lunes, septiembre 7, 2026
Cine y TV

La Odisea: Ulises tarda veinte años en volver a casa y Nolan consigue que nosotros tardemos tres horas en salir del cine

Hay películas que pasan volando y hay películas que te hacen experimentar en tus propias carnes lo que significa un viaje a lo desconocido. La Odisea, de Christopher Nolan, para mi pesar, pertenece sin duda a la segunda categoría, aunque durante algunos momentos uno tiene la impresión de que está viendo también la versión extendida, el making of e incluso el tráiler de la próxima entrega.

El prolífico director ya nos ha acostumbrado, pasito a pasito, a darle vueltas a la cabeza con legendarias entregas como: Memento, Origen, Interstellar y Tenet, por citar algunas, y además nos ha contado historias como las de El caballero oscuro o la de Oppenheimer de manera extraordinaria, en unos films que incrementan su metraje a medida que se acercan en la escala temporal; así que el que avisa no es traidor.

Nolan sigue sin saber hacer películas pequeñas ya que todo es enorme en sus producciones: el reparto, la fotografía, los paisajes, la música, los silencios… Y en ese aspecto La Odisea es espectacular, pero también es una película un tanto pesada. Y no necesariamente porque sea larga. Algunas de sus películas de tres horas (o próximas) citadas anteriormente pasan ágiles por la gran pantalla. Esta, en cambio, tiene momentos en los que uno empieza a sospechar que Ulises no está intentando regresar a Ítaca: está intentando encontrar los títulos de crédito entre caballos troyanos, monstruos mitológicos, mares bravíos y nereidas.

El problema no es la historia, eso es de Perogrullo: Homero ya hizo el trabajo hace unos cuantos siglos y, además, bastante bien. El problema es que el director de Dunkerque parece empeñado en demostrarnos que cada plano merece ser contemplado como si acabáramos de descubrir el fuego ya que todo para él tiene una trascendencia enorme. Una mirada es trascendental, un barco es trascendental, una puerta que se abre es trascendental, una persona que camina hacia otra es trascendental… Y cuando finalmente ocurre algo verdaderamente trascendental, uno ya lleva tanto tiempo esperando que casi se agradece que pase cualquier cosa, aunque sea un señor entrando a comprar un yogurt griego.

Y claro, además nos encontramos con la pega técnica de que ver La Odisea sin IMAX sea como admirar el acueducto de Segovia, o el teatro romano de Mérida, desde una vista aérea con Google Maps. 

Es decir, la película fue rodada íntegramente en este sistema, que combina cámaras especiales y proporciones de visualización más altas, con el fin de proyectarse en salas con enormes pantallas curvas, diseñadas para ofrecer una experiencia visual y auditiva mucho más inmersiva que el cine tradicional. Muchas de sus imágenes están pensadas para este formato y el problema mayoritario es que casi nadie vive cerca de una sala IMAX, por lo que en una sala convencional buena parte del espectáculo pierde fuerza. Y eso es algo que se nota especialmente en los grandes momentos visuales donde el encuadre pide más. No es que los efectos sean malos. Todo lo contrario. El problema es que uno sospecha que están siendo mucho más impresionantes de lo que está viendo. El formato aquí no es un detalle menor. Es prácticamente parte del argumento. Y quizá ahí está una de las mayores contradicciones del filme: es una obra titánica (como los dioses gigantescos y arcaicos que gobernaron el cosmos antes de Ulises), entregada a un formato que casi nadie puede disfrutar.

En cuanto a las interpretaciones, Matt Damon normalmente luce bien y en esta película mantiene el tipo, con un aspecto de hombre que ha vivido demasiadas cosas y preferiría estar tranquilamente en casa, sentado en su sillón favorito con una cerveza y viendo un documental de la 2 sobre la micénica destrucción de Troya. Lo cual, bien visto, no es tan loco porque, después de diez años de guerra y otros diez de aventuras, Ulises también parece bastante interesado en llegar de una vez a Ítaca.

Anne Hathaway cumple muy bien como Penélope; Tom Holland hace de Telémaco sin soltar una sola telaraña, y el desfile de estrellas que los secundan es considerable. Y luego está Robert Pattinson, que vuelve a demostrar que tiene una especial habilidad para interpretar personajes que parecen saber algo que los demás desconocen. 

Y una vez los títulos de crédito hicieron acto de presencia, salí del cine con la agridulce sensación de haber visto algo grande, pero también con la percepción de haber estado allí muchísimo tiempo. No vi el Olimpo (aunque a punto estuve en un momento de debilidad e intentona de cabezada sutil), lo que vi fue una sala de cine pletórica en la que La Odisea se me hizo eterna.

Una buena película, a veces magnífica y por momentos fascinante, pero también excesiva, solemne y con una tendencia preocupante a confundir épica con duración.

Homero tardó veinte años en devolver a Ulises a casa y Nolan ha necesitado casi tres horas para conseguir exactamente lo mismo conmigo: devolverme a la mía; eso sí, en mi caso sin el hándicap de tropezarme con dioses cabreados, seductoras sirenas o gigantescos cíclopes carnívoros.

«Cartel oficial de La Odisea»

© “Txusmi” Sáez, texto; Universal Pictures, cartel e imagen de portada

"Txusmi" Sáez

Firma colaboradora de CulturaBAI. En este perfil se reúnen sus artículos y aportaciones publicados en el periódico cultural.

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