viernes, septiembre 18, 2026
Escena

Alejandro El Loco y su árbol (Final). Magialdia

Alejandro sabía que aquel día iba a morir. No era una sospecha ni una de esas ideas absurdas que aparecían algunas mañanas en su cabeza: su creador, Jorge Girbau Bustos, había decidido matarlo. Aquella certeza le había dejado un frío más profundo que el de las noches de Zaramaga. Se despertó en su banco con la magia entre los pies y lo primero que vio fue el árbol, su gran enemigo, inmenso y silencioso, con las ramas extendidas sobre él como si quisiera vigilar sus últimos momentos. Alejandro sintió miedo. Mucho miedo.

Miró al árbol y pensó que quizá aquella sería la última vez que lo vería. Entonces decidió luchar contra él, no porque quisiera vencerlo, sino porque necesitaba hacer algo para no pensar en la muerte. Durante toda la mañana lanzó conjuros, golpeó el tronco, pateó las raíces y gritó palabras mágicas que ni él mismo entendió. El árbol resistió todos los ataques. Alejandro acabó agotado, respiró con dificultad y apoyó la frente contra el tronco. Por primera vez no quiso destruirlo. Solo quiso que el árbol permaneciera allí cuando él ya no estuviera.

Después Alejandro se marchó a Magialdia con una sensación extraña en el pecho. Quería aprovechar aquellas horas porque no sabía cuántas le quedaban. Vitoria se llenó de magia en los escaparates de las tiendas y Alejandro contempló los espectáculos con los ojos muy abiertos. Las cartas desaparecieron, los objetos cambiaron de lugar y los magos consiguieron que lo imposible pareciera sencillo. Alejandro sonrió, pero detrás de aquella sonrisa permaneció el miedo. Cada vez que escuchaba un aplauso pensaba que quizá sería el último que oiría. Cada vez que veía desaparecer un objeto pensaba en su propia desaparición. Incluso el árbol volvió a su memoria: aquel árbol que tanto había odiado y que, de repente, le pareció la única cosa segura de su vida. Mientras los demás celebraban la magia, Alejandro pensó que quizá la verdadera magia consistía en conseguir que un hombre asustado olvidara durante unos minutos que iba a morir.

«El mago Gabriel Gascón actuando en el escaparate de Tribal Área»

Después apareció Jorge Girbau Bustos. Alejandro lo vio y sintió que el miedo le subía hasta la garganta. Su creador podía acabar con él con una sola decisión. Se acercó despacio y preguntó: —¿Por qué me vas a matar? Jorge no respondió. Solo le sonrió con una tristeza que asustó todavía más a Alejandro. El silencio de Jorge pesó más que cualquier respuesta. Alejandro quiso salir, esconderse detrás de su árbol, desaparecer de la historia, convertirse en una carta perdida o en una moneda que nadie pudiera encontrar. Pero no hizo nada de eso. Pasó la tarde con Jorge y, poco a poco, aprendió a ver. Vio las calles, las luces, los rostros, las sombras y las pequeñas cosas que antes nunca había mirado. El miedo continuó allí, pero cambió de forma. Ya no fue solo miedo a morir. También fue miedo a no haber vivido suficiente, a desaparecer sin haber entendido el mundo y, sobre todo, a no volver a ver aquel árbol que había sido su enemigo durante tanto tiempo.

Cuando la luna alcanzó su cúspide, Alejandro regresó a su banco. El árbol lo esperaba. Bajo la luz de la luna parecía todavía más alto, más antiguo y más poderoso. Alejandro se sentó frente a él y sintió que las piernas le temblaban. Ya no quiso luchar. Sabía que podía morir aquella noche y el miedo le hizo llorar en silencio. Miró al árbol como quien mira a un viejo amigo antes de una despedida y apoyó una mano sobre el tronco. El árbol permaneció inmóvil, pero sus hojas temblaron con el viento y Alejandro quiso creer que aquel movimiento era una respuesta. Cerró los ojos y soñó que el árbol crecía hasta alcanzar las estrellas, que sus ramas lo protegían y que él volvía a ser el mago que había sido. Caminó entre las ramas, vio antiguos escenarios, escuchó aplausos y sintió que ya no tenía miedo. Cuando despertó, la luna seguía sobre Zaramaga. Alejandro volvió a cerrar los ojos. Esta vez no luchó contra el sueño. Se dejó llevar.

«En el escaparate de Urbieta actuó el mago Alfonso Rituerto»

Al día siguiente, algo extraño ocurrió. El banco apareció vacío, pero no parecía un banco vacío. Parecía el escenario de un crimen que nadie había sabido cometer. Alejandro había desaparecido. El árbol también. No quedaba ni una huella, ni una manta, ni una carta, ni una señal que explicara adónde habían ido. Solo estaban los zapatos de Alejandro, colocados uno junto al otro sobre el banco, y las ramas del árbol extendidas sobre la madera, como si una fuerza gigantesca hubiese arrancado al árbol de la tierra y después hubiese borrado todo rastro de su partida. Nadie supo qué había sucedido durante aquella noche. Algunos miraron hacia las ventanas. Otros buscaron a Alejandro por las calles. Nadie encontró nada. El silencio del banco resultó más inquietante que cualquier grito. Entonces una hoja cayó lentamente desde ninguna parte y quedó junto a los zapatos. Después cayó otra. Y otra. El viento se detuvo. Durante unos segundos, todo quedó completamente inmóvil. Pareció que el árbol todavía estaba allí, escondido en algún lugar invisible, y que Alejandro esperaba detrás de él. Pero no apareció nadie. Solo quedó aquel banco, los zapatos, las ramas y una pregunta que nadie pudo responder: ¿había muerto Alejandro, había desaparecido el árbol o la magia se los había llevado juntos? Ninguno venció porque la magia no lo permitió.

Escaparates con magia

Entrevistas a los magos Alfonso Rituerto y Gabriel Gascón

© Jorge Girbau Bustos, texto y entrevistas; Ester Mercadal, fotografías y vídeos

Jorge Girbau Bustos

Responsable de la sección de Cine y Televisión de CulturaBAI.Profesión: poeta y crítico cinematográfico.Web: girbaubustos.com

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