Alejandro El Loco y su árbol (I). Magialdia
“La magía no es para engañar, es para deslumbrar, para fascinar, para hacer soñar.”
Juan Tamariz.
En Zaramaga había un árbol que Alejandro El Loco odiaba. Era alto, demasiado alto, con un tronco que parecía desafiarlo desde el otro lado de la calle y unas ramas que se extendían con la tranquilidad de quien sabe que nadie va a echarlo de allí. Alejandro vivía en la calle, pero aquel árbol parecía vivir mejor que él. Tenía raíces, sombra, agua cuando llovía y un lugar asegurado en el barrio. Alejandro solo tenía una manta y una obsesión.
Todas las mañanas lo observaba como quien contempla a un enemigo al que todavía no ha conseguido vencer. Había estudiado su forma, sus ramas y hasta las horas en que el sol se escondía entre sus hojas. Estaba convencido de que podía hacerlo desaparecer con magia. No quería cortarlo ni arrancarlo. Quería que un día estuviera allí y, después de un gesto suyo, dejara de estarlo. El árbol se había convertido en su gran truco pendiente. La gente de Zaramaga podía pensar que Alejandro estaba loco, y seguramente no andaba desencaminada, pero él consideraba que aquel árbol era la única criatura del barrio que todavía se tomaba en serio su poder. Mientras los demás lo veían como parte del paisaje, Alejandro veía un escenario. El tronco era su telón, las ramas sus espectadores y el cielo, el único foco que no podía apagar.
Mucho antes de dormir bajo aquel árbol, Alejandro había sido mago. Había hecho bolos en bares, fiestas, pequeños escenarios y locales donde la magia tenía que competir con el ruido de las conversaciones y el tintineo de los vasos. Había hecho desaparecer cartas, monedas, pañuelos y hasta la paciencia de algún espectador, pero nunca había conseguido borrar de verdad aquello que más quería borrar. Con los años perdió los escenarios, el dinero y casi todo lo demás, pero conservó una idea absurda y poderosa: volver. El árbol de Zaramaga alimentaba esa ilusión. Cada vez que lo miraba recordaba al joven que había sido, el hombre que todavía creía que con unas buenas manos podía engañar al mundo durante unos minutos. El árbol se convirtió en su público particular. Alejandro ensayaba mentalmente delante de él, imaginaba el gesto final y veía cómo el enorme tronco desaparecía entre una nube de humo inexistente. Después volvía a la realidad y allí seguía el condenado árbol, intacto, burlándose de él con sus hojas. Aquello le enfurecía. También lo mantenía vivo. Mientras siguiera intentando hacerlo desaparecer, todavía podía considerarse mago.
La noticia del Festival de Magia de Vitoria-Gasteiz cambió la relación de Alejandro con aquel árbol. De pronto comprendió que no tenía por qué limitarse a ensayar su gran desaparición en Zaramaga. Podía volver a los escenarios, aunque fuera sentado entre el público. Decidió acudir a un bolo cada día y observar a los magos como quien estudia a otros miembros de su antigua profesión. El árbol seguía allí, esperándolo, pero ahora Alejandro tenía una excusa para alejarse de él. Durante unas horas podía dejar de ser el hombre que hablaba con un árbol y convertirse otra vez en el mago que había sido. Quizá algún truco del festival le permitiera descubrir cómo hacer desaparecer aquella enorme columna de madera y hojas. Quizá el árbol no fuera su enemigo, sino el último examen de una vida que se había torcido demasiado. Alejandro empezó a mirar el festival como una escuela clandestina. Cada espectáculo podía contener la respuesta. Cada mago podía tener el secreto que él necesitaba. Y mientras la ciudad celebraba la magia como una fiesta, Alejandro se la tomaba como una cuestión personal.
Ese día eligió el Pórtico de la Catedral de Santa María de Vitoria para ver el espectáculo de Javier Lurxor e Irene Lové. El árbol de Zaramaga se quedó atrás, pero Alejandro lo llevaba en la cabeza. Entre la piedra del Pórtico, la atención del público y la elegancia de un espectáculo mental, volvió a sentir algo que creía perdido. Observaba cada movimiento intentaba descubrir dónde estaba el engaño, porque un mago nunca mira como los demás. Mientras el público disfrutaba del misterio, Alejandro buscaba herramientas para su propio misterio: hacer desaparecer aquel árbol alto que llevaba meses desafiándolo. El espectáculo merecía la pena y permanecerá hasta el miércoles en el mismo lugar de Vitoria. Alejandro salió del bolo con una extraña energía. El árbol seguía en Zaramaga, firme, inmóvil y probablemente convencido de que había ganado otra batalla. Pero Alejandro ya pensaba en regresar al día siguiente. Por primera vez en mucho tiempo tenía algo parecido a una agenda y, sobre todo, una razón para levantarse.

Cuando terminó el espectáculo y el público comenzó a dispersarse, Alejandro se quedó unos instantes en el Pórtico. Entonces apareció Jorge Girbau Bustos, el escritor que le había dado vida. Alejandro comprendió que aquel encuentro también tenía algo de magia. El árbol seguía lejos, clavado en Zaramaga, seguramente esperaba su próximo intento de desaparición, pero ahora Alejandro sabía que quizá no necesitaba destruirlo. Aquel árbol había sido su enemigo, su escenario, su obsesión y, sin darse cuenta, también su compañero. Había permanecido allí cuando casi todo lo demás desapareció. Jorge había convertido aquella obsesión en una historia y a aquel hombre de la calle en un personaje capaz de salir de Zaramaga y caminar por Vitoria-Gasteiz.
Momento en vídeo de la actuación “Los Ingenieros de la mente” de Irene Lové y Javier Luxor
Entrevista a Irene Lové y Javier Luxor, “Los Ingenieros de la mente”
© Jorge Girbau Bustos, texto y entrevista; Ester Mercadal, fotografías y vídeo
