Alejandro El Loco y su árbol (III). Magialdia
“Jugar, la ilusión, la fantasía, la fascinación de la infancia.”
Juan Tamariz.
Alejandro El Loco se despertó en su banco de Zaramaga de un susto. El árbol que tanto odiaba había decidido atacarlo. Una de sus ramas pasó por encima de su cabeza y Alejandro saltó del banco como si hubiera recibido un calambrazo. —¡Otra vez tú! —gritó. El árbol no contestó, claro, pero movió sus hojas con el viento y aquello, para Alejandro, fue una provocación en toda regla. Se lanzó contra el tronco, empujó una rama, recibió un manotazo de hojas en la cara y retrocedió unos metros. La batalla había comenzado.
Durante horas luchó contra aquel árbol que parecía tener más paciencia que él. Alejandro tiró de las ramas, las insultó, las amenazó y hasta intentó convencer al tronco de que se marchara por las buenas. Nada. El árbol permaneció en su sitio, alto, tranquilo y cada vez más insoportable. Alejandro acabó sudado, despeinado y con una hoja pegada en la frente. El árbol, en cambio, parecía recién salido de una peluquería.
Casi todo el día transcurrió con aquella guerra ridícula. Alejandro miraba al árbol con la misma concentración que un mago antes de realizar su gran número. Cerraba los ojos, levantaba las manos y buscaba dentro de su memoria algún truco capaz de hacerlo desaparecer. Recordaba los escenarios de su juventud, los aplausos, las luces y aquellas manos que antes obedecían a su imaginación. —Ahora sí —murmuró. Movió los dedos, hizo un gesto rápido y abrió los ojos. El árbol seguía allí. Alejandro lo miró. El árbol pareció mirarlo a él. —No te rías —le advirtió. Una ráfaga de viento agitó las ramas. Alejandro lo tomó como una carcajada. Volvió a intentarlo. Nada. El árbol continuó en pie, como si tuviera contrato indefinido en Zaramaga. Alejandro comprendió que aquel día no conseguiría vencerlo. Pero tampoco pensaba darle la satisfacción de verlo derrotado. Así que abandonó por unas horas aquella guerra y se marchó al Magialdia de Vitoria-Gasteiz.
Mientras Alejandro veía el espectáculo, el árbol quedó lejos, pero no desapareció de su cabeza. El bolo del mago peruano Bruno Tarnecci en el palacio Montehermoso de Vitoria – Gasteiz le devolvió algo que creía perdido. Alejandro observó cada truco con los ojos muy abiertos. Vio las manos de Tarnecci, los objetos que aparecían y desaparecían y la reacción del público, y recordó al joven mago que alguna vez había sido. Por un instante olvidó el banco, la calle y, sobre todo, aquel árbol que se había convertido en su enemigo particular. Sintió ganas de volver a actuar, de recuperar los escenarios y de escuchar otra vez los aplausos. Cuando terminó el espectáculo, salió con una sonrisa y casi se olvidó del árbol. Casi. Entonces apareció Jorge Girbau Bustos, el escritor que lo había creado. Alejandro se quedó mirándolo con una mezcla de sorpresa y emoción. Allí estaba su creador, el hombre que había decidido que su vida transcurriera entre un banco de Zaramaga, la magia y una guerra imposible contra un árbol.


Después de encontrarse con Jorge Girbau Bustos, Alejandro regresó a Zaramaga con una ilusión nueva. Quizá todavía podía ser mago. Quizá los trucos no habían desaparecido del todo. Quizá solo necesitaba volver a creer en ellos. Pero al llegar, allí estaba el árbol. Otra vez. En el mismo sitio. Alejandro se detuvo frente a él y respiró hondo. El árbol permaneció quieto, como si hubiese estado esperando su regreso. —Ya he vuelto —dijo Alejandro. El árbol no respondió. Una rama se movió ligeramente. —No empieces —añadió. Alejandro dejó la bolsa en el suelo y levantó las manos. Esta vez no quería luchar con fuerza, sino con magia. Recordó lo que había visto en el espectáculo de Tarnecci y trató de recuperar aquella vieja seguridad. El árbol seguía delante de él. Alejandro hizo un gesto. Nada. Hizo otro. Nada. Una hoja cayó sobre su cabeza. —Eso no cuenta —protestó. Pero ya no tenía miedo. El árbol seguía siendo su enemigo, aunque ahora Alejandro volvía a sentirse mago.
La noche cayó sobre Zaramaga y Alejandro regresó a su banco con el árbol como único espectador. Lo miró durante un largo rato. El árbol parecía enorme bajo la oscuridad, con sus ramas extendidas como brazos preparados para la siguiente pelea. Alejandro se acomodó en el banco y sonrió. Había perdido aquella batalla, pero había recuperado algo mucho más importante: las ganas de volver a hacer magia. Pensó en Bruno Tarnecci, en los aplausos, en Jorge Girbau Bustos y en todos los escenarios que todavía podían esperarle. Después miró otra vez al árbol. —Mañana te toca desaparecer —le dijo. Una ráfaga volvió a mover las ramas. Alejandro se levantó de golpe. —¡No te rías! El árbol volvió a quedarse quieto. Alejandro regresó al banco, se tapó con su vieja manta y cerró los ojos. Aquella noche volvió a soñar con la magia. Y mientras él dormía, el árbol permaneció allí, vigilándolo desde la oscuridad, como si supiera que la guerra entre los dos apenas acababa de empezar.


© Jorge Girbau Bustos, texto; Ester Mercadal, fotografías
