Matar a Buma
Antes de convertirse en Alejandra Pizarnik, la poeta intentó durante años matar a Buma, ya que era la forma cariñosa por la que le llamaba su familia. Supongo que, de algún modo, servía para recordarle su origen, puesto que Bluma o Buma significa “florecita” en ídish, lengua judeogermánica, propia de los judíos que habitaban en Europa oriental.
Sin embargo, ella decidió desterrar a aquella niña que se sentía extranjera en su propio cuerpo; alejarse de la hija de inmigrantes que nunca acabó de encontrar un lugar en el mundo; acabar con la adolescente que desconfiaba del espejo y de las palabras. Para nuestra protagonista de hoy, la literatura fue el escenario de ese combate, a la par que su refugio.
Nacida como Flora Pizarnik (Avellaneda, Argentina, 1936 – Buenos Aires, 1972), Alejandra pertenece a esa estirpe de escritores que convierten la literatura en una cuestión de supervivencia.
Su obra, breve en extensión pero inmensa en influencia, parece escrita desde un lugar fronterizo, sitiado por la infancia y la edad adulta, a medio camino entre la realidad y el sueño, jugando con el lenguaje y el silencio, siempre en la cuerda floja tendida sobre el abismo que separa el deseo de vivir de la tentación de desaparecer.
Pocas autoras del siglo XX han dejado una huella tan profunda en la poesía en lengua española. En este sentido, como sucede con los autores que solemos analizar en esta sección, reducir a Pizarnik a la etiqueta de “poeta maldita” o convertirla en un simple símbolo del sufrimiento mental sería una injusticia. Es cierto que su vida estuvo marcada por la depresión, la ansiedad, los sentimientos de inadecuación y diversas crisis psicológicas. No obstante, todo ello no es lo interesante de ella, sino su extraordinaria inteligencia literaria, una voluntad feroz de conocimiento y una búsqueda estética que la situó entre las voces más originales de la literatura latinoamericana.
Su poesía, breve e intensa, depura el lenguaje hasta convertirlo en un territorio de silencio, deseo, muerte y extrañeza. Influida por el surrealismo, la poesía francesa y, especialmente en su última etapa, por Antonin Artaud, incorpora lo siniestro, el terror y una forma de “crueldad poética” que lleva el lenguaje hasta sus límites. Su voz íntima y simbólica ejerció una notable influencia en generaciones posteriores de poetas y escritoras.
Una niña que nunca consiguió sentirse en casa
Alejandra nació el 29 de abril de 1936 con el nombre de Flora Pizarnik, hija de inmigrantes judíos procedentes de Europa oriental. En el ambiente en el que creció, la memoria familiar se caracterizaba por el exilio, la pérdida y la amenaza que se cernía sobre Europa en vísperas de la Segunda Guerra Mundial (parte de su familia perecería posteriormente en el Holocausto). Aquella sensación de desarraigo, de pertenecer siempre a un lugar intermedio, acompañaría a la escritora durante toda su vida.
Desde la infancia, Alejandra estuvo marcada por inseguridades profundas provenientes de diversas causas, como su tartamudez, problemas de autoestima y una relación conflictiva con su imagen corporal. A menudo se comparaba con su hermana mayor, a quien percibía como más bella, más segura y más aceptada. Con los años, estas vivencias cristalizarían en una percepción dolorosa de sí misma, reflejada de manera recurrente en sus diarios.
Por otro lado, la escritora Cristina Piña, una de las mayores especialistas en la autora, ha señalado que la sensación de extranjería constituye uno de los núcleos fundamentales de su identidad. Pizarnik parecía sentirse extranjera en su familia, extranjera en su cuerpo y, en ocasiones, incluso extranjera en el lenguaje que utilizaba para expresarse.
Quizá por eso comenzó a escribir tan pronto, pues allí donde la realidad le resultaba insuficiente, las palabras le ofrecían una posibilidad de ampliar los límites de su agonía.
La invención de Alejandra
Durante los años cincuenta estudió Filosofía, Letras y Periodismo, aunque no concluyó ninguna de estas carreras. Paralelamente se acercó al surrealismo, a la pintura y a la poesía francesa. Así, poco a poco fue abandonando a Flora para convertirse en Alejandra.
Ese cambio de nombre no fue un gesto anecdótico. Supuso, en cierto modo, la creación de una identidad literaria propia y, como tantos escritores antes que ella, comprendió que la literatura es una herramienta que permite reconstruirnos.
Sus primeros poemarios publicados fueron La tierra más ajena (1955), La última inocencia (1956) y Las aventuras perdidas (1958), obras en las que ya aparecen temas que la acompañarán hasta el final: la infancia perdida, la soledad, el miedo, la muerte y la dificultad de comunicarse con el mundo.
Sin embargo, todavía estaba buscando su voz.
París: el descubrimiento de una lengua interior
En 1960 se trasladó a París. Aquellos cuatro años fueron decisivos. Allí trabajó como traductora y colaboradora de diversas publicaciones, estudió literatura francesa e historia de las religiones en la Sorbona, además de entablar amistad con escritores como Julio Cortázar y Octavio Paz.
Fue precisamente este último quien escribió el prólogo de Árbol de Diana (1962), considerado por muchos críticos el libro que marca la plena madurez poética de Pizarnik.
En uno de sus poemas más célebres escribe:
[…] “he dado el salto de mí al alba
he dado el salto de mí al alba”.
La aparente sencillez del verso es engañosa. En apenas unas palabras aparece uno de los grandes conflictos de su obra: el deseo de salir de sí misma, de escapar de una identidad que percibe como prisión.
A partir de entonces su poesía se vuelve más depurada, más breve y más intensa, de tal modo que cada palabra parece elegida tras una larga batalla contra el exceso. La autora busca una expresión absoluta, una forma de lenguaje capaz de nombrar aquello que normalmente permanece oculto.
El lenguaje como refugio y como fracaso
Si Virginia Woolf exploró la conciencia y Sylvia Plath convirtió la experiencia familiar en materia literaria, Alejandra Pizarnik hizo del propio lenguaje su principal campo de batalla. Muchos de sus textos giran alrededor de una pregunta obsesiva: ¿pueden las palabras decir realmente quiénes somos?
La respuesta parece ser ambivalente. Por un lado, escribir le resulta una necesidad vital. Por otro, el lenguaje parece insuficiente.
En Los trabajos y las noches (1965) aparece una de las formulaciones más precisas de esa tensión:
[…] “Toda la noche hago la noche.
Toda la noche hago la noche.”
La frase posee una fuerza casi hipnótica. No describe una experiencia: la crea desde la oscuridad; Alejandra se convierte en un ser activo, toma parte del proceso de fabricar la propia noche, su propia noche.
Sin embargo, cuanto más escribe, más consciente parece ser de los límites de la palabra. El silencio comienza a ocupar un lugar central en su universo simbólico, no como ausencia de lenguaje, sino como aquello que este jamás consigue alcanzar.
La herida psicológica: identidad, vacío y desaparición
Resulta tentador leer toda la obra de Pizarnik a través del prisma de sus problemas de salud mental. Sin embargo, hacerlo exclusivamente de ese modo empobrecería su literatura, puesto que la enfermedad no explica su talento.
Lo que sí puede afirmarse es que determinadas experiencias psicológicas atraviesan profundamente su escritura. La sensación de vacío, la fragmentación de la identidad, la dificultad para establecer vínculos seguros y la permanente conciencia de la muerte aparecen una y otra vez en poemas, cartas y diarios.
La propia autora escribió en sus diarios:
“Escribo contra el miedo”.
Más que una declaración literaria, parece una definición existencial. En ese sentido, Pizarnik anticipa cuestiones que hoy forman parte de muchas conversaciones sobre salud mental: la construcción de la identidad, la relación conflictiva con la imagen propia, la experiencia de la depresión, la soledad emocional y la búsqueda de sentido.
Su obra no romantiza el sufrimiento. Al contrario, lo muestra como una realidad compleja, dolorosa y muchas veces difícil de expresar.
Extracción de la piedra de la locura
En Extracción de la piedra de la locura (1968), cuyo título remite a una antigua imagen artística y médica asociada a la locura, la autora alcanza una de las cimas de su producción. El libro propone un descenso a los territorios más oscuros de la memoria y la conciencia. Allí la infancia ya no aparece como refugio, sino como una región fantasmática (fantasía inconsciente) poblada por pérdidas, silencios y preguntas sin respuesta.
“Te deseas otra. La otra que eres se desea otra.”
En apenas unas palabras reaparece la fractura identitaria que la acompañó desde la infancia: ni siquiera convertirse en otra parece suficiente cuando esa otra también desea escapar de sí misma.
La poeta se acerca constantemente a los límites de la experiencia verbal. Como si intentara nombrar aquello que, por definición, se resiste a ser nombrado.
Quizá esa sea una de las razones por las que continúa fascinando a lectores de distintas generaciones: logra convertir conflictos íntimos en experiencias universales. Y así nos lo transmite.
La herida invisible: ¿qué sabemos de su salud mental?
Hablar de la salud mental de Alejandra Pizarnik exige prudencia. No existe un diagnóstico definitivo y consensuado sobre la poeta, aunque sí sabemos que sufrió depresiones recurrentes, ansiedad, problemas de autoestima y una profunda sensación de vacío que atraviesa tanto sus diarios como su obra.
Durante años se interpretó su sufrimiento principalmente desde la depresión. Sin embargo, algunos investigadores han señalado que ciertos rasgos de su personalidad —la fragilidad de la identidad, el miedo a la soledad, las intensas oscilaciones emocionales o la sensación persistente de no pertenecer a ningún lugar— recuerdan a lo que hoy conocemos como Trastorno Límite de la Personalidad (TLP). No obstante, cualquier diagnóstico realizado décadas después de su muerte debe entenderse como una hipótesis y no como una certeza clínica.
El TLP, descrito por primera vez por el psiquiatra estadounidense Adolph Stern en 1938, se caracteriza por la inestabilidad emocional, una autoimagen cambiante, relaciones intensas y difíciles, miedo al abandono y sentimientos crónicos de vacío. Algunos de estos elementos aparecen repetidamente en los escritos de Pizarnik, aunque otros especialistas consideran que su caso encajaría mejor en cuadros depresivos complejos.
Resulta fácil comprender por qué algunos investigadores han visto similitudes entre esta descripción y determinados aspectos de la biografía de Pizarnik. En sus diarios aparecen reiteradamente el temor a la soledad, la percepción fragmentada de su identidad, la dependencia afectiva, las oscilaciones emocionales y una dolorosa sensación de vacío existencial.
No obstante, otros especialistas consideran que estos rasgos podrían explicarse mejor a través de trastornos depresivos recurrentes, cuadros ansiosos o incluso por la interacción entre diversos factores psicológicos y biográficos. Algunos estudios fenomenológicos de sus diarios destacan especialmente la presencia de síntomas relacionados con depresión, ansiedad y alteraciones de la experiencia corporal, sin concluir que exista evidencia suficiente para confirmar un diagnóstico único.
Desde el punto de vista de esta sección, más que un diagnóstico exacto, nos resulta más interesante cómo la poeta argentina logró transformar su sufrimiento en literatura. Porque más allá de las etiquetas clínicas, su obra sigue siendo el testimonio de una mujer que intentó comprenderse a sí misma a través de las palabras cuando ni la medicina, ni el psicoanálisis parecían ofrecer respuestas completas.
Los últimos años
Tras regresar a Argentina, el reconocimiento literario fue creciendo. Recibió importantes becas internacionales, entre ellas la Guggenheim y la Fulbright. Con todo, el prestigio no logró aliviar su sufrimiento psicológico y durante sus últimos años atravesó graves crisis depresivas e ingresos psiquiátricos.
Aquellos episodios no le impidieron continuar escribiendo algunas de sus obras más importantes, entre ellas El infierno musical (1971) y La condesa sangrienta (1971).
El 25 de septiembre de 1972 murió en Buenos Aires con tan solo treinta y seis años, debido a una sobredosis intencional de barbitúricos. Su desaparición temprana contribuyó a construir el mito, sin duda. Pero la figura legendaria, como ocurre tantas veces, amenaza con ocultar a la escritora real. Y la escritora real era mucho más interesante que la leyenda.
Conclusión: una voz que sigue hablándonos
Justo ahora, 54 años después de su muerte, Alejandra Pizarnik continúa dialogando con lectores de todo el mundo porque escribió sobre experiencias profundamente humanas: la soledad, el miedo, el deseo de pertenecer, la búsqueda de identidad y la dificultad de encontrar palabras para aquello que duele.
Su obra contribuye a demostrar que la literatura no cura necesariamente las heridas, pero sí puede iluminarlas. En La obra y la herida, pocas trayectorias resultan tan reveladoras como la suya, ya que en Pizarnik la creación artística y el sufrimiento psicológico no mantienen una relación simple de causa y efecto. Es decir, la enfermedad no produjo su poesía. Más bien, su lucha constante por comprenderse a sí misma encontró en la escritura una forma de exploración única. Puede parecer lo mismo, pero no lo es. Pondré un ejemplo para hacerme entender: la guerra no convierte a alguien en fotógrafo, pero un fotógrafo que vive una guerra puede hacer de ella el objeto de su mirada.
Sus versos siguen vivos porque la perspectiva desde la que describen las emociones nos recuerda que hay silencios imposibles de eliminar, sí. Pero a la vez nos hacen conscientes de que existen palabras capaces de acercarnos a ellos y perderles el miedo o, al menos, mirarles frente a frente para comprender el origen de la naturaleza que nos perturba.
Nota al lector/a sobre salud mental
Si al leer este artículo has sentido que algo de lo que se describe resuena contigo —no como interés, sino como malestar real—, es importante no quedarse a solas con esa sensación.
Cuando el estado de ánimo, la ansiedad o el sufrimiento empiezan a interferir en la vida cotidiana, pedir ayuda no es un gesto menor: es un acto de cuidado.
Si resides en Euskadi, puedes ponerte en contacto con tu médico de atención primaria a través de Osakidetza, quien podrá valorar tu situación y, si lo considera necesario, derivarte a un servicio de salud mental.
Si te encuentras en otro lugar, te recomendamos acudir a tu médico de familia o a un profesional de la salud mental de tu entorno.
Hablar de ello es, muchas veces, el primer paso.
Bibliografía recomendada
Obras de Alejandra Pizarnik
– La tierra más ajena (1955)
– La última inocencia (1956)
– Las aventuras perdidas (1958)
– Árbol de Diana (1962)
– Los trabajos y las noches (1965)
– Extracción de la piedra de la locura (1968)
– El infierno musical (1971)
– La condesa sangrienta (1971)
– Diarios (edición póstuma, 2013)
Sobre Alejandra Pizarnik
– Cristina Piña, Alejandra Pizarnik (1991)
– Cristina Piña y Patricia Venti, Alejandra Pizarnik. Biografía de un mito (2021)
– César Aira, Alejandra Pizarnik (1998)
– Patricia Venti, La vida desconocida de Alejandra Pizarnik (2018)
– María Negroni, El testigo lúcido. La obra de sombra de Alejandra Pizarnik (2003)
© Lorena Madariaga Ukar, texto; PPO, imagen de portada
