El Colegio de San Ignacio de Loyola Vizcaínas: más de 250 años educando a México
El Colegio de San Ignacio de Loyola Vizcaínas adquirió su nombre desde su fundación en 1732 por la Cofradía de Nuestra Señora de Aránzazu. Su denominación honra al militar y sacerdote fundador de la Compañía de Jesús. Poco tiempo después adoptó el sobrenombre de Las Vizcaínas, debido a las mujeres vascas que se alojaban en él. Sus fundadores fueron un grupo de comerciantes vascos que, de forma ingeniosa y caritativa, emprendieron un proyecto de gran valía en la Nueva España: ofrecer refugio y educación a mujeres huérfanas y a viudas pobres. Entre ellos destacaron Ambrosio de Meave, Francisco de Echeveste y Manuel de Aldaco.

No sería sino hasta 1767, tras intensos esfuerzos, cuando el colegio abrió finalmente sus puertas gracias al permiso otorgado por el entonces papa Clemente XIII y con la autorización del rey Carlos III. Este proyecto no fue una ocurrencia improvisada: sus impulsores defendieron con firmeza que la Iglesia no decidiera el tipo de educación que se impartiría. Esta postura colocó al Colegio a la vanguardia durante décadas, convirtiéndolo en la primera escuela laica para mujeres en todo el continente americano, algo extraordinario para la época. Además, no era necesario tomar votos religiosos para acceder a su educación.
Durante el periodo de las desamortizaciones de los bienes eclesiásticos, el entonces presidente mexicano Benito Juárez comprendió el carácter singularmente laico del Colegio, así como su potencial educativo respaldado por una bula papal. Gracias a ello, la institución no fue cerrada ni expropiada como tantas otras; únicamente cambió temporalmente su nombre a Colegio de la Paz Vizcaínas, denominación que más tarde recuperó.
Porfirio Díaz valoró profundamente su modelo educativo y lo replicó en otras escuelas, llevándolo a distintas regiones del país.
El Colegio de las Vizcaínas también brindó refugio a numerosas alumnas y recibió el acervo de dos instituciones que cerraron tras las Leyes de Reforma en el siglo XIX: el Colegio de Nuestra Señora de la Caridad, fundado en el siglo XVI para niñas mestizas y españolas de escasos recursos, y el Colegio de San Miguel de Belén, ubicado en la actual avenida Arcos de Belén, en el Centro Histórico de la Ciudad de México, donde también se impartía educación femenina.
La institución vivió los estragos de invasiones extranjeras, la Revolución Mexicana y, para inicios del siglo XX, un entorno marcado por la prostitución. Aun así, la escuela supo transformarse y sobrevivir a cada etapa histórica del país, creciendo y adaptándose junto con México.

Por sus aulas transitaron figuras fundamentales de la historia y la cultura: la alumna Josefa Ortiz de Domínguez, posteriormente conocida como La Corregidora; la actriz Sara García, ícono del Cine de Oro Mexicano y también maestra del Colegio; el fotógrafo Manuel Álvarez Bravo, pionero de la fotografía moderna y colaborador de cineastas como Luis Buñuel y Sergei Eisenstein. Asimismo, el pintor y escultor Jorge González Camarena impartió clases de dibujo en estas aulas.
Desde entonces, el Colegio nunca ha dejado de funcionar como institución educativa, acumulando una historia ininterrumpida de más de 250 años. En la actualidad sigue un modelo constructivista y, pese a los avatares del tiempo, se renueva con dignidad. Atiende a niñas y niños desde el maternal (a partir de un año ocho meses) hasta la preparatoria, alrededor de los 17 años. Los grupos, que antes llegaban a cincuenta alumnos, ahora son de aproximadamente 27 estudiantes.
Dentro de su propuesta educativa, no se asignan calificaciones tradicionales; en su lugar, se evalúa mediante aprendizaje activo, donde los alumnos son protagonistas de su propio proceso formativo. Su permanencia sigue siendo una batalla: hoy en día renta espacios para eventos sociales y académicos con el fin de coexistir y otorgar becas a la mitad de su población estudiantil. Aunque ya no funciona como internado, mantiene una labor asistencial admirable. La belleza de sus recintos es tal que la UNESCO lo declaró Patrimonio Cultural de la Humanidad.
El Colegio alberga también un museo y un archivo histórico excepcional, con documentos sobre la educación femenina y la vida cotidiana desde el siglo XVI. Destaca su Pinacoteca, con obras de los siglos XVII al XIX de artistas como Cristóbal de Villalpando, Miguel Cabrera, Juan Correa, José de Ibarra y Santiago Rebull. Junto a los retratos, retablos y arte sacro, sobresale un acervo de textiles únicos, elaborados con hilos de seda y cabello natural por las propias alumnas, muchos de ellos premiados internacionalmente en su tiempo.
Los fundadores vascos difícilmente imaginaron hasta dónde llegaría su proyecto. Hoy, las calles del Centro Histórico llevan sus nombres: el Callejón de Echeveste conserva vecindades antiguas con bebederos de caballerizas coloniales y lavaderos comunales de la Revolución. La calle Manuel de Aldaco rodea también a las Vizcaínas y es conocida por sus tiendas de audio y electrónica. Y Meave, célebre por la Plaza de la Computación, sigue siendo punto de referencia tecnológica.
En apariencia, el espíritu de aquellos vascos aún ronda el recinto barroco y continúa resguardándolo.


© María Eugenia Aparicio Velázquez, texto; Hugo Lazalde, fotografías
