Mario en clave de jazz. Capítulo 4
“Lo único mejor que cantar la música de jazz, es escucharla.”
Ella Fitzgerald.
El cuarto día de encierro en el teatro ya me sentía como en casa. Miraba al contrabajo con una complicidad nueva. Sabía que algo estaba cambiando dentro de mí, aunque todavía no encontraba las palabras para nombrarlo. Lo más extraño era descubrir que el jazz, esa música que siempre había rechazado, empezaba a abrir una puerta. Gracias a él comprendía que nada es eterno y que incluso los prejuicios pueden desafinar.
El contrabajo seguía observándome. No dejaba de sonreír. Permanecía inmóvil, con las cuerdas en silencio, como quien espera un milagro sin perder la esperanza.
—Mario, quiero que me toques.
Aquellas palabras me atravesaron.
¿Era posible que un instrumento deseara ser amado? Tal vez no me pedía unas manos, sino un corazón capaz de comprenderlo. La carne es débil, pero ¿también lo es el amor?
Existen amores que nunca llegan a encontrarse. Uno vive en Marte; el otro, en Plutón. Se buscan durante toda una vida sin lograr rozarse. Qué difícil resulta amar cuando el otro no te ama. Qué difícil acostarse abrazado a la soledad. Qué difícil vivir sin música. Más difícil aún es escuchar jazz sin entender que cada nota es una confesión.
—Mario, quiero que me toques.
Aquella frase marcó un antes y un después.
Nunca había permitido que el jazz entrara en mi vida. Ignoraba todo lo que aquel contrabajo podía regalarme. Lo miré fijamente. Él sostuvo mi mirada con una dulzura infinita. No había prisa. Solo un silencio lleno de promesas, como si el verdadero contacto empezara mucho antes de que las manos rozaran las cuerdas.
No se acercó. No hacía falta. Sus cuerdas vibraban apenas, y su cuerpo elegante parecía cargar el peso de todos los años y de todas las canciones que nadie había querido escuchar.
La vida no deja de parecerse a la música. Sin embargo, el jazz rompe las reglas. Vive de la improvisación, de los caminos inesperados, de los errores convertidos en belleza.
¿Acaso la vida sigue un orden?
Nos educan para pensar en parejas: dos ojos, dos manos, dos piernas. Incluso creemos que el amor solo existe cuando encuentra su otra mitad. Por eso contemplaba al contrabajo como si fuera un desconocido que acababa de irrumpir en mi existencia.
Pero aquel día comprendí que estaba equivocado.
No era yo quien intentaba descubrirlo. Era él quien deseaba conocerme más allá de mi cuerpo, más allá de mis miedos, más allá de todo aquello que llevaba años escondiendo.
Y esa certeza me dejó completamente indefenso.
¿De verdad empezaba a gustarme el jazz?
¿O lo que empezaba a amar era al contrabajo?
—Mario… me gustas.
Sentí que el corazón estallaba. Una oleada de emociones recorrió cada rincón de mi cuerpo. Miedo, deseo, ternura, vértigo. Todo sucedía al mismo tiempo. Ya no sabía distinguir dónde terminaba la música y dónde empezaba yo.
Entonces el proyector volvió a encenderse.
La pared del fondo del escenario se iluminó de nuevo.
Era la hora del concierto.
El cuarto concierto en el Palacio de Congresos Europa tuvo como alma al trompetista Riley Mulherkar. El músico regaló al público destellos de soledad y calma, y logró una sintonía tan pura que resulta imposible de explicar con palabras. Para entender su arte hace falta alma de poeta y sensibilidad para la creación.

Sobre el escenario, Mulherkar se convirtió en pura esperanza para la atmósfera que lo envolvía. Él y su trompeta fueron un solo ser, capaz de elevar la emoción en cada nota. Con total humildad, el artista se apartaba por momentos para admirar a sus compañeros: Barry Stephenson al bajo, Chris Pattishall al piano y Jason Burger a la batería. Cedió los focos a su banda y demostró que el jazz es generosidad.
Mulherkar es música en estado puro. Inventa sonidos y esculpe arte desde la sencillez. Sus notas obran milagros musicales: transforman a los mortales que lo escuchamos en seres especiales y nos ofrecen un refugio espiritual para recordar que la vida es mucho más que la materia.
Terminó el concierto. El teatro volvió a dormir. Solo el contrabajo y yo seguíamos despiertos, vibrando en una tensión salvaje. Nuestros cuerpos temblaban. El deseo nos empujaba a buscarnos, a tocarnos para engendrar música. Cada vez me gustaba más el jazz; lo sentía mío, una posesión. Sus acordes se colaban en mi cabeza como ese golpe suave que toda carne humana espera. ¿Era yo el músico o el instrumento? El contrabajo me clavó una mirada enamorada, hambrienta, y quise corresponderle. Fue la primera vez que no sentí rechazo; simplemente me dejé llevar por su peso.
—Buenas noches.
—Buenas noches, amor —me respondió.
Jazz for Innovation by Hibridalab. Conferencia de Josep Mestres, “Jazzucrist: IA al rescate de escenas y mercados invisibles”
Entrevista a Josep Mestres, co-creador de la aplicación web Jazzucrist
© Jorge Girbau Bustos, texto, audio, entrevista y fotografías; LuisÁn Ortiz, grabación, edición y montaje del vídeo
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