Todos los cines son el cine Rontegi
Aquella tarde viajé a Barakaldo, en la orilla izquierda de Bilbao, para meterme dentro de un poemario cinematográfico con aires nostálgicos y salvadores. La poeta del verso libre Itziar Mínguez Arnáiz habla con rollos de celuloide de aquellas salas de cine que desaparecieron en un cielo que huele a palomitas todavía. Solo pensar que donde hay un garaje estuvo la sala de cine Rontegi y nuestra poeta anduvo creando sueños en ese mágico lugar, que tan bien ha reflejado en esta belleza de poemario, se te hielan los ojos de tristeza.
Así que entré a la biblioteca Rontegi y me senté en las primeras filas para soñar en pantalla grande, igual que cuando era adolescente y buscaba los viernes por la tarde mi soledad en una sala de cine de mi ciudad que ahora es un supermercado. El cine como un microcosmos de nuestra vida, o como un todo para dejar de ser mediocres; Próximamentenos pone la realidad delante de nuestro campo de visión y nos dice que somos hijos del cine y que hasta nuestra piel está llena de secuencias cinematográficas. El cine nos enseña a vernos y a mirar una parte de nuestra vida, y el cine también nos salva la vida porque para nosotros crea curiosidad.
Próximamente nos habla también de la mujer dentro del cine, de una mujer sin complejos; nos habla de la teniente Ripley, protagonista de Alien, el octavo pasajero, o de Sarah Connor haciendo frente a Terminator. Así, la mujer se hace protagonista combatiendo contra los malvados y ayudando a sus héroes a vencer el mal. Así, la autora hace un poemario didáctico pero también emotivo y poético, en el que se abre a sus recuerdos, que se van transformando en esos días que sueña viendo películas.
Itziar Mínguez Arnáiz dedica este libro al guionista Michel Gaztambide, que fue su maestro y quien le enseñó a contar historias. Haciendo una lectura de este poemario, pienso que es una declaración de amor al cine, a las películas y al mundo en el que vivimos, y que nos han enseñado a vivir, porque nacimos del cine y el día que muramos seremos un rollo de celuloide.
Sobre la mesa, en la presentación, había un Gremlins gigante al que trataban de no mojar. El Gremlins sonreía, quería acariciar a los ponentes y le gustaba oír los poemas de Itziar, pero estaban bebiendo agua a su lado y, por muchos cuidados que tenían para no mojarlo, al final se mojó y todo cambió, todo se convirtió en una película.

© Jorge Girbau Bustos, texto y fotografía
