lunes, junio 29, 2026
La mirada consciente

Hágase mi voluntad: creer y emprender

Había una cosa que siempre se repetía en los veranos de mi infancia. No podíamos irnos una semana a la playa, pero en vez de eso mis padres nos llevaban al campo, y allí nos juntábamos, año tras año, durante los meses estivales, una cuadrilla compuesta de chavalería, padres, madres y parrillas repletas de tocino, morcilla y sardinas.

Ir al campo evocaba la libertad, el juego, el contacto con lo salvaje… y se convertía cada día en una aventura desde el primer minuto, cuando cargábamos la nevera en el maletero del Seat 127, y llegábamos a aquellos caminos polvorientos, que hacían botar el vehículo arriba y abajo. Una vez llegábamos al lugar donde íbamos a pasar el día, mi pequeño universo se expandía.

En aquellos días se sucedían los juegos infantiles y la fiesta con el descubrimiento de una culebra, la recolección de margaritas o moras y las incursiones al río con la supervisión de los adultos. Pero hubo un día que fue diferente y se quedó grabado para siempre.

Nos habíamos juntado el grupito de los niños mayores, no recuerdo exactamente si éramos cuatro o cinco, ni la edad exacta… podríamos andar rondando los diez, once años… no lo sé.

Recuerdo que nos reunimos al pie del camino y decidimos que íbamos a salir por nuestra cuenta a explorar. Así que sin pedir permiso a nadie empezamos a andar y nos adentramos en los senderos del bosque. No teníamos GPS, ni mapas, no llevábamos agua, ni crema solar. Nos adentramos confiando ciegamente en que íbamos a volver con nuestros padres después de la aventura…

Me sitúo por un momento en el presente para hacer un inciso.

Hace más de doce años decidí emprender con un proyecto de peluquería totalmente diferente. Cuando yo emprendí no existían peluquerías que trabajaran exclusivamente con plantas al 100 %, una peluquería donde no había mechas, ni tintes sintéticos, ni moldeados, ni mil cosas más.

Me dijeron que mi proyecto no iba a funcionar, que no iba a tener clientes, que iba a perder todo lo que había invertido en montar el negocio. Y había invertido el poco dinero que tenía en ello.

Pero yo no tuve miedo, confiaba en mi idea y la llevé adelante. Siempre he creído que tenemos un Dios que nos guía y nos ayuda en el camino de la vida. La espiritualidad ha sido y es fundamental para mí, creo firmemente que tener fe es el camino para llegar al lugar indicado. 

Cuando confías en que hay algo más grande guiándote en el camino, las puertas se abren, aparecen personas en tu vida que inexplicablemente te facilitan el camino. Pequeños milagros que te van llevando a tu objetivo. 

Jesús en la Biblia nos dejó la frase “La fe mueve montañas” y así es. Actualmente, mi Peluquería Ecológica El Secreto de Su, tiene una agenda llena de trabajo. Yo creí en ello y confié, dejando que la vida me llevara.

Creas en lo que sea que creas, llámalo Dios, Universo o como lo sientas. Creo que toda alma necesita de la fe, porque tener fe es tener esperanza, y esperanza significa un estado de ánimo optimista con buenas expectativas.

Vivimos tiempos extraños, desconcertantes, desconectados de lo esencial, principalmente porque vivimos conectados a un dispositivo móvil, lleno de aplicaciones (cuyo objetivo es convertirnos en adictos de las mismas e hipnotizarnos durante horas separándonos de la realidad). Las redes te dicen cómo tienes que comer, cómo tienes que pensar, te prometen resultados increíbles… y si no le pones control dejas de estar en la tierra para pasar al mundo virtual, donde todo parece verdad, y la mayoría puede ser mentira.

La consecuencia, muchas veces, es el vacío, la insatisfacción, o la falta de rumbo. 

Mi opinión personal es que más allá de la materia, de lo que vemos físicamente, hay un alma en nuestro interior que necesita ser nutrida. Creo que cuando nos centramos solo en lo material y nos olvidamos de lo espiritual nos desconectamos de la vida. Y nos perdemos…

No sé exactamente durante cuánto tiempo estuvimos andando por los caminos aquella tarde de verano. A mí me pareció mucho. Solo sé que no teníamos miedo, avanzábamos seguros, sin rumbo.

Llegamos a un pueblo, hacía calor y teníamos sed. Llamamos a la puerta de una casa y salió una mujer. Le contamos que veníamos andando solos y le pedimos que nos diera un poco de agua. Recuerdo que nos abrió su casa y nos dio de beber. La mujer fue amable y cariñosa con nosotros, estuvimos un rato en su casa que estaba fresquita recuperando fuerzas.

Le contamos desde donde habíamos venido y después de recuperarnos nos indicó el camino rápido para llegar a reunirnos con nuestros padres. Volvimos sin problemas justo cuando estaban preparando las parrillas para poner la cena.

Yo creo que nada de lo que pasó aquel día fue casual, confiar en el camino sin mapa, encontrar un ángel que te da cobijo y agua cuando llegas cansado, y seguir guiados hasta nuestro destino.

¿Y tú qué crees?

© Susana Rodriguez, texto e ilustraciones

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