Víctor Quintas, la cámara que abrazó a toda una ciudad
A veces me dejabas descansar sobre una silla mientras hablabas con alguien.
Otras veces me llevabas colgada al cuello durante horas, caminando deprisa entre escenarios, plazas, exposiciones, inauguraciones y fiestas pequeñas que parecían no tener importancia aunque tú sabías que sí la tenían. Porque para ti todo merecía ser mirado.
Yo fui tus ojos muchas veces o quizá tú fuiste los míos.
Durante años aprendí el peso exacto de tus manos y esa forma tan tuya de esperar el instante justo. Nunca disparabas solo por hacerlo. Esperabas la emoción, la risa verdadera, la mirada que duraba apenas un segundo, la ciudad viviendo sin darse cuenta de que estaba siendo recordada.
Cuántas veces recorrimos juntos Vitoria-Gasteiz y rincones de Álava porque, a pesar de ser zamorano, eras taaaan alavés.
Fuiste parte de tantos momentos que ahora resulta imposible mirar muchas fotografías sin encontrarte detrás. Estabas ahí, discretamente o no tan discretamente, porque siempre te hacías notar, haciendo eterno lo efímero. Por eso hoy apareces en todos lados y seguramente por eso vayas a ser eterno.
Te recuerdo agachándote para buscar un ángulo, subiéndote a una silla, agitando la mano para indicar dónde colocar a toda esa gente. Te recuerdo cuidando a las personas con la misma delicadeza con la que cuidabas la luz, porque fotografiar nunca fue solo tu oficio, era tu manera de querer.
Y ¡madre mía la de saraos que he recorrido contigo!
Qué sueño me entraba a veces, colgada durante horas, recogiendo tantas y tantas sonrisas. Porque tú eras de saraos. De brindar. De conversar. De quedarte un rato más hablando con la gente cuando el acto ya había terminado.
Y siempre pedías una sonrisa a cámara, tal vez porque tú jamás borrabas la tuya. Esa sonrisa tranquila, cercana y cómplice que terminaba desarmando a cualquiera que se pusiera delante de tu objetivo.
Hoy soy yo quien tiembla un poco. Yo, que tantas veces congelé la vida contigo.
Nadie nos enseña, a nosotras las cámaras, qué hacer cuando faltan las manos que nos sostenían.
Por eso escribo esto. Para decirte que aquí quedan miles de imágenes respirando tu mirada y que en cada fotografía hay algo más que técnica: hay sensibilidad, respeto y una forma profundamente humana de mirar el mundo.
Y porque, aunque hoy la ciudad se sienta un poco más desenfocada, también está llena de ti.
Hay personas que consiguen algo muy difícil: atravesar todos los espacios sin levantar fronteras. Para ti no había partidos, ideologías ni diferencias; había personas. Personas a las que mirar, retratar y, sobre todo, hacer sonreír.
Eras esa figura que mejor supo conectar con las instituciones, con la cultura, con los artistas, con los personajes públicos y también con la gente anónima de la calle, buscando la humanidad que había detrás de cada instante.
La palabra “ausencia” viene a significar “la cualidad de estar lejos”, así que vamos a pensar que estás lejos de una manera bonita, que te echamos de menos, muchísimo, pero que incluso eso va a tener algo bonito: todo lo que dejas aquí.
Yo te prometo que voy a seguir pidiendo a la gente su mejor sonrisa, esa que, con tu permiso, he bautizado como “la Sonrisa Víctor”. Y todo el mundo va a saber siempre cuál es.
Gracias por enseñar al mundo que una cámara también puede abrazar y que las sonrisas pueden ser puentes, a menos aquí, en nuestra Álava, gracias a ti.
Aquí seguimos todas revelando, poco a poco, el vacío inmenso que deja tu ausencia.
Descansa, Víctor.
Yo, tu cámara
© Arantza Cordero, texto; Víctor Quintas, fotografia, cedida
