martes, abril 28, 2026
La mirada consciente

Cuando la vida te pone el tinte y no el tono que querías

¡Mientras escribo el título no puedo evitar soltar unas carcajadas… jjjj! Estas líneas las escribo por petición de mi hermano el mediano. Le va a encantar que os cuente esta anécdota. Mi hermano mediano fue, sin duda, mi primer amigo. Recuerdo infinidad de juegos, risas y riñas infantiles, alguna de ellas con escobazo incluido… pero bueno, ese es otro tema, no nos desviemos.

A lo que iba. Era yo una jovenzuela y estaba en aquel tiempo estudiando FP II de Peluquería en el instituto, y dentro de las clases prácticas era obligatorio hacer unos trabajos técnicos en cada evaluación para no suspender la asignatura. Y andaba en esos tiempos buscando voluntarios que se arriesgaran como conejillos de indias y prestasen sus cabelleras para cumplir con el currículum escolar.

Como es normal, según la técnica para la que necesitases el o la modelo, tenías más o menos voluntarios dispuestos a sentarse en la silla. Y aquí llegamos al momento álgido… había un trabajo en el que los voluntarios escaseaban o eran prácticamente inexistentes: la decoloración.

Vaya por delante que nunca me gustó realizar ese trabajo, como tampoco me gustaba trabajar con los químicos habituales de la peluquería convencional, pero en ese momento no tenía posibilidad de presentar ninguna solicitud de objeción de conciencia para eximirme de aquella obligación, así que era lo que tocaba: asumir el mandato.

Conseguir modelos para decoloración era prácticamente una misión épica, casi imposible. Para quien no sepa qué tipo de técnica es, se trata de aclarar el cabello mediante un decolorante que produce una reacción química de oxidación y elimina el pigmento de color, la melanina. En ese proceso el cabello se puede aclarar hasta alcanzar tonos muy claros.

Desde aquí, mi agradecimiento eterno a Radio Gorbea, donde publicaba mis anuncios buscando modelos. Gracias a la emisora pude realizar muchos de los trabajos.

Pero había veces que las modelos se resistían a aparecer, no llegaban. Y entonces llegaba la incertidumbre y el miedo a no conseguir a una persona que se prestara a tiempo. A veces llegaba el día en que expiraba el plazo y no habías encontrado a nadie…

Y ahí es donde entra mi hermano en esta historia. Me encontraba en un momento de desesperación buscando un voluntario o voluntaria que ofreciese su cabello para conseguir un rubio platino nórdico, que había que realizar, evidentemente, con la técnica de decoloración. Ninguno de mis contactos, anuncios de radio, vecinas, etc., dio resultado. No había modelos disponibles para aquella aventura.

Así que ya os imagináis quién se sentó en el sillón de peluquería ese día para ayudarme a aprobar… El trabajo en cuestión no era fácil de realizar, pues tenía en aquel entonces mi hermano una hermosa mataza de pelo negro, y había que pasar del negro al casi blanco, pasando por el rojo, naranja, etc.…

Bueno… ya os podéis imaginar la cara de mi hermano, era un poema… porque además le picaba, y mucho.

Mientras sigue el proceso de decoloración de mi hermano, y antes de terminar la historia, vamos a pararnos un momento, porque hay algo que me gustaría comentar.

El amor de la familia es inquebrantable, y en estos días confusos no está de más recordar que la familia es un valor que da estructura, cobijo y soporte. Vale, sí… algunos diréis: no en todas las familias hay amor, etc. Por desgracia es cierto. Como también opino que muchas de las familias son disfuncionales en mayor o menor medida, la mayoría de las veces en pequeñas cosas (pongo un ejemplo: diferentes opiniones a veces no respetadas, pequeños malentendidos) y otras veces, por desgracia, en cosas importantes irreparables que llevan a la separación por el bienestar de todos.

Vamos a poner los pies en el suelo. La familia idílica no existe. Existe la familia, cada cual única, con sus dinámicas, sus cuidados, sus cosas buenas y malas. Cada persona se vincula de forma diferente en su familia, lo cual me parece bien siempre que prevalezca, de fondo, el amor y el vínculo.

Algunas personas somos más independientes, otras son más dependientes de la familia y necesitan más apego. Cada cual es maestro de su vida y decide en qué lugar se coloca.

A lo que voy, que me pongo a divagar. Creo que tenemos todos el deber, como personas, de trabajar incansablemente en nuestra vida por ser nuestra mejor versión. ¿Por qué, para qué?

Porque cuanto más trabajemos en nuestro crecimiento personal, mejor legado dejaremos a nuestros hijos. Y cuando nuestros hijos formen sus propias familias, estas tendrán muchos más recursos y mejores cimientos.

Porque no nos olvidemos de que cuando las circunstancias se ponen en contra nuestra, cuando la vida se mueve debajo de un nubarrón negro, las personas que habitualmente están ahí contigo para cogerte de la mano y ayudarte a seguir adelante son tu familia. O al menos esa es mi experiencia y creo que la de muchas otras personas.

No se trata de ser o parecer la familia de la pradera de Laura Ingalls. Se trata de ser, sin más, y de amar a esas personas incondicionalmente, aunque no te pongas de acuerdo en casi nada. O de eso creo yo que va la historia de hoy.

Voy con el final de la historia de la decoloración… Como os podéis imaginar, mi hermano no estaba demasiado contento con su nuevo look. Cuando vio el resultado de mi trabajo la profesora, quedó bastante satisfecha. Así que me dispuse a devolver el color original de cabello a mi pobre hermano.

El problema es que tuve un pequeño contratiempo. Teníamos una caja con tubos de color empezados en clase, y teníamos que trabajar con aquello, no podíamos empezar otros. Aquel día no encontraba el color que necesitaba, así que me las tenía que ingeniar haciendo mezclas. Lo cual, todo hay que decirlo, me enseñó un montón.

Pues estaba yo atareada buscando y rebuscando a ver si encontraba en la caja algún color similar al original de mi hermano. Pero no había en ese momento, todo lo que encontraba era muy diferente a lo que necesitaba. Entonces apareció un negro azulado y una parte de su color original, pero no lo suficiente. Y, valorando la situación, me pareció que la mejor solución era mezclarlos, ya que las otras opciones iban del rubio al castaño cobrizo o un violeta. Así que me puse manos a la obra; al fin y al cabo, seguía siendo su base natural, pero con un ligero matiz azulado a la luz.

Error mío. Lo que a mí me pareció un pequeño reflejo azulado, a él le pareció un horror. Salimos del instituto, él por delante refunfuñando y yo por detrás, mi hermano más cabreado que un toro de miura. Creo que el disgusto conmigo le duró unas horas. Después de la crisis familiar vino la calma. Como siempre ha sido en mi familia, no nos duran los cabreos mucho tiempo. Podemos equivocarnos y enfadarnos, pero nunca romper, porque en nuestro interior sabemos que todos nuestros yos imperfectos juntos constituyen uno único.

Hoy en día esta es una de las anécdotas familiares de las que nos reímos al recordar. Al final, el matiz azulado desapareció en poco tiempo y mi hermano mediano pudo recuperar su color original y su pelazo.

Aludiendo al título del artículo, cuando la vida te pone el tinte y no el tono que querías, algunas veces el tono que buscamos en nuestro tinte (familia) no lo encontramos. Pero siempre podemos encontrar una solución a través del amor para reírnos y seguir adelante juntos.

Un abrazo.

© Susana Rodríguez, texto e ilustraciones

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