupa la vicepresidencia del organismo arbitral mientras participa en esa misma competición?

No estoy preguntando qué partido ganó el Barcelona ni qué decisión tomó determinado árbitro. Estoy preguntando algo mucho más sencillo.

¿Está bien o está mal?

La mayoría de los clubes españoles manifestó en 2023 su rechazo a los hechos conocidos del caso Negreira. Todos los clubes de Segunda y todos los de Primera salvo dos respaldaron entonces un comunicado conjunto que hablaba de un asunto de «máxima gravedad».

Perfecto. Pero las palabras deben acompañarse de hechos.

Cuando los hechos y las palabras no parecen ir en la misma dirección

«Javier Tebas, presidente de LaLiga. Foto: Rafa Aparicio / FotosLaLiga / Wikimedia Commons»

En 2017 ocurrió algo que merece ser recordado. La Agencia Tributaria realizó un embargo preventivo de 4,7 millones de euros a Javier Tebas después de una inspección fiscal que afectaba al propio presidente de LaLiga y a Audiovisual New Aged AIE.

Tebas solicitó entonces a los 47 clubes que habían militado en Primera y Segunda entre las temporadas 2011/12 y 2015/16 un préstamo de 3,9 millones de euros para hacer frente al embargo. Los contratos publicados contemplaban además que las aportaciones pudieran alcanzar hasta 40 millones si los recursos presentados no prosperaban.

El Real Madrid se negó a participar argumentando, entre otras razones, que la operación generaba una incompatibilidad con las funciones de Tebas como presidente de LaLiga. El FC Barcelona y otros clubes sí participaron. En el caso del Barcelona, su aportación inicial superó los 230.000 euros.

Y aquí es donde debemos volver a hablar de principios.

No estoy afirmando que prestar aquel dinero convierta a un club en corrupto. Estoy planteando otra cuestión.

¿Es adecuado que clubes sometidos a las decisiones de una organización aporten dinero a una operación destinada a solucionar un problema fiscal que afecta al presidente de esa misma organización?

¿No existe, como mínimo, un problema de apariencia de conflicto de intereses?

Cada lector puede responder. Pero después sucede algo difícil de ignorar. Años más tarde muchos de esos clubes condenaron los hechos conocidos del caso Negreira y reclamaron limpieza e integridad en la competición.

Bien. Pero entonces debemos preguntarnos si exigimos la misma independencia cuando el problema afecta a otros y cuando nos afecta a nosotros. Porque las palabras son importantes, pero los hechos lo son mucho más.

Esto ya no va de fútbol

«La Justicia en el Tribunal Supremo de España. Foto: Cberbell / Wikimedia Commons. Licencia CC BY-SA 3.0»

Ahora quitemos los escudos. Manchester City, Barcelona, Real Madrid, LaLiga. Olvidémonos de todos ellos. Porque el verdadero asunto de este artículo no es el fútbol.

Es qué sociedad estamos construyendo.

España lleva décadas conociendo casos de corrupción relacionados con partidos políticos de diferente signo, administraciones, empresas e instituciones. Y demasiadas veces reaccionamos dependiendo de quién sea el señalado. Si el acusado pertenece al otro bando, exigimos explicaciones, dimisiones y responsabilidades. Si pertenece al nuestro, aparecen los matices.

En el fútbol sucede exactamente lo mismo. Si hace trampas nuestro rival, queremos que lo sancionen. Cuando el problema está en nuestro lado, buscamos argumentos para justificarlo. Y así es imposible construir una sociedad que funcione.

La corrupción necesita algo más que corruptos

La corrupción no empieza cuando alguien roba millones. Empieza mucho antes. Cuando una pequeña trampa deja de parecernos importante. Cuando vemos una irregularidad y pensamos que no es asunto nuestro. Cuando sabemos que algo está mal y preferimos mirar hacia otro lado. Cuando protegemos a alguien porque es amigo nuestro, porque pertenece a nuestro partido, porque trabaja con nosotros o porque lleva nuestra camiseta.

Entonces empezamos a construir una sociedad en la que todo puede terminar justificándose. Y aquí existe también una responsabilidad individual.

Cuando una persona conoce hechos que pueden constituir una irregularidad o un delito y dispone de indicios serios, debe ponerlos en conocimiento de quien corresponda para que puedan investigarse. Eso no significa acusar sin pruebas. Significa exactamente lo contrario: permitir que los hechos se investiguen. Porque mirar hacia otro lado no soluciona nada.

Los hechos quedan

Una sociedad no puede exigir ciudadanos honrados mientras recompensa al tramposo. No puede pedir políticos honestos si cada partido protege a los suyos. No puede reclamar empresas limpias mientras acepta determinados comportamientos cuando generan dinero. Y tampoco puede pedir un deporte limpio si las reglas dejan de importar cuando aplicarlas resulta incómodo.

Podemos redactar comunicados diciendo que estamos contra la corrupción. Podemos hacer discursos. Podemos indignarnos. Pero después hay que actuar de acuerdo con aquello que decimos defender. Porque las palabras se las lleva el viento. Los hechos quedan.

«Las reglas pierden su sentido cuando solamente exigimos que se cumplan cuando nos conviene. Foto: Toby Hudson / Wikimedia Commons. Licencia CC BY-SA 3.0»

También esto es cultura

Y quizá alguien se pregunte qué hace un artículo sobre fútbol y corrupción en un periódico cultural. Precisamente esto también es cultura. La cultura no es solamente cine, música, literatura, pintura, fotografía o patrimonio. Cultura es también aquello que una sociedad aprende y transmite.

Cómo educamos. Qué comportamientos aceptamos. Qué rechazamos. Qué hacemos cuando alguien incumple las reglas. Y, sobre todo, qué hacemos cuando quien las incumple es uno de los nuestros. Por eso este artículo no pretende ser un ataque contra un club concreto ni contra una ideología determinada.

Es un toque de atención para todos. Para los clubes. Para las instituciones. Para los políticos. Para los medios. Y para nosotros. Porque señalar al que hace trampas cuando está enfrente es fácil. Lo difícil comienza cuando está a nuestro lado.

Así que olvidemos por un momento nuestras siglas, nuestra ideología y nuestra camiseta. Si tenemos delante a alguien que cumple las reglas y a alguien que hace trampas:

¿De qué lado estamos?

Y quizá esa sea una pregunta mucho más importante de lo que parece. Porque no podemos construir una sociedad buena sobre unos pilares que permiten aquello que sabemos que está mal.

© LuisÁn Ortiz, texto; imagen de portada, Arne Müseler / Wikimedia Commons. Licencia CC BY-SA 3.0

LuisÁn Ortiz

Responsable de CulturaBAI y colaborador de la sección de Cine y Televisión. Coordina la línea editorial y la publicación diaria del periódico cultural. Profesión: realizador audiovisual. Web: laoaudiovisual.es

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