El eco de nuestra tierra: 10 melodías vascas, de Jesús Guridi y el abrazo sinfónico de las instituciones vascas
El arranque del nuevo curso es siempre un ritual de comienzos, de hojas secas y luz dorada que declina. Hay un aroma en el aire que anuncia que el año empieza a replegarse sobre sí mismo. Es el momento ideal para el regreso a la calidez de las salas de conciertos.
El curso pasado asistimos a grandes efemérides de la música y algunas aún tenemos tiempo de poder disfrutar antes de que acabe el año. Asistimos en 2026 al 110º aniversario del fallecimiento del maestro donostiarra José María Usandizaga, orgullo guipuzcoano; al bicentenario de la partida de ese otro prodigio puramente vizcaíno que fue el bilbaíno Juan Crisóstomo de Arriaga; y al eco siempre desafiante de Luis de Pablo, a cinco años exactos de dejarnos, compositor de cuna bilbaína cuya infancia creció abrazada a Hondarribia y a su recordada huella en Navarra. A ellos se suma el bellísimo homenaje al pianista profundamente bilbaíno, Joaquín Achúcarro, quien celebra precisamente en este tramo del año sus históricos 80 años de trayectoria artística sobre los escenarios desde aquel legendario debut infantil… En este cruce entre el rigor de los pupitres y la melancolía del fin de año donde nuestro patrimonio sinfónico deja de ser una pieza de museo para convertirse en algo vivo de nuevo. Comienza la temporada.
Un regreso conmemorativo a los escenarios
En este marco, la Euskadiko Orkestra ha decidido otorgar una atención central a la memoria institucional de nuestro territorio al programar en su temporada de abono una obra que es, en sí misma, un hogar: las emblemáticas Diez melodías vascas de Jesús Guridi. La formación recupera esta pieza clave del maestro alavés en el marco de los actos promovidos para conmemorar el 90 aniversario de las instituciones vascas. La orquesta interpretará estas partituras que poseen una fuerza intacta, una capacidad casi mágica para conectar con las emociones del público de hoy desde la primera nota y servir como el hilo conductor idóneo para una efeméride tan señalada.

El arte de escuchar la tierra y el puente entre la raíz y el mundo
Escrita en 1941, esta suite es el resultado de un amor ciego por la tradición oral. Guridi no inventó estas melodías en el aislamiento de su despacho: salió a buscarlas. Su gran acierto fue sumergirse en el monumental Cancionero Popular Vasco de Resurección María de Azkue, rescatando esas canciones sencillas que la gente cantaba en el campo o junto al fuego. Guridi tomó esas notas desnudas recopiladas por Azkue, sumó un par de hallazgos propios en Lekeitio y Aramaio, y las vistió con una genialidad armónica deslumbrante, salvándolas del olvido y dándoles pasaporte para la eternidad.
En el contexto del Euzko Pizkundea (Renacimiento Cultural Vasco), la genialidad de Guridi radicó en vestir esa pureza rural recopilada por Azkue con el ropaje de una deslumbrante maestría técnica. Demostró así que una humilde melodía de aldea poseía la misma dignidad estructural y belleza matemática que cualquier motivo sinfónico.
Vistas con perspectiva, las Diez melodías vascas dialogan de tú a tú con la historia de la música universal. El compositor alavés hizo con el alma de su tierra exactamente lo mismo que Béla Bartók consiguió con las danzas húngaras, Jean Sibelius con los inviernos nórdicos o lo que Manuel de Falla logró con el embrujo andaluz: universalizar lo local.
Los compositores de aquella Europa en ebullición buscaban liberarse de la rigidez académica germánica e italiana. La respuesta no estaba en los manuales de los conservatorios, sino en la tradición oral de la tierra: en los cantos de los pastores, las danzas de labranza y las melodías ancestrales del pueblo. Mezclando esa raíz popular con la sofisticación de la orquesta europea creó un paisaje sonoro donde conviven la espiritualidad sobrecogedora de su movimiento Religiosa o el lirismo desgarrado de su sexta melodía, Amorosa, convertida ya en un himno que emociona en cualquier auditorio del mundo.
Sentarse hoy a escuchar estas joyas es un acto de tender puentes a la universalidad desde lo más profundo de la tierra. Al igual que el maestro que regresa a clase para transmitir el conocimiento que verdaderamente importa, estas obras regresan para recordarnos quiénes somos. En un mundo que avanza demasiado rápido, el otoño nos regala la excusa perfecta para buscar refugio en la calidez de una sala de conciertos y comprender que las historias más hermosas de nuestro territorio no se escriben con palabras efímeras, sino que se quedan a vivir para siempre en la belleza de sus melodías.
Acudamos, pues, a este reencuentro con nuestra propia memoria; permitamos que el genio de Guridi vuelva a sonar, vayamos al encuentro de este cancionero sin igual, donde la belleza de la raíz se hace universal y el eco de sus notas nos encoja, dulcemente, el corazón.

© María Brodal, texto y fotografías
