Alejandro El Loco y su árbol (II). Magialdia
“La magia es como el surrealismo: poner los sueños en la realidad.”
Juan Tamariz.
Alejandro El Loco despertó en su banco de Zaramaga con los pies helados. Había pasado otra noche al raso y el frío se le había metido hasta los huesos. Pero antes de pensar en el hambre o en dónde pasaría la siguiente noche, buscó con la mirada al árbol. Allí estaba. Alto, quieto, intacto. Alejandro lo miró desde el banco y sintió que aquel árbol volvía a ganar. Llevaba demasiado tiempo frente a él. A veces pensaba que lo esperaba cada mañana solo para recordarle que seguía allí. No podía demostrarlo, claro, pero Alejandro estaba seguro de que se burlaba de él. Y eso le dolía más que el frío.
Se levantó despacio y comenzó otra vez con su vieja obsesión: hacerlo desaparecer con magia. Alejandro había sido mago muchos años atrás y todavía quería creer que aquella parte de su vida seguía dentro de él. Levantó las manos, cerró los ojos y buscó en su memoria algún truco imposible. Nada. Lo intentó otra vez. Tampoco. Miró al árbol y volvió a probar. Nada. El árbol ni siquiera se movió. Alejandro sonrió con tristeza. Quizá había perdido la magia, pero no quería aceptar la derrota. Se acercó unos pasos, lo señaló con el dedo y le habló en voz baja. «Hoy te vas». El árbol permaneció en silencio. Alejandro regresó a su banco. La pelea acababa de empezar.
Durante el día, Alejandro volvió una y otra vez al árbol. Pensaba en una nueva fórmula, cambiaba de sitio, movía las manos y cerraba los ojos con fuerza. En su imaginación, el árbol desaparecía ante él y dejaba un enorme espacio vacío. Entonces abría los ojos y allí seguía, tan tranquilo, con sus ramas movidas por el viento. Alejandro se enfadaba, se sentía ridículo y, unos minutos después, volvía a intentarlo. Aquello ya no era solo una pelea contra un árbol. Era una pelea contra su propia vida, contra los años que había dejado atrás y contra aquel mago que todavía quería recuperar. El árbol seguía en pie y Alejandro también. Quizá por eso no podía dejar de enfrentarse a él.
Cuando cayó la noche, el frío de Vitoria volvió a apretar y Alejandro buscó refugio en Magialdia, el Festival de Magia de Vitoria–Gasteiz. Esa noche actuaba en la Escuela de Artes y Oficios el mago granadino Miguel Puga con un espectáculo de magia de cerca. Alejandro se sentó entre el público y, durante unos minutos, volvió a olvidarse del frío. Miró las cartas, los movimientos de las manos, los pequeños engaños del mago y pensó en su árbol. Si Miguel Puga podía hacer desaparecer una carta delante de todos, quizá todavía existía algún secreto que él pudiera aprender para hacer desaparecer aquel maldito árbol. Cada truco le devolvía un poco de esperanza. Alejandro no sabía si quería ver magia o encontrar una solución para su enemigo.

Entonces, entre el público, vio a la persona que había encontrado el día anterior: Jorge Girbau Bustos, su creador. Alejandro se quedó mirándolo. De repente, el árbol volvió a aparecer en su cabeza. Pensó que quizá Jorge sabía por qué aquel árbol se había convertido en su enemigo, o quizá sabía algo que él desconocía. Mientras Miguel Puga continuaba con sus cartas, Alejandro sintió que aquella noche podía cambiar algo. Salió de la Escuela con una idea nueva y el árbol todavía en la cabeza. Seguía sin saber cómo hacerlo desaparecer, pero ya no se sentía completamente solo en aquella lucha. Al día siguiente volvería a Zaramaga. Y el árbol seguiría allí. Esperándolo.
Momento en vídeo de la actuación de Miguel Puga, “MagoMigue”
Entrevista al ilusionista granadino Miguel Puga, “MagoMigue”
© Jorge Girbau Bustos, texto y entrevista; Ester Mercadal, fotografías y vídeo
