Mario en clave de jazz. Capítulo 3
“La música es tu propia experiencia, tus pensamientos, tu sabiduría. Si no la vives, no saldrá de tu instrumento.”
Charlie Parker.
Toda la noche, o casi toda, del martes al miércoles, el contrabajo intentó seducirme. Cada cierto tiempo interpretaba un jazz melódico, insinuante, casi provocador, con la esperanza de que me acercara a él. Como no obtuvo respuesta, cambió de estrategia. Me mostró unos labios pintados con un carmín intenso y me susurró al oído:
—¿Podrás resistirte?
Yo lo observaba de reojo, con gesto hosco, mientras rezaba para que aquel acoso se perdiera entre las butacas.
El contrabajo no durmió aquella noche y tampoco me dejó dormir. Entonces comprendí que, para enamorarse del jazz, quizá haya que nacer músico, y sospeché que yo no lo era. Aun así, aquel instrumento insistía. Rozaba mi rodilla y algo más; ya me entendéis. La noche prometía ser interminable. Los romances siempre encuentran refugio en la oscuridad de los teatros y entre los arbustos que reclaman intimidad.
Yo no era el novio ni el amante de aquel contrabajo. Pero sí, queridos lectores, terminé cautivado por sus cuerdas, por su altura y por la elegancia de su porte. Me atrapaba poco a poco en su telaraña, aunque allí no hubiera mantis religiosas capaces de regalar el sueño eterno. Solo estábamos el instrumento y yo, rodeados de butacas y anfiteatros.
A la hora del lobo comenzaron a caer rosas desde el techo hasta mis pies y mis manos. Miré al contrabajo y me preguntó:
—¿Te gusta?
Ya no podía escapar. No estaba atado de pies y manos, pero aquel enamorado me arrinconaba con recuerdos y sensaciones que dibujaban, sin pedir permiso, un noviazgo artístico. No me atrevía a cerrar los ojos porque sabía que, si lo hacía, caería para siempre en un sentimiento del que deseaba huir, quizá porque representaba aquello que nunca quise ser.
Entonces llegó el momento. Las flores cubrían el suelo, el contrabajo sostenía su mirada seductora y las luces se apagaron, como cada noche. El proyector se encendió de nuevo y en pared del escenario comenzó un nuevo concierto. Otros instrumentos ocuparon la visión y mi atención se apartó, por fin, de mi obstinado pretendiente. Sin embargo, mientras la música inundaba el teatro, tuve la certeza de que el contrabajo seguía tocando solo para mí, con la paciencia de quien sabe que el verdadero amor nunca deja de esperar.

Kris Davis Trío es experimentación pura. El ritmo viaja hacia otros territorios del arte, donde el alma es una pasajera más. Desde la empatía inventa un lenguaje propio y, a veces, abandona lo que llamamos planeta Tierra para habitar el planeta de Kris Davis.
Hoy, jueves, en el Palacio de Congresos Europa, hemos asistido a una embriaguez musical de esas que ensanchan el espíritu gracias a la armonía. El trío se sostiene sobre el contrabajo de Robert Hurst y la batería de Jonathan Blake, dos músicos que construyen el espacio perfecto para que la pianista despliegue su universo sonoro. Kris Davis no persigue un destino musical, porque ya ha creado el suyo: un lugar desde el que intenta comprender el universo. Siente el piano como una extensión de sí misma.
Escuchar este concierto ha sido volver a nacer, volver a sentir o, simplemente, comprender que habitamos una eternidad que la naturaleza nos regala y que va mucho más allá de aquello que creemos sentir o proteger. Ha sido una celebración de la vida, una comunión, casi un bautizo de la música, que nos recuerda que seguimos vivos.
Con el fin de la proyección de aquel concierto, la tensión contenida estalló en la intimidad. Mario fijó la mirada en el contrabajista mientras su mente deletreaba, con deliberada lentitud, la palabra compasión. Acortó la distancia entre sus cuerpos hasta que el calor ajeno lo envolvió por completo. Sin alternativa ante el deseo, deslizó sus dedos sobre la anatomía de su amante y rozó las cuerdas del instrumento. El metal vibró en un gemido instantáneo pero, asustado por la intensidad del chispazo, Mario se alejó de golpe, retrocediendo un paso en la penumbra. El eco del erotismo puro quedó flotando, denso y jadeante, en el espacio vacío que ahora los separaba.
Jazz de medianoche

Corre.
El Francesca Tandoi Trío, que actúa en el Hotel Ciudad de Vitoria de miércoles a sábado a medianoche, ofrece una oportunidad única para descubrir qué es realmente el jazz.
Francesca Tandoi desborda sensibilidad al piano. Su música mira al origen del jazz mientras abre un camino hacia su futuro. En ella conviven la elegancia de lo clásico y la frescura de lo contemporáneo. Es sensualidad, técnica y emoción en perfecto equilibrio.
Francesca Tandoi y su piano forman una unión inseparable, la expresión más pura del alma de una artista. Su sensibilidad parece fundirse con el instrumento hasta convertir cada interpretación en una conversación íntima con el público.
Ella ama el piano, y ese amor se transforma en una música que nosotros admiramos porque nos envuelve, nos emociona y nos regala la serenidad que solo el jazz es capaz de transmitir.
Jazz for Innovation by Hibridalab. Conferencia de Irene Reig, “El arte de crecer y conciliar”
Entrevista a la saxofonista Irene Reig
© Jorge Girbau Bustos, texto, audios, entrevista y fotografías; LuisÁn Ortiz, grabación, edición y montaje del vídeo
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