Un paseo con Don Francisco
Un hombre de cierta edad, vestido con una camisa holgada, de cuello abierto y sin corbatín, entró en el Museo de Bellas Artes de Álava para ver los grabados de Francisco de Goya y Lucientes.
Tenía el paso firme y ese carácter aragonés que parecía acompañarlo. Don Francisco, que así se llamaba, comenzó a recorrer las salas.
Las imágenes lo llevaron a otro tiempo. Era otra España, pero no tan distinta de la nuestra. También luchaba contra sus instintos, sus miedos y sus contradicciones.
Aquel hombre conocía bien ese mundo. Había nacido en el siglo XVIII y había cambiado nuestra manera de mirar el arte y la vida. Goya luchó contra las injusticias, la irracionalidad del ser humano y la mala educación.
Tauromaquia (1816)
El hombre entró en aquella España que intentaba olvidar su pobreza en las plazas de toros.
Pero la Tauromaquia es mucho más que una representación de las masas. El toro y el torero son los protagonistas. Ambos se enfrentan a su destino.
Vemos la emoción de los aficionados, las peleas y el miedo. Algunos quieren estar en la arena. Otros apartan la mirada porque no quieren ver morir.
La muerte está siempre presente. El hombre lucha por sobrevivir y el toro avanza hacia su destino.
La Tauromaquia se convierte así en una metáfora del ser humano.

Disparates (1815–1824)
Los Disparates nos muestran imágenes crueles y extrañas. Goya juega con nuestra mirada y con nuestra razón.
Nos hace preguntas: ¿de dónde venimos? ¿Qué somos? ¿De quién tenemos miedo?
Aquí aparecen nuestros miedos, nuestros sueños y también nuestra maldad.
Todo está invertido. Lo real se mezcla con lo absurdo y lo ridículo. Los personajes parecen vivir dentro de una pesadilla.
Goya nos muestra su lado más humano y nos obliga a interpretar lo que quiere que veamos.

Desastres de la guerra (1810–1815)
Aquí no importa quién es el enemigo ni quién gana. Tampoco importan los uniformes ni los países.
Importa la guerra. El hombre que sufre. La madre que llora. La muerte.
Goya se convierte en cronista de la guerra. No importa que el muerto sea francés o español. Es un hombre.
Un hombre ejecutado. Un hombre que se enfrenta a su propia muerte.
Los rostros muestran el miedo y el sufrimiento. Las armas representan una lucha absurda entre personas.
Es la lucha por sobrevivir, por no ser enterrado y por ver una noche más.
Mientras tanto, la guerra continúa.

Caprichos (1797–1799)
En los Caprichos, Goya muestra el egoísmo del ser humano. Cada persona parece pensar solo en sí misma.
Aparecen oradores convertidos en pájaros con grandes picos y un abuelo que, en realidad, es un burro.
Pero hay una imagen que destaca sobre las demás: El sueño de la razón produce monstruos.
Goya aparece dormido mientras unas criaturas extrañas sobrevuelan su cabeza. Es el mundo de los sueños, los miedos y la imaginación.
Goya nos recuerda que nadie está a salvo. Cualquiera puede convertirse en víctima.
Y quizá nuestro mayor enemigo seamos nosotros mismos.

Final
Don Francisco salió del museo orgulloso, pero también con pesadumbre.
El mundo no había cambiado tanto. La gente seguía teniendo dudas, amores y amaneceres.
Aquellos grabados seguían hablando de nosotros: de nuestros miedos, nuestras contradicciones y nuestra parte más oscura.
Goya cambió nuestra manera de mirar. Nos acercó a lo desconocido y nos enseñó aquello que muchas veces preferimos no ver.
Pero Don Francisco quería volver a su tiempo.
Quería pintar aquella actualidad que no pudo ver en vida, pero que quizá ya había intuido desde la eternidad.
© Jorge Girbau Bustos, texto; Ester Mercadal, fotografías
