lunes, septiembre 14, 2026
Música

Ebrovisión 2026

El Ebro pasaba, sin saber que había miles de personas caminando hacia él. Hace ya veintiséis años, alguien decidió ponerle música a septiembre, sin saber que una ciudad entera estaba a punto de olvidarse de sí misma, con nosotros detrás.

Las guitarras entraban como entra el verano cuando ya debería haberse marchado. Hay conciertos que empiezan en los altavoces y otros que comienzan mucho antes, cuando todavía estás llegando, cuando reconoces una camiseta, cuando alguien grita un nombre desde lejos, cuando la primera cerveza está demasiado fría y todavía no sabes que dentro de unas horas vas a estar afónica. Aquí empieza tu festival, el desorden y el maravilloso caos de querer todo a la vez en todas partes.

El viernes 4, Miranda perdía su forma cotidiana, ya no era exactamente Miranda, sino otra cosa: una ciudad atravesada por guitarras, por gente que llegaba con una pulsera en la muñeca y el verano todavía pegado a la piel. Una ciudad que durante dos días decidió no comportarse como tal. 

Por la mañana, todavía quedaban persianas bajadas, calles que conservaban su respiración cotidiana, camareros preparando terrazas. Pero algo había cambiado, se notaba en las camisetas, en las conversaciones. Ebrovisión no tiene una hora de comienzo, empieza cuando alguien llega, cuando alguien reconoce a alguien, cuando una canción resuena demasiado intensamente para ser solo música. 

Con la 126, el festival todavía tiene luz del día. El anfiteatro. El Ebro. Los primeros cuerpos ocupando espacio. Todavía no sabemos qué va a pasar, y esa posibilidad también forma parte de la fiesta.Juventude, un nombre que ya es toda una declaración de intenciones, como si la edad no fuese un número, sino una forma de mirar, como si septiembre fuese eterno y pudiese volver a empezar. Mientras la tarde cae, Rata. Y después, la calle, los bares, la gente llegando, Miranda empezando a llenarse de sí misma. 

La habitación roja. Treinta años. Y, de pronto, el tiempo deja de ser una línea. Una banda que estuvo en aquel primer Ebrovisión vuelve cuando el festival ya tiene veintiséis años. Hay algo circular en eso. Como si algunas canciones supieran regresar. Como si los festivales también tuviesen memoria. Como si una ciudad pudiera recordar a través de sus escenarios. Volverían a seducirnos en el Castillo. El sol abrasaba, las horas pesaban, pero nadie quería irse de su lugar seguro.

«La habitación roja»

Triángulo de amor bizarro. Hay nombres que parecen una canción antes de que empiece la música, hay noches que también. Y es entonces cuando el festival deja de ser una suma de conciertos. Empieza a ser una conversación. Shego. Cuatro cuerpos. Una multitud. La electricidad. La sensación de que algo está cambiando mientras sucede. No hace falta entenderlo todo. Hay cosas que primero se bailan y después se entienden. O no. 

Con Carlos Ares, la noche ya está hecha, ya no hay vuelta atrás. La ciudad se ha entregado. Y entonces ocurre lo que siempre ocurre. Alguien se enamora, alguien se reencuentra, alguien se pierde, alguien encuentra a quien llevaba años buscando. No necesariamente una persona. A veces, basta una canción.

Getdown services. El nombre llega como una orden. Baja. Suelta. Déjate caer. La noche tiene sus propias leyes, y una es que mañana no existe. Mientras tanto, Hoonine, Puño Dragón, San Tosielo, Jonathan Castillo. Otros nombres, otros escenarios, otras pequeña multitud.

Porque un festival está hecho de emociones, de camisetas de grupos tendidas al sol, de todo aquello que ocurre mientras tú estás en otra parte. Esa es su pequeña crueldad. Mientras escuchas una canción, otra está sucediendo. Mientras bailas, alguien descubre su banda favorita. Mientras besas, alguien canta una canción que tú nunca escucharás. Y todo eso, todo, también es Ebrovisión.

La noche avanza, la música no. La música se queda, se estira, se multiplica, sale de los escenarios, entra en los bares, se mete por las calles, cruza el puente, baja hacia el río y Miranda ya no sabe dónde termina el festival. Porque el festival es precisamente no saber dónde termina.

El sábado 5, llegué yo, o quizá no, quizá fue el festival el que terminó llegando hasta mí. La mañana tiene otro color, el sábado pesa distinto, ya no hay expectación, hay memoria. El viernes ha dejado sus restos, las voces un poco más roncas, los cuerpos un poco más lentos, pero las ganas intactas. Y el Ebro sigue pasando.

Castillo. Plaza de España. Anfiteatro. La estación. Anduva. Miranda vuelve a convertirse en escenario, desdibujadas ya las fronteras entre festival y ciudad y es precisamente eso lo que más me gusta, que no estás dentro de un recinto, sino dentro de una ciudad que ha decidido abrirse. El diablo de Shanghai. El sol cae a plomo sobre las piedras. Miranda abajo, el Ebro abajo y arriba nosotros, esperando sin saber exactamente qué esperamos. Hasta que aparecen. Y el Castillo se llena de guitarras, de sudor, de ruido, de esa electricidad que tienen las bandas cuando todavía están peleándose con el mundo y no han aprendido a domesticarlo.

Su coincidencia con La habitación roja no es puro azar, sino que aporta una de las mejores imágenes narrativas del festival: los treinta años de unos y los que están naciendo, compartiendo escenario, en pleno mediodía, sobre las piedras del Castillo. Y entre las piedras, nosotros, una pequeña anomalía. La música ocurre donde antes ocurrieron otras cosas. Eso es también una forma de memoria, poner algo nuevo encima de lo antiguo sin borrarlo. Como si el festival, por unas horas, pudiese hacer convivir todos los tiempos, el que fuimos, el que somos, el que todavía no sabemos que seremos.

«El diablo de Shanghai»

Los chivatos. La tarde, la luz todavía sobre nosotros, los primeros vasos, las primeras canciones, la sensación de que queda toda la noche. Qué mentira tan hermosa. Pensar que una noche puede durar para siempre. 

Mujeres, ese instante en el que dejas de mirar y empiezas a formar parte, cuando la tarde se rompe y la música se vuelve paisaje.

«Público del grupo Mujeres»

Rufus T. Firefly. Hay canciones que no se escuchan desde fuera, te atraviesan. Te dejan dentro. Y durante unos minutos, el festival deja de ser un festival para convertirse en una habitación, una herida, una corriente eléctrica.

«Rufus T. Firefly»

Sanguijuelas del Guadiana. Vuelve la tierra, el barro, la raíz, lo que viene de abajo, los amigos de la 219, lo que se agarra y no quiere soltarse. Quizá esto también sea Ebrovisión, una fiesta con raíces, que canta al cielo al hombre pájaro que voló demasiado pronto.

«Sanguijuelas del Guadiana»

La noche cae y con ella llega Lori Meyers y con ellos todos los años que llevamos dentro, las canciones que fueron de otros, las que fueron nuestras, las canciones que no sabemos si recordamos o si ellas nos recuerdan a nosotros. Miles de voces, una sola canción. Mala gestión y una madrugada que comienza a enseñarnos los dientes, el cansancio, la risa, los pies, la voz. La última cerveza que no será la última, la promesa de irse, la certeza de quedarse.

«Repion»

Repion. Y aquí empieza otra cosa, ya no estamos exactamente en el festival. Estamos dentro de su resaca emocional anticipada. Sabemos que se acaba, por eso todo duele un poco más, importa un poco más. Una canción, una mirada, una mano en el hombro, alguien gritando tu nombre, alguien que no conoces y que durante tres minutos parece de tu familia.

Entonces entendemos que esto no va solamente de música, va de pertenecer, de encontrarse, de regresar, de inventar una pequeña comunidad alrededor de las canciones, de hacer que una ciudad se vuelva casa para miles de desconocidos, de conseguir que durante unos días nadie pregunte demasiado quién eres.

Un festival no puede ser contado entero por una sola persona, porque es un animal demasiado grande, con demasiados ojos, demasiadas bocas, demasiados recuerdos. Por eso esta crónica tiene algo de collage, un pedazo de viernes, un pedazo de sábado, una canción, un río, un cuerpo, una multitud. 

Veintiséis años después, la pregunta sigue siendo la misma, ¿cuánto puede durar una canción? Dos minutos, cuatro, una noche, un verano, una vida. El Ebro pasa, nosotros pasamos, pero hay cosas que se quedan, una canción que escuchas meses después, una fotografía que ya no recuerdas quién hizo, una pulsera que tardas demasiado en quitarte. Una voz que se rompe, un nombre, una ciudad, una noche. 

Esa sensación tan difícil de explicar, la de haber pertenecido durante unas horas a algo que era más grande que nosotros, una multitud reventándose de vida, a la orilla del Ebro, en septiembre. Cuando el verano debería de haberse acabado, pero todavía no. Todavía no.

© Beatriz Rey, texto; Ángel Martínez, fotografías

Beatriz Rey

Responsable de la sección de Fotografía de CulturaBAI.
Profesión y formación: filóloga francesa y diplomada en Letras Modernas.
Web: beatrizrey.es
Instagram: @beatrizrey26122021

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