lunes, junio 15, 2026
Psicoterapia, sentido y experiencia humana

Viktor Frankl y la esperanza de encontrar sentido

Hay libros que uno lee y olvida al cabo de unas semanas. Y hay otros que, por alguna razón difícil de explicar, permanecen acompañándonos durante años. El hombre en busca de sentido, de Viktor Frankl, pertenece a esta segunda categoría. Quizá porque no es únicamente un libro de psicología, ni una memoria sobre el horror de los campos de concentración nazis, ni tampoco un tratado filosófico sobre la condición humana. Es, sobre todo, el testimonio de alguien que se enfrentó a algunas de las circunstancias más extremas imaginables y regresó con una pregunta fundamental: ¿qué hace que una persona siga adelante cuando todo parece perdido?

Frankl fue deportado a varios campos de concentración, entre ellos Auschwitz. Allí perdió a gran parte de su familia y convivió diariamente con el hambre, el miedo, la enfermedad y la muerte. Sin embargo, en medio de aquella realidad brutal observó algo que le marcaría para siempre. Algunas personas sucumbían rápidamente a la desesperación, mientras que otras conservaban una sorprendente capacidad para resistir. No eran necesariamente las más fuertes físicamente ni las más inteligentes. Muchas veces eran personas que seguían sintiendo que había algo por lo que merecía la pena vivir: un ser querido al que esperaban volver a ver, una tarea que consideraban inacabada, una fe profunda o simplemente la convicción de que su sufrimiento no tendría la última palabra.

De esa observación nació la logoterapia, una corriente psicológica que sitúa la búsqueda de sentido en el centro de la existencia humana. Frankl sostenía que la principal necesidad del ser humano no es la búsqueda del placer ni del poder, sino la necesidad de encontrar un significado para su vida. Puede parecer una afirmación sencilla, pero encierra una profundidad extraordinaria. Porque cuando una persona pierde el sentido de lo que hace, de lo que ama o de lo que espera, incluso las circunstancias más favorables pueden resultar insuficientes. Por el contrario, cuando encuentra un propósito, es capaz de atravesar dificultades que antes parecían insoportables.

Esta idea conecta con una frase de Nietzsche que Frankl citaba con frecuencia: «Quien tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo». A menudo se interpreta esta frase como una invitación al esfuerzo o a la resiliencia, pero creo que apunta a algo más profundo. Habla de la necesidad humana de orientar la existencia hacia algo que trascienda la mera supervivencia. No basta con vivir; necesitamos sentir que nuestra vida tiene una dirección, aunque sea imperfecta, provisional o cambiante.

Quizá por eso las reflexiones de Frankl siguen teniendo tanta vigencia. Vivimos en una sociedad que dispone de niveles de bienestar material impensables para generaciones anteriores y, sin embargo, cada vez son más frecuentes las experiencias de vacío, desorientación y falta de propósito. Tenemos acceso inmediato a información, entretenimiento y estímulos constantes, pero eso no siempre responde a las preguntas esenciales. ¿Qué merece realmente nuestra atención? ¿Qué da significado a nuestros días? ¿Por qué levantarnos cada mañana?

Estas cuestiones también atravesaron la obra de numerosos filósofos existenciales. Albert Camus, por ejemplo, afirmaba que la pregunta verdaderamente importante de la filosofía era si la vida merece o no la pena ser vivida. Lejos de cualquier pesimismo simplista, su reflexión surgía del reconocimiento de que el sufrimiento, la injusticia y la muerte forman parte inevitable de la experiencia humana. Su respuesta no fue la resignación, sino la rebeldía: seguir viviendo, creando y amando incluso cuando el mundo no ofrece garantías ni respuestas definitivas.

Algo parecido encontramos en los estoicos. Epicteto, que conoció la esclavitud en primera persona, insistía en distinguir entre aquello que depende de nosotros y aquello que escapa a nuestro control. Esta idea, formulada hace casi dos mil años, conserva una sorprendente actualidad. Gran parte de nuestro sufrimiento surge cuando intentamos controlar lo incontrolable o cuando condicionamos nuestra paz interior a circunstancias externas que nunca terminamos de dominar por completo. La libertad, para los estoicos, comenzaba precisamente cuando aceptábamos esa realidad.

También Miguel de Unamuno dedicó buena parte de su obra a explorar la tensión entre la razón y la esperanza. En sus escritos aparece constantemente el deseo humano de encontrar significado frente a la certeza de nuestra fragilidad y nuestra finitud. No intentó resolver esa contradicción de forma definitiva. Más bien aprendió a habitarla. Y quizá ahí resida una de las enseñanzas más valiosas de la tradición existencial: la vida no siempre nos ofrece certezas, pero sí la posibilidad de responder de manera consciente a las preguntas que nos plantea.

Como psicólogo, hay algo de Frankl que siempre me ha resultado especialmente valioso. Con frecuencia tendemos a pensar que las personas necesitan respuestas, soluciones o certezas para salir adelante. Sin embargo, la experiencia clínica muestra a menudo otra realidad. Muchas veces lo que las personas necesitan recuperar no es una respuesta concreta, sino la confianza en que su vida sigue teniendo valor y significado, incluso en medio del dolor, la pérdida o la incertidumbre. Cuando esa confianza reaparece, comienzan a movilizarse recursos que parecían olvidados.

La esperanza, entendida de esta manera, no consiste en creer ingenuamente que todo saldrá bien. Consiste más bien en confiar en que la existencia conserva su dignidad y su sentido incluso cuando atravesamos momentos difíciles. Frankl lo descubrió en uno de los escenarios más oscuros que ha conocido la humanidad. Quizá por eso sus palabras siguen resonando hoy con tanta fuerza. Nos recuerdan que no siempre podemos elegir las circunstancias que nos toca vivir, pero sí podemos decidir qué actitud adoptar frente a ellas. Y, en ocasiones, esa pequeña parcela de libertad interior es suficiente para transformar por completo nuestra manera de estar en el mundo.

© Fernando Lacalle, texto; PPO, imagen

Un comentario en «Viktor Frankl y la esperanza de encontrar sentido»

  • El sentido último de la existencia desde mi punto de vista pasa por agradecer la posibilidad de existir.
    Después, cada quien con sus herramientas construye lo que puede. O busca más herramientas.
    Lanzo una pregunta: Dónde buscar el sentido de la vida cuando todo parece ir en contra, todo se vuelve oscuro…?
    En un campo de concentración si ocurriera esto, la solución sería dejar de existir.
    En nuestro entorno se recurre a anestesiar el sinsentido.
    Cuanto queda por descubrir- nos.

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