Mario en clave de jazz. Capítulo 2
“No toques lo que está ahí, toca lo que no está ahí”
Miles Davis.
¡Me llamo Mario!
El martes por la mañana parecía que aquel contrabajo se acercaba cada vez más a mí mientras yo me alejaba de él. Era nuestro juego favorito; quizá un cortejo disfrazado de conquista.
El teatro seguía a oscuras, pero desde la calle llegaba el sonido de una Big Band. Los instrumentos de cuerda y de viento daban sentido a la escena. Todo parecía empujar al contrabajo hacia mí mientras yo insistía en rechazarlo. No todos los amores son correspondidos. Para mí, por ejemplo, el jazz siempre ha sido una especie de anarquía musical: como si alguien arrojara la partitura a la basura y, aun así, todo encontrara un orden secreto. Tal vez ese sea el verdadero milagro del jazz. Pero esa era mi opinión entonces. En aquel momento, yo huía del jazz.
Si os digo la verdad, aquel día algo se ablandó dentro de mí. El contrabajo dejó de parecer un desconocido y empezó a ofrecerme una ternura inesperada. Yo aún me resistía, pero su presencia abrió una puerta hacia mi infancia, hacia una música de la que nunca he conseguido escapar, por mucho que lo haya intentado. ¿Por qué?
De pequeño me llevaban a jam sessions. Quizá aquella magia ya intentaba decirme algo en un idioma que todavía no entendía. Y ahora, en ese teatro que empezaba a resultarme extrañamente familiar, sentía que regresaba a un lugar conocido, como si ya hubiera estado allí en otra vida, intentando hacer del jazz algo mío.
El pasado hay que mirarlo como una vegetación lejana: sabes que existe, sabes que la atravesaste, pero ya pertenece al paisaje de un sueño. Mientras tanto, el contrabajo seguía ahí, paciente. Parecía observarme con una sonrisa discreta, como quien sabe que no hace falta insistir para ser recordado.
Busqué las palabras exactas para no herirlo. Hace muchos años me gustaba contemplarlo mientras alguien de mi familia lo hacía sonar. Me reía con él y, cuando no estaba, seguía pensando en él. Hay instrumentos que también conocen la soledad y esperan, durante años, a que alguien vuelva a quererlos. El contrabajo era uno de ellos.
Entonces viajé con la memoria hasta un lugar que creía perdido. Recordé todos los contrabajos que había tocado mi padre. Los vi uno a uno, con sus formas, sus cicatrices y su sonido. Sin embargo, ninguno se parecía al que tenía delante. Aquel instrumento parecía haber llegado desde otro tiempo, con una historia que no era la nuestra y, al mismo tiempo, con algo que me pertenecía.
Le di la espalda y pensé:
—¿Qué haces aquí?
El proyector empezó su trabajo. La misma pared, la misma hora que el día anterior. Ya apenas quedaban razones para seguir pensando. Era otro concierto, con otros músicos, pero la energía permanecía intacta. Y el contrabajo seguía allí, inmóvil, esperando. Ya no parecía reclamar mi atención. Le bastaba con existir, porque había comprendido antes que yo que algunos encuentros no ocurren cuando uno los busca, sino cuando ya no puede seguir huyendo.
New Jazz Underground, el segundo concierto del 49.º Festival de Jazz de Vitoria-Gasteiz, celebrado en el Palacio de Congresos Europa, mostró una visión moderna del jazz y abrió la puerta a un universo propio, donde el cielo parece sostener el aire que alimenta su música. Todos sus integrantes componen, ninguno sobra y cada uno aporta una pieza imprescindible a un proyecto valiente e innovador, fruto de una imaginación musical que no deja indiferente a nadie. El saxo de Abdias Armenteros dialoga con el contrabajo de Sebastian Rios y la batería de TJ Reddick hasta formar un lenguaje común.
El concierto parecía dirigirse hacia un final, pero cada desenlace daba paso a un nuevo comienzo. La música moría para volver a nacer, como esos días que deben terminar para recordarnos que seguimos vivos. Escuchar a New Jazz Underground permite comprender esa sensación de existencia renovada. La improvisación adquiere otro significado: propone una nueva forma de mirar el mañana sin olvidar que existe un pasado del que todos procedemos. Ese diálogo entre los instrumentos construye un discurso sobre quiénes somos, hacia dónde nos dirigimos y qué queda después del jazz y después del nacimiento.
Este grupo neoyorquino, fundado en 2020, aspira a representar el futuro del jazz o, quizá, su presente más inquieto. Su música todavía necesita crecer porque su naturaleza la empuja a explorar nuevos caminos, hasta conseguir que los instrumentos tengan alma en el frío y estómago en el calor.
Cuando terminó el concierto, el teatro volvió a apagarse, igual que el día anterior. Esta vez, sin embargo, fue el propio teatro el que me transmitió calma, mientras el contrabajo seguía haciéndome ojitos y yo, simplemente, apartaba la mirada.

Breve extracto de audio de la actuación de New Jazz Underground
© Jorge Girbau Bustos, texto, audio y fotografías
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