lunes, septiembre 28, 2026
Sexología y relaciones humanas

¿El amor descentra?

El filósofo surcoreano Byung-Chul Han dedica el ensayo Sobre Dios a dialogar con el pensamiento de Simone Weil (1909-1943). El vacío, el silencio, la belleza y, especialmente, la atención, son algunos de los conceptos que desarrolla en su ensayo.

A pesar de la corta vida de la pensadora y activista francesa -Weil murió con solo 34 años- esta caló profundamente en Byung-Chul Han. Así, escribe este ensayo en el que muestra como más allá de la producción y el consumismo, más allá de la información y la comunicación, existe otra realidad más elevada que puede sacarnos de una vida desprovista de sentido y brindarnos nuevas posibilidades de interactuar y de existir.

«Retrato de Byung-Chul Han junto a su libro Sobre Dios»

Tanto Han como Weil, tienen una visión muy interesante de las relaciones humanas y más concretamente del amor. Si bien Han lo aborda como una fuerza que escapa al utilitarismo y rendimiento de la modernidad, como una pérdida de soberanía del yo que desarma y saca de su centro al individuo, Weil cree que amar no significa simplemente sentir afecto o deseo, sino ser capaz de atender a la realidad del otro sin reducirla a las necesidades y expectativas propias. Para Weil, amar significaría hacer espacio en uno mismo, para que algo que no es uno mismo, pueda aparecer sin ser inmediatamente reducido a uno mismo. Atendiendo a estas perspectivas, podríamos decir que el amor descentra, no porque suponga perder el norte, sino porque deja de colocar al ego en el centro de todo.

Es absolutamente cierto que el yo tiende a organizar el mundo alrededor de sí mismo, que siempre quiere ocupar el centro de todo: mis deseos, mis expectativas, mi reconocimiento, mi imagen…, por eso cuando deseamos algo, o a alguien, existe la tendencia natural de intentar poseerlo. Si eres mío, te conviertes en una extensión de mí que gira en torno a mis deseos y necesidades. No obstante, cuando el otro deja de ser un individuo independiente y comienza a convertirse en una extensión del territorio del yo, estamos adentrándonos en la posesión. No lo confundamos con el Eros. (Por si hubiera dudas, definiré yo como esa individualidad -esa entidad diferente y separada de los demás- con la que se identifica la persona).

Con más frecuencia de la que pensamos, percibimos al otro como un objeto destinado a satisfacer
nuestros deseos y necesidades. Ahora bien, como reconocerlo resulta políticamente incorrecto, solemos utilizar todo tipo de subterfugios para ocultar -ante el otro y ante uno mismo- las verdaderas intenciones. Y cuanto más astuta es la persona, más elaboradas son las justificaciones.

Nos cuesta enormemente aceptar que el deseo, e incluso el enamoramiento, pueden contener expresiones muy sofisticadas de narcisismo. De suerte que podemos pensar que amamos profundamente a alguien cuando, en realidad, lo que deseamos es la satisfacción obtenida al relacionarnos con esa persona: sentirnos especiales, admirados, seguros o indispensables.

Creo que el problema no reside necesariamente en desear -los seres humanos siempre hemos tenido aspiraciones que nos inspiran e impulsan-, el lío viene cuando el deseo convierte al otro en la respuesta a una satisfacción o a una carencia propia. Tal vez podríamos preguntarnos: ¿Amo a esta persona o amo lo que siento con esta persona? La diferencia parece pequeña, pero es enorme.

Por lo general, la mayoría de los humanos defendemos que el amor conlleva respeto y aceptación del otro. Sin embargo, en la práctica amorosa incurrimos en continuas contradicciones, ya que ese respeto y aceptación suponen asumir que la otra persona tenga gustos y opiniones diferentes de los míos, que no me necesite, que no me corresponda según mi propio ideario, que conserve una parte de sí a la que no puedo acceder o que libremente decida irse de mi lado. Y eso es muy difícil de encajar. ¿Cuántas veces nos sorprendemos presionando, chantajeando, castigando o intentando convencer al otro de que haga lo que nosotros queremos? Tengamos en cuenta, que estos comportamientos también los llevamos a la cama; presiones, chantajes y castigos con frecuencia acompañan los juegos de alcoba. Aceptar al otro nos confronta con el yo, pues supone aceptar lo que el otro es aún en contra de expectativas e intereses personales.

En mi opinión, tenemos una concepción del amor bastante distorsionada. Parece que ser indispensable para el otro, desear las mismas cosas o exigir reciprocidad, garantizan una relación plena y duradera. Nada más lejos de la realidad. Puedo amar sin ser correspondido, puedo amar a un otro opuesto a mí, puedo amar a alguien que no busque vivir conmigo. El amor es amor porque une, no porque sea correspondido, porque me haga sentir bien o me reafirme. La esencia del Amor es Unir y lo demás suelen ser justificaciones autocomplacientes del yo. Estimo conveniente señalar, que amar es algo que únicamente depende de uno. Cuando me uno, amo, y eso es algo que hago independientemente de que la otra parte se una. No nos despistemos, sigue siendo amor aunque no se vea correspondido.

Sea como fuere, la reciprocidad puede llevarnos a conclusiones erróneas con respecto al amor. Cuando el otro me corresponde, hay una cierta gratificación; pareciera que el amor validara mi deseo. Sin embargo, cuando el otro no puede o no quiere amarme, aparece una difícil elección: ¿Voy a seguir unido a esa persona a pesar de que mi deseo se vea frustrado con su decisión?

Sinceramente creo que la unión amorosa es el acto mediante el cual el yo deja de ser el centro absoluto de la existencia y se abre a otras realidades. Se abre a la realidad innegable del otro, descubriendo la posibilidad de un nosotros. Se abre a algo que también existe fuera y, que tras salir de sí mismo, regresa transformado. Se abre a experiencias liberadoras, que producen una fractura en la soberanía del yo. Por todo ello, el amor representa un desplazamiento del centro de gravedad, una descentralización del régimen egocentrista. La personalidad continúa existiendo, pero su existencia no se agota en sí misma. Ya no se rige por la satisfacción inmediata a través del otro, sino por la transformación del vínculo amoroso. El yo cambia con la unión. La experiencia del Eros lo descentra.

A través de la unión, el yo deja de ser el único centro desde el cual el mundo adquiere sentido. Mientras el yo siga viendo al otro como aquello que satisface sus necesidades, habitará el egocentrismo narcisista. Con la descentralización aparece una apertura en la percepción de la relación. Tu existencia importa por ser quien eres y no por estar al servicio de la mía. El yo descentrado ama al otro, no porque lo considere suyo o porque le haga sentir feliz, sino porque tiene la Voluntad de Unirse a lo que el otro es.

No siempre es fácil cambiar nuestra forma de relacionarnos, y menos fácil aún, alterar el statu quo de la personalidad. Que cada cual observe el devenir de su vida amorosa y saque sus propias conclusiones. Hemos visto que lo que conduce a la crisis del amor es la monarquía del yo y su séquito de prejuicios, deseos, miedos, apegos, imposiciones, compensaciones… Aún así, constantemente aparecen nuestras resistencias, como dice Byung-Chul Han en su ensayo:

A pesar de estar completamente de acuerdo, prefiero acabar con la impronta positiva que Simone Weil deja en el filósofo coreano:

© Natalia Urteaga, texto y fotografías

Natalia Urteaga

Responsable de la sección de Sexología y Relaciones Humanas de CulturaBAI. Profesión: bioquímica y sexóloga evolutiva. Publicación: coautora de Sexualidad. El arte de unir y crear.

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