La obra y la herida

Una pregunta me acompaña desde niña, como un zumbido insurrecto que inunda cada estancia en mi cabeza. ¿Qué ocurre en la mente de quien escribe cuando nadie le mira? No me refiero a espiar, agazapada, para cazar el gesto romántico del artista iluminado, ni verificar la caricatura del genio atormentado que tanto nos gusta consumir. Me refiero a percibir una verdad menos cómoda: la de una cabeza que no descansa, que enlaza ideas como quien enciende cerillas en una habitación cerrada o gira como una centrifugadora que no atisba el fin. Eso, a veces, no es tan bonito. Pero no me gustaría vivir sin ello.
Desde muy pequeña sentí que el mundo era un lugar excesivo. Demasiado ruido, demasiadas preguntas, demasiadas capas. La escritura fue mi primer instrumento de orden. Las palabras alineaban lo que en mi cabeza nadaba como un banco de peces desorientado; me ofrecían una arquitectura mínima donde sostenerme. Escribía por necesidad. También lo hacía —no lo negaré— para ser querida o admirada: la herida de abandono es un fantasma que nos ronda casi tanto como el sentido de culpa.
Con los años comprendí que no estaba sola en esta experiencia, que otros habían transitado ese mismo territorio movedizo entre la lucidez y el abismo, cada cual con su desenlace, pero con un denominador común: todos cruzaban sus grietas sobre puentes levantados gracias a disciplinas como la narrativa, la poesía, la pintura, la fotografía… incluso la canción. Para muchas personas las artes son una forma de liberación frente a la ansiedad, la depresión o los cambios extremos del estado de ánimo. Dicho de una forma más poética, la creatividad es un tipo de alquimia que transforma la opresión en un río salvaje.
Es aquí donde nace esta sección, La obra y la herida: legados artísticos que fueron producidos en la vida de personas que padecían problemas de salud mental.
Quiero ser clara. En este contexto creativo y artístico, cuando empleo el término de salud mental no lo hago como eufemismo de romanticismo exacerbado, sino refiriéndome a diagnósticos concretos: trastorno depresivo mayor, trastornos de ansiedad, trastorno bipolar tipo I y tipo II, trastornos por consumo de sustancias, crisis psicóticas, hospitalizaciones recurrentes. Hablo de insomnio pertinaz, de ideación suicida, de ingresos en sanatorios, de tratamientos que hoy nos resultan brutales y que en su momento eran lo único disponible.
Pienso en Virginia Woolf, que sufrió crisis recurrentes desde joven, con ingresos en instituciones y periodos de incapacidad para escribir. Sus fases de intensa producción —como la gestación de La señora Dalloway (Mrs. Dalloway) o Al faro (To the Lighthouse)— se alternaban con hundimientos devastadores, oscilación que quedó registrada en sus diarios con una lucidez casi clínica.
Al otro lado del charco, Sylvia Plath fue tratada por depresión severa y sometida a electroconvulsoterapia en los años cincuenta. Hoy muchos especialistas plantean la hipótesis de un trastorno bipolar tipo II para explicar la alternancia entre episodios depresivos graves y periodos de extraordinaria energía creativa —como la escritura sin freno de sus más célebres poemas durante la hora azul. Más allá del diagnóstico retrospectivo, hay una joven brillante intentando comprender por qué su mente se convierte, a veces, en un lugar inhabitable.
Un compatriota de ella, Ernest Hemingway, acarreaba antecedentes familiares de suicidio, síntomas depresivos, abuso de alcohol y tratamientos de electroshock en sus últimos años. Estos hechos afectaron gravemente a su memoria y, por tanto, a su identidad como escritor.
Antes que él, Edgar Allan Poe vivió una existencia marcada por pérdidas tempranas, consumo de alcohol, hiperactividad y episodios de profunda inestabilidad emocional. En él no solo existe el imaginario gótico; coexisten la precariedad, el duelo crónico o la vulnerabilidad psicológica en una época sin recursos terapéuticos reales.
A través de esta sección de CulturaBAI conoceremos mejor las obras —y las heridas— de estos y otros muchos autores. En ese recorrido, sin duda brotará el conflicto que me atraviesa: ¿cómo evitar la tentación de pensar que la obra nace gracias al trastorno y no a pesar de él? He podido interesarme por estos temas no solo desde la curiosidad intelectual, sino desde una experiencia personal que me ha obligado a mirar hacia dentro.
Así, analizaremos qué se sabía en su época sobre depresión, ansiedad o bipolaridad, entre otros; recordaremos los tratamientos que recibieron; observaremos cuándo fueron más productivos con sus obras o cuándo quedaron en silencio.
Mi reto es el siguiente: ¿podemos dejar de mirar estas biografías como souvenirs morbosos y empezar a leerlas como lo que son, esto es, vidas humanas complejas, atravesadas por sus enfermedades? Dicho de otro modo: ¿somos capaces de admirar la obra y, al mismo tiempo, comprender la herida sin infectarla?
Si conseguimos mirar la relación entre creatividad y salud mental con mayor profundidad —sin mito, sin morbo, sin simplificaciones— habremos hecho algo valioso. Yo solo quiero poner mi granito de arena para visibilizar. Y compartir con ustedes esas pequeñas cosas que, a pesar de todo, nos salvan cada día: una página escrita a tiempo, una idea que encuentra su forma en un trazo al aire o la certeza de que comprenderse es, también, una forma de curación.
© Lorena Madariaga Ukar, texto; PPO, imagen de portada
