El “69”
El 69 es un juego erótico, y una postura sexual, que permite la práctica del sexo oral muto y simultáneo. En el 69 ambos amantes se colocan en sentido contrario, de modo que cada uno tiene acceso con la boca a los genitales del otro. El capítulo Auparishtaka o sexo oral del Kamasutra lo describe de la siguiente manera:
Cuando un hombre y una mujer yacen en orden inverso, con la cabeza de uno hacia los pies del otro, y realizan la unión de ese modo, esto se llama la “postura del cuervo”.
El 69 se puede practicar con una persona encima de la otra, en posición lateral, sentados o de pie, según se busque un mayor acceso a los genitales, liberar el peso de un cuerpo sobre el otro o tener las manos más disponibles. Puede usarse como preludio o como fin en sí mismo. Y además, puede acompañarse de almohadas o cojines para procurar una mayor comodidad a los amantes.
Ahora bien, más allá de la técnica, la esencia del 69 es que permite dar y recibir al mismo tiempo, lo que implica encontrar un equilibrio entre dejarse llevar por lo que se recibe, al tiempo que estar atento a la otra persona mientras se la estimula. No obstante, ser capaz de recibir mientras se está dando, no siempre es sencillo. El propio Vatsyayana ya lo advertía en el Kamasutra:
“Esto podría parecer una posición ideal para lograr el placer mutuo, sin embargo, en la práctica es más satisfactorio el sexo oral por separado”.
¿Y si lo que buscáramos no fuera únicamente lograr placer? ¿Podríamos practicar el 69 en unos términos menos “hedonistas”?
Lo que va a permitir experimentar el 69 -y en general, la amatoria- de una forma u otra, es el grado de conciencia que tengamos y, muy especialmente, lo que deseemos y busquemos a través de la interacción erótica. Si buscamos satisfacer nuestros deseos de placer y excitación, los resultados obtenidos irán en una dirección. Si buscamos dar y recibir todo lo que somos, los resultados serán otros. Estas búsquedas y deseos -y lo que hacemos con ellos en nuestros encuentros- son, en última instancia, los que nos permiten pasar del sexo a la sexualidad y ampliar la conciencia erótica.
La postura, es decir, la actitud o talante que adoptemos, creará las distintas variaciones del 69. En lo más físico y externo hablaríamos de dar y recibir placer a través de las posturas antes mencionadas: uno encima de otro, de lado, sentados y, para quienes disfruten de las acrobacias, de pie. Mientras que si recurrimos a aspectos más internos, podríamos hablar de darnos y recibirnos simultáneamente en todas las áreas de la persona, pudiendo crear una unidad -mayor que la suma de sus partes- en la que compartir todas nuestras energías. Podríamos visualizarlo como el símbolo del tai chi donde los complementarios -el yin y el yang- giran entrelazados.

Entiendo que si experimentamos el 69 únicamente en clave de placer, encontrar este tipo de apreciaciones pueda resultar sobredimensionado. ¡¿Realmente el 69 da para tanto?! No es el 69 como tal, sino lo que hagamos con él. Aún así, si creyéramos que la sexualidad puede ser un medio de ampliarnos, de hacernos libres e incluso de trascendernos, la gama de matices se enriquecería notablemente.
Seguro que para quienes disfrutan de la calidez y la humedad del sexo oral mutuo, el 69 puede ser un excitante laboratorio en el que investigar formas creativas de dar y recibir.
Sea como fuere, no hay que desdeñar el papel que juega el placer en la sexualidad humana: la excitación y el placer de las caricias eróticas facilitan la comunicación y el abandono de los amantes; la suavidad y el tacto húmedo de la lengua, pueden crear intimidad, conexión y sensibilidad suficientes como para compartir todo lo que somos.
Tal vez no hayamos pensado que compartir es una de las mejores herramientas que tenemos para ampliarnos y trascender nuestra individualidad, ya que nos permite salir de los límites de la experiencia particular para ser partícipes de algo que continúa más allá de nosotros mismos.
Desde que nacemos, nos identificamos con una conciencia individual capaz de reconocer nuestros propios pensamientos, sentimientos, deseos, miedos y aspiraciones. Sin embargo, gran parte de lo que da sentido a nuestra vida surge cuando esa experiencia vital se conecta y comparte con otras personas. Compartir caricias, sentimientos o aspiraciones, transforma lo exclusivamente individual en una realidad común, en una experiencia colectiva. El propio Aristóteles sostenía que el ser humano es un ser social por naturaleza y que solo alcanza su plenitud en comunidad. Todos tenemos claro que la persona no es un ente aislado, sino una red de relaciones interconectadas cuya identidad se desarrolla gracias al encuentro con el otro. El yo se conoce mejor a sí mismo cuando dialoga y coopera con los demás.
Y aunque existe cierto miedo a creer que al unirnos a los demás y compartir aquello que somos perdemos parte de nuestra identidad, en realidad es justo lo contrario. Una caricia erótica compartida se potencia, una reflexión dialogada se enriquece, una unión profunda nos amplía. Lo que era estrictamente individual adquiere nuevas dimensiones al entrar en contacto con otras perspectivas. Compartir besos, abrazos, conocimientos o valores permite que aquello aprendido se transmita a los demás y que, además, perdure en el tiempo. Esto pone de manifiesto que podemos ser partícipes de una cadena de transmisión que conecta grupos, generaciones y civilizaciones.
Unirnos y compartir es el constante intento humano por reducir la distancia que nos separa. Gracias al amor,la amistad, la cooperación o la empatía conseguimos que experiencias, sentimientos y valores dejen de estar confinados en nuestro interior y puedan abrirse a nuevas comprensiones. Por todo ello, compartir no es únicamente un acto de generosidad o de intercambio, es también una manera de participar de algo más amplio que nosotros mismos. A través de lo que damos y recibimos, nuestra identidad deja de ser un pequeño espacio aislado y pasa a formar parte de una red humana mucho más extensa. Si la vida quedara reducida únicamente a la esfera aislada del ego, la mayor parte de lo que consideramos humano perdería sentido.
Trascender la individualidad no entraña dejar de ser uno mismo, significa comprender que el sentido de nuestra existencia se amplía cuando aquello que somos puede ser ofrecido, recibido y transformado en comunidad. En la Comunidad Humana.
Para concluir, una última cita. El capítulo 69 del Hua Hu Ching versa así:
“El enfoque de la sexualidad de una persona es un signo de su nivel de evolución. Mientras que la relación ordinaria une un órgano sexual con otro, el aprendizaje angélico une el espíritu con el espíritu, la mente con la mente y cada célula de un cuerpo con cada célula de otro cuerpo”.
A través del 69 (el capítulo) Lao Tse muestra su visión de cómo compartir todas las energías. Probablemente no aspiremos a tanto, pero ahí queda por si sirve de inspiración.
© Natalia Urteaga, texto e imágenes
