lunes, marzo 23, 2026
La mirada consciente

El tesoro de la campa

Era un día de primavera, las lluvias de días anteriores habían dado paso al sol, la naturaleza renacía exultante, los colores bajo aquella luz brillaban. Yo era una niña, calculo que tendría unos seis años. 

En aquel tiempo mi abuela materna vivía en casa, a mí me encantaba acompañarla a cualquier sitio. 

Oliva, que así se llamaba, estaba sentada en un banco de madera con varias vecinas más o menos de su edad. Y mientras hablaban de la vida y pasaban el rato, a mí me daba la oportunidad de tener un tiempo para mí, un espacio donde podía estar solo conmigo misma mientras ella socializaba.

Siempre me gustado tener espacios donde disfrutar de la soledad, es algo que reconozco en mí desde muy pequeña. Es una forma de recargarme y reconectarme.

Volviendo un momento al presente, me pregunto cada día en que instante “alguien” apretó el botón de aceleración del mundo. Cuando cambió todo y la vida se volvió exigencia y prisas. Cuando decidimos cambiar los momentos sencillos, simples, la quietud, la contemplación de lo sencillo, por el sistema de vida que predomina hoy. Evolucionar es parte de la vida, pero la sociedad ha llegado a un punto en el que parecemos ratones enjaulados corriendo en una rueda… corres y corres cada día hasta quedar exhausto en una rueda que no te lleva a ninguna parte. En definitiva, un mundo sin sentido.

Muchos de vosotros os sentiréis identificados con esto que voy a decir…

Te levantas cada mañana y desde el minuto cero, el día se convierte en una interminable lista de haceres y haceres. Vas de un lado para otro enlazando el trabajo o los estudios con una tarea y con otra… y así a lo largo de todo el día hasta caer agotado en el sofá a las diez de la noche. Te acuestas y al día siguiente vuelves a repetir una y otra vez el día de la marmota, como en aquella película que emitían en mi juventud titulada Atrapado en el tiempo. El protagonista se despertaba cada día en el mismo día, si no la habéis visto os la recomiendo.

Pienso que hoy mas que nunca es esencial que paremos la rueda del ratón… aunque solo sea por unos minutos cada día. ¿Qué difícil parece… verdad? 

Cuando abrí el Secreto de Su una de las cosas que más satisfacción me dio es trabajar cien por cien con producto natural. Volver a nuestros orígenes, trabajar con plantas tintóreas como la lawsonia inermis o el índigo que se llevan utilizando durante siglos en diferentes culturas para teñir el cabello. El uso de los aceites o el olor de las esencias naturales como el romero.

Esto es lo básico, lo esencial. Esto es lo que siempre estuvo aquí y lo que nunca debimos relegar en un segundo plano ante la industria química. La sociedad química nos dio comodidades, pero también llenó la vida de las personas de vacío. Y cuanto más llena de cosas esta la persona más vacío y miedo a la soledad. La sociedad lo llena todo de ruido, de objetos, de vida social y haceres, hace que no tengas tiempo para pararte ni un solo momento a observar la vida, tu vida.

Hay personas que tienen pánico a la soledad, no la soportan, cuando en realidad en el silencio de la soledad y la observación es donde nos reencontramos con nosotros mismos y donde encontramos el bienestar y el recogimiento.

Cuando tienes seis años todavía vives conectado con lo esencial, sientes el presente con intensidad. Estas en conexión con tu origen, contigo mismo. Estas en la experiencia que estas viviendo en ese momento.

Tengo un recuerdo muy vivido de aquella tarde de primavera con seis años.

Aunque estaba a apenas a unos metros de mi abuela y las vecinas, me sentía totalmente libre. Detrás de mí el banco con todas las mujeres. Delante de mí una campa salvaje emergía llena de caminos inexplorados (o eso pensaba yo) … hierbas, piedras y matorrales. Era un universo para mí. Podía pasarme largos ratos en silencio observando todo lo que había a mi alrededor. Unas pequeñas florecillas azules que tapizaban el suelo, un diente león, mariposas que revoloteaban alrededor, el zumbido de una abeja.

Aquel día hubo suerte y encontré un tesoro escondido. Era una especie de escarabajo de color verde brillante que reflejaba la luz, era como si el arco iris se reflejara en su cuerpo metálico, parecía un ser llegado de otra galaxia, enigmático y fascinante a la vez. Una experiencia que guardaré en mi retina para siempre. Estuve observándolo durante un largo rato. Porque en aquellas exploraciones no había haceres, ni prisa…nada por hacer, nada que pensar… solo observar y dejarse sorprender por el instante presente.

Y solo así volviendo a reconectar con nosotros mismos, dándonos permiso para parar la rueda y simplemente observar la vida podemos ver el tesoro que se esconde. 

Quizás debamos replantearnos que haceres del día a día son imprescindibles y cuales son prescindibles. Y dedicarnos cada día unos minutos a simplemente observar el cerezo que vemos a través de nuestra ventana, las flores que crecieron entre la tierra y una baldosa rota…Sin ningún objetivo, solo estar contigo mismo y experimentar ese instante, la vida, como hicieron nuestros ancestros, que tanta sabiduría nos legaron simplemente viviendo en el momento presente, observando la vida.

Solo así encontraremos nuestro más valioso tesoro que es reencontrarnos con nosotros mismos, con nuestro verdadero ser.

Nota: El escarabajo verde de Europa Cetonia aurata, es un superviviente nato lleva más de dos mil millones de años sobre la tierra. Se ha adaptado a todos los cambios. Es capaz de fabricar agua con sus propios líquidos y comer de un árbol caído convirtiéndolo en fertilizante.

© Susana Rodríguez, texto, imagen e ilustración

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *