martes, mayo 26, 2026
La obra y la herida

Hemingway o la lucha por sostenerse a sí mismo

Hay hombres que construyen un personaje para poder sobrevivir en el mundo, protegiéndose de los miedos que los acechan. Otros, sin embargo, terminan atrapados dentro de su propio cliché.

Ernest Hemingway pasó gran parte de su vida intentando mantener una imagen; la del hombre fuerte, resistente, viril, invulnerable… Es fácil que, al pensar en él, nos asalten imágenes que le representen como cazador, boxeador, corresponsal de guerra, seductor… En todas ellas es un aventurero capaz de mirar a la muerte sin pestañear. No es de extrañar: durante décadas, el mito Hemingway se convirtió en una de las representaciones más poderosas de la masculinidad del siglo XX.

No obstante, bajo esa identidad cuidadosamente construida yacían elementos mucho más complejos: trauma, miedo al derrumbe, alcoholismo, depresión, deterioro físico y una profunda incapacidad para mostrarse vulnerable. Esta cara B es tan masculina como la cara A, pero no en aquellos tiempos. Quizá por eso su literatura sigue resultando tan perturbadora, pues debajo de la superficie seca y contenida de sus frases se esconden hombres heridos que intentan mantenerse en pie mientras todo dentro de ellos amenaza con venirse abajo.

El hombre que aprendió a callar

Hemingway nació en 1899 en Oak Park, Illinois, en una familia conservadora de clase acomodada. Su padre, Clarence Hemingway, era médico y un gran amante de la naturaleza. Su madre, Grace Hall Hemingway, que era música, poseía una personalidad dominante y controladora. Este contexto familiar marcaría profundamente su identidad. Así, bajo los ojos autoritarios de Grace, heredó de su padre el amor a la caza, la pesca, el contacto físico con el dolor y la resistencia. Pero también, una sombra mucho más oscura: su progenitor sufría depresiones severas y terminó suicidándose en 1928.

Décadas después, el propio Hemingway se quitaría la vida de forma similar. Y no sería el único caso en la familia, puesto que varios descendientes de los Hemingway presentarían alteraciones afectivas, adicciones y suicidios, lo que ha llevado a numerosos investigadores a señalar una posible predisposición genética en los trastornos del estado de ánimo.

Ya he nombrado en esta sección a la psiquiatra Kay Redfield Jamison y retomo de nuevo su libro Touched with Fire: Manic-Depressive Illness and the Artistic Temperament (Marcados por el fuego en algunas —escasas— ediciones en español, 1993). En esta obra analizó la relación entre la creatividad, el trastorno bipolar y la conducta suicida en numerosos artistas y escritores. Hemingway aparece frecuentemente citado dentro de ese debate clínico y biográfico por rasgos compatibles con trastornos afectivos: impulsividad, periodos de productividad extrema, abuso de alcohol, hipersexualidad, irritabilidad, conductas de riesgo, depresiones severas y paranoia en los últimos años.

Una vez más podemos vislumbrar cómo salud mental, biografía y creación aparecen profundamente entrelazadas.

La guerra como herida fundacional

Antes de convertirse en escritor, Hemingway fue periodista. En el Kansas City Star aprendió el estilo que transformaría la literatura del siglo XX: frases breves, precisión, eliminación de adornos y economía emocional. Ernest convirtió la contención en estética y la resistencia en identidad. Del mismo modo, aquella sobriedad formal acabaría transformándose en una forma de relación con el sufrimiento.

Un episodio que claramente le marcó sucedió en 1918, durante la Primera Guerra Mundial. En el último año de la contienda se incorporó como conductor de ambulancias de la Cruz Roja en Italia, resultando gravemente herido por fuego de mortero. Contaba entonces con apenas dieciocho años y esta experiencia bélica lo atravesó para siempre, hasta el punto de poder leer gran parte de su obra como una exploración del trauma masculino: hombres incapaces de expresar dolor, emocionalmente mutilados, atrapados entre el deseo de vivir y la fascinación por la destrucción.

En A Farewell to Arms (Adiós a las armas, 1929), inspirado directamente en su experiencia italiana y en su relación con Agnes von Kurowsky, escribe:

“The world breaks everyone and afterward many are strong at the broken places.”

“El mundo nos rompe a todos y luego algunos son fuertes en los lugares rotos.”

Pocas frases resumen mejor toda su literatura y nos sugieren plantearnos que tal vez Hemingway no escribía sobre hombres indestructibles, sino sobre los que intentaban sobrevivir después de haber sido quebrados. De ser esto así, ¿era él consciente de ello?

París, los comienzos y la construcción del mito

En los años veinte se trasladó a París y convivió con la llamada Generación Perdida, junto a figuras literarias como Gertrude Stein, F. Scott Fitzgerald y Ezra Pound. Allí comenzó a construir simultáneamente dos cosas: una voz literaria y un personaje público.

Sus primeros libros aparecieron en ediciones pequeñas y casi artesanales, lejos todavía de la leyenda que terminaría convirtiéndolo en una celebridad internacional. Three Stories and Ten Poems (Tres relatos y diez poemas, 1923) fue publicado en una tirada mínima en París. Un año después aparecería In Our time (En nuestro tiempo), donde ya comenzaban a percibirse las marcas esenciales de su estilo: frases cortas, silencios emocionales y personajes caracterizados por una violencia apenas nombrada.

En 1926 llegó su gran salto con The Sun Also Rises (Fiesta o También sale el sol), considerada una de las grandes novelas de su generación. Jake Barnes, herido e impotente tras la guerra, encarna la imposibilidad de recuperar una masculinidad intacta.

La novela se construye sobre el alcoholismo, el vacío, la desorientación y la incapacidad afectiva. El protagonista ama, desea, pero no puede consumar ese apetito, lo que provoca que la herida física se convierta en un símbolo psicológico.

El alcohol y la hipermasculinidad como anestesia

Lejos del romanticismo de saldo y lo icónico de la testosterona en su máximo esplendor, la masculinidad de Hemingway fue una construcción obsesiva.

Boxeo, guerras, safaris, corridas de toros, armas, pesca en alta mar, alcohol, sexo, competitividad física constante. ¿Eran aficiones o rituales de validación? Muchos estudios contemporáneos sobre el escritor hablan ya abiertamente de hipermasculinidad o masculinidad performativa (anterior a la formulación teórica de Judith Butler sobre la performatividad de género), representando al arquetipo de macho alfa mediante determinados comportamientos y acciones minuciosamente diseñados. Investigadores como Mark Spilka, Kenneth Lynn o Nancy R. Comley han señalado cómo la virilidad extrema del estadounidense parece funcionar más como defensa frente a la fragilidad que como expresión de seguridad.

Su masculinidad se había erigido alrededor de la resistencia, el control emocional, la capacidad de soportar dolor y el rechazo absoluto a la debilidad. Dicho de otro modo, mostrar vulnerabilidad equivalía a fracasar como hombre. Y quizá ahí reside una de las tragedias más contemporáneas de Hemingway: haber confundido fortaleza con silencio emocional.

Dentro de esa maquinaria defensiva, el alcohol ocupó un papel fundamental, no solo como exceso bohemio o identidad literaria, sino como forma de anestesia psíquica. Beber le permitía socializar sin intimidad real, disminuir su ansiedad, sostener el personaje y evitar entrar en contacto con su fragilidad.

Por otro lado, su promiscuidad también puede leerse desde ahí. El padre de la Generación Perdida necesitaba reafirmar constantemente deseo, potencia, admiración y virilidad. No bastaba con ser hombre. Había que demostrarlo una y otra vez. Ahora bien, no estaría de más señalar que algunos investigadores sostienen la relación entre el trastorno bipolar e hipersexualidad, especialmente durante episodios maníacos o hipomaníacos. Aparte de la psiquiatra Kay Redfield Jamison, autores como Frederick K. Goodwin y Nassir Ghaemi —especialistas en trastornos del estado de ánimo— han estudiado cómo la impulsividad, la búsqueda de riesgo, el incremento del deseo sexual y determinadas conductas compulsivas pueden formar parte de algunos cuadros bipolares. 

Sea así o no, durante décadas, Hemingway no solo fue un escritor: encarnó un modelo cultural de masculinidad. Su imagen pública —cazador, bebedor, corresponsal de guerra, aventurero, seductor silencioso— se convirtió en una representación aspiracional del hombre fuerte del siglo XX. En este sentido, autores como Norman Mailer, Jack Kerouac o Hunter S. Thompson heredaron parte de esa idea del escritor como hombre excesivo, físicamente arriesgado y emocionalmente endurecido. Hoy, sin embargo, muchas de esas conductas serían reinterpretadas críticamente, entendiendo esa virilidad tan admirada como alcoholismo funcional, hipersexualidad, competitividad obsesiva, incapacidad afectiva y negación de la salud mental. Lo que en su época se leía como fortaleza masculina hoy puede verse como sufrimiento no elaborado (un dolor que existe, pero que no ha podido ser comprendido, expresado o integrado emocionalmente).


Los hombres rotos de Hemingway



La teoría del iceberg

Hemingway revolucionó la literatura con una técnica conocida como la teoría del iceberg. Solo una pequeña parte de la emoción debía mostrarse explícitamente. El resto permanecía oculto bajo la superficie. Es decir, su propia complejidad emocional fue convertida en estilo literario: el universo narrativo seco que construía, contenido y minimalista, iba más allá de una elección estética, funcionando como un refugio emocional.

En efecto, los personajes de sus novelas rara vez explican lo que sienten; el dolor aparece desplazado hacia silencios, gestos, alcohol, violencia y acciones físicas. Es como si el lenguaje, por sí mismo, fuera incapaz de encerrar completamente la herida.

El deterioro y la caída

Los últimos años de Hemingway fueron devastadores y no es casual emplear ese término: sufrió accidentes graves, traumatismos craneales, deterioro físico, depresión severa, paranoia y alcoholismo crónico. Todo ello le llevó a ser sometido a tratamientos de electroshock, los cuales afectaron arduamente su memoria. Estas vivencias en alguien como él, con una identidad ligada al intelecto, equivalían a perderse a sí mismo. Tal miedo fue plasmado de forma especialmente conmovedora en The Old Man and the Sea (El viejo y el mar, 1952), obra por la que recibió el Pulitzer y que contribuyó decisivamente a su Nobel de Literatura en 1954.

“A man can be destroyed but not defeated.”

A pesar de esta frase de El viejo y el mar en la que afirma que un hombre puede ser destruido, pero no derrotado, toda la obra de Ernest Hemingway parece caracterizada, precisamente, por el agotamiento. Más que una historia sobre heroicidad, El viejo y el mar puede leerse como el relato de un hombre intentando conservar el sentido mientras su cuerpo y su mundo comienzan a derrumbarse. 

Como contrapunto, en A Moveable Feast (París era una fiesta, publicada póstumamente en 1964) aparece un Hemingway más nostálgico y vulnerable. Y en The Garden of Eden (El jardín del Edén, publicada a título póstumo en 1986), sorprendió a muchos lectores por su exploración de la ambigüedad de género, la androginia y la identidad cambiante.

Aquello rompía violentamente con la caricatura pública del macho Hemingway. Podría considerarse, por qué no, un atisbo de reconocer que su hipermasculinidad no fue tanto una expresión de seguridad como un esfuerzo desesperado por contener algo más frágil debajo. Al fin y al cabo, Ernie no dejaba de ser un humano más en el mundo, luchando contra sus propios fantasmas. Y como tal, su resistencia falló hasta precipitarle al vacío. 

El hombre que no podía derrumbarse

Ernest Hemingway se suicidó en 1961. Había pasado la vida escribiendo acerca de hombres capaces de soportar el dolor en silencio, hombres que resistían incluso cuando todo estaba perdido. Sin embargo, ¿puede construirse una identidad contra la propia vulnerabilidad?

Tal vez, la verdadera tragedia de Hemingway no fue únicamente su muerte, sino haber vivido convencido de que quebrarse era imperdonable. Y quizá por eso su literatura sigue resultando tan profundamente humana: debajo del mito del cazador, del aventurero y del hombre irrompible, siempre estuvo escribiendo alguien que luchaba desesperadamente por sostenerse a sí mismo.

Nota al lector/a sobre salud mental

Si al leer este artículo has sentido que algo de lo que se describe resuena contigo —no como interés, sino como malestar real—, es importante no quedarse a solas con esa sensación.

Cuando el estado de ánimo, la ansiedad o el sufrimiento empiezan a interferir en la vida cotidiana, pedir ayuda no es un gesto menor: es un acto de cuidado.

Si resides en Euskadi, puedes ponerte en contacto con tu médico de atención primaria a través de Osakidetza, quien podrá valorar tu situación y, si lo considera necesario, derivarte a un servicio de salud mental.

Si te encuentras en otro lugar, te recomendamos acudir a tu médico de familia o a un profesional de la salud mental de tu entorno.

Hablar de ello es, muchas veces, el primer paso.

Bibliografía recomendada

  • The Sun Also Rises (Fiesta, 1926) 
  • A Farewell to Arms (Adiós a las armas, 1929) 
  • Death in the Afternoon (Muerte en la tarde, 1932) 
  • For Whom the Bell Tolls (Por quién doblan las campanas, 1940) 
  • The Old Man and the Sea (El viejo y el mar, 1952) 
  • A Moveable Feast (París era una fiesta, 1964) 

Estudios y biografías

  • Carlos Baker, Hemingway: The Writer as Artist (Hemingway: el escritor como artista, 1952) 
  • Philip Young, Ernest Hemingway and the Pursuit of Heroism (Ernest Hemingway y la búsqueda del heroísmo, 1952) 
  • Kenneth Lynn, Hemingway (Hemingway, 1987) 
  • Michael Reynolds, Hemingway: The Paris Years (Hemingway: los años de París, 1989) 
  • Nancy R. Comley y Robert Scholes, Hemingway’s Genders: Rereading the Hemingway Text (Los géneros de Hemingway: relecturas de su obra, 1994), sobre masculinidad e identidad de género en su narrativa. 
  • Debra A. Moddelmog, Reading Desire: In Pursuit of Ernest Hemingway (Leyendo el deseo: tras las huellas de Ernest Hemingway, 1999), análisis crítico de la masculinidad y la sexualidad en Hemingway.

© Lorena Madariaga Ukar, texto; PPO, imagen

Un comentario en «Hemingway o la lucha por sostenerse a sí mismo»

  • Me parecen iimpecables los articulos, interesantes y profundamente seductores. Gracias por compartirlos.

    Respuesta

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *