jueves, marzo 26, 2026
La obra y la herida

Sylvia Plath: escribir cuando la mente se vuelve un lugar hostil

Elegir el primer artículo de la sección de La obra y la herida no ha resultado muy difícil, ya que desde el principio he pensado en hacerlo acerca de Sylvia Plath. La razón es sencilla: ella representa a la perfección la relación entre su legado literario y la salud mental; su vida y obra muestran cómo la escritura puede ser un espacio de conciencia, de creación, de luz y de sombras, lejos de los estereotipos.

Cuando hablamos de creatividad y salud no basta el dato clínico, ni la lectura estética. Entre ambos hay una zona intermedia —más incómoda, más compleja— donde la obra va más allá de la producción literaria y la vida supera a la ficción de un relato.

Sylvia Plath es un punto de partida especialmente revelador porque su escritura no oculta esa tensión, sino que la sostiene. En su caso, la creación es testigo claro del dolor intenso que emana a veces de nuestro interior. Y me atrevería a afirmar que Plath no escribió gracias a su enfermedad, sino a pesar de ella.

Depresión temprana y primera ruptura con el mundo

Nacida en 1932 en Boston, Plath mostró desde muy joven una inteligencia excepcional y una vocación literaria precoz. Esa capacidad le llevó a publicar poemas en la adolescencia, destacando en un entorno académico que premiaba el talento, pero también imponía una exigencia constante. Esa severidad no solo la percibió del ambiente educativo, sino también desde el seno de su propia familia. Concretamente su padre, Otto Plath, ha sido retratado como un hombre rígido y emocionalmente distante, con rasgos obsesivos, aunque sin diagnóstico claro sobre él.

A pesar de morir cuando Sylvia contaba con ocho años, el recuerdo de su progenitor haría mella hasta el final de sus días. Así, el poema de 1962, Daddy (Papá), transmite esa desazón y pugna interior hacia la figura paterna, dibujada como opresiva y temida en su imaginario.

“I have always been scared of you,

With your Luftwaffe, your gobbledygoo”. Ariel (1965)

(“Siempre te tuve miedo/Con tu Luftwaffe, tu jerga pomposa”).

En cuanto a la relación con su madre, todo apunta a que fue ambigua: por un lado, existía proximidad entre ellas; por otro, Sylvia afirmó en alguna ocasión que la odiaba.

Ese frágil escenario paterno-materno filial fue su casilla de salida, desde donde Sylvia daría sus primeros pasos hasta llegar a estudiar en el Smith College. Y con veinte años sufrió su primer episodio depresivo grave, caracterizado por insomnio, ansiedad intensa, bloqueo creativo y sensación de irrealidad. La ruptura con el mundo no fue progresiva, sino una caída abrupta que le llevó a un intento de suicidio, en 1953.

Debido a este hecho, fue ingresada en el McLean Hospital de Massachusetts, donde se le trató con electroconvulsoterapia*, experiencia que marcaría su vida para siempre.

Nota: La electroconvulsoterapia (ECT) es un tratamiento psiquiátrico que consiste en inducir, bajo anestesia controlada, una breve convulsión mediante estimulación eléctrica cerebral. Actualmente se utiliza en casos graves de depresión resistente, bajo estrictos protocolos médicos. En las décadas de 1950 y 1960 su aplicación era más rudimentaria y podía resultar altamente traumática para los pacientes. Se le conocía como electroshock.

Diez años después de este trágico episodio, Sylvia le daría forma con su novela The Bell Jar (La Campana de cristal,1963), un libro que no romantiza la enfermedad, más bien la disecciona.

“Wherever I sat… I would be sitting under the same glass bell jar, stewing in my own sour air.”

(“Dondequiera que me sentara… estaría bajo la misma campana de cristal, cociéndome en mi propio aire viciado.” — The Bell Jar, 1963)

Aquí la escritura no surge en el momento del colapso, sino después. Ese realismo (aunque literaturizado) con el que retrata un asunto tan delicado como el suicidio se muestra casi como un ensayo narrativo sobre depresión en esta obra.

Ansiedad, perfeccionismo y miedo al vacío

Incluso en los periodos de aparente estabilidad, Plath describe una ansiedad persistente, una sensación de amenaza interna que no desaparece con el éxito ni con el reconocimiento.

En sus diarios —recogidos en The Unabridged Journals of Sylvia Plath— escribe:

“I am afraid of getting older. I am afraid of dying.”
(“Tengo miedo de envejecer. Tengo miedo de morir.” — Journals, escrito en los años 50)

Y también:

“The worst enemy to creativity is self-doubt.”
(“El peor enemigo de la creatividad es la duda de uno mismo.” — Journals)

Es, precisamente, el hecho de retratar su ansiedad con plena consciencia lo que le distancia de la creencia equivocada de genio loco o de padecer una “locura permanente”, que tantas veces se ha asociado de forma errónea a la creatividad, en especial en el sector literario.

Amor, maternidad y felicidad contenida

El vínculo entre Sylvia Plath y su marido, Ted Hughes, ha sido debatido a lo largo de los años, enmarcado en una relación caracterizada por la genialidad poética de ambos, sus tensiones personales y la desdicha.

No hay que pasar por alto que desde el comienzo de su matrimonio, la notoriedad de Hugues era superior a la de Plath, quien con frecuencia se sentía en un segundo plano frente a su papel de cónyuge y madre. Este conflicto se plasmó claramente en una poesía confesional.

Además de esa pugna entre rol de escritora y rol de señora de la casa, Sylvia sufría los exigentes consejos de su marido que implicaban una práctica dura y constante de la poesía, con el fin de mejorar su estilo literario.

Dicha exigencia convivía con momentos de felicidad personal, especialmente durante la maternidad, aunque siempre con la conciencia de su fragilidad emocional:

“I felt myself melting into the shadows like the negative of a person I’d never seen before.”

“I am inhabiting the role of mother. I like it.”

“Sentí que me derretía en las sombras, como el negativo de una persona que nunca había visto.”

“Estoy viviendo el papel de madre. Me gusta.”

Sin embargo, la ruptura entre Sylvia y Ted acabó llegando sin remedio, cuando Plath descubrió que Hughes le era infiel Assia Wevill, publicista, poeta y traductora.
A pesar de las tensiones y tras el fallecimiento de Plath en 1963 (un año después de la ruptura), Hughes se encargó de administrar la herencia de su esposa, ya que murió sin testamento. Con ello, promovió y publicó a título póstumo sus obras, entre otras, Ariel (1965) y The Collected Poems (1981), libro que fue galardonado con el Pulitzer, lo que consolidó la figura de Sylvia Plath como una escritora con estilo propio.

Naturaleza, existencia y lenguaje

Plath no daba puntadas sin hilo. Sus alusiones a la naturaleza —acianos, amapolas en octubre, basalto volcánico— son metáforas precisas de sus estados internos. Quien lea su obra puede comprender cómo su enfermedad iba más allá de un malestar inconforme: sus palabras conectan con la necesidad de existir, de entenderse como un ser del mundo.

Uno de los motivos más persistentes en la obra de Plath es su relación con la naturaleza. Árboles, flores, elementos minerales —no como decoración, sino como formas de existencia a las que aspira y de las que, al mismo tiempo, se siente excluida.

En el poema I am Vertical, incluido en Collected Poems, escribe:

“I am vertical
But I would rather be horizontal.”
(“Soy vertical, pero preferiría ser horizontal.” — escrito en 1961, publicado en 1965)

Y más adelante:

“And I shall be useful when I lie down finally:
Then the trees may touch me for once, and the flowers have time for me.”
(“Y seré útil cuando finalmente me tumbe: entonces los árboles podrán tocarme, y las flores tendrán tiempo para mí.”)

Plath sentía la naturaleza como un lugar donde existir no exige explicarse.
Su escritura, en cambio, muestra una mente que no puede dejar de preguntarse qué es, quién es, cómo sostenerse. Es posible que su mente inquieta y agotadora le impidiera descubrir su identidad, en el sentido más simple: vivir, respirar, crecer, estar. Como un árbol: vertical, firme, presente. El estado más cercano a esa plenitud es el sueño: horizontal, descansando del peso de sí misma.

Para Sylvia, esa plenitud no fue alcanzable en vida. En 1963, poco después de la publicación de La campana de cristal, se suicidó. Su gesto no fue un acto literario, sino la desesperación consciente de quien no lograba ser un elemento más del mundo sin tormentas internas, sin culpa, sin sufrimiento: como la naturaleza misma.

En Ariel, escrito en los últimos meses de su vida, la voz poética alcanza una intensidad extrema. No se trata de euforia, sino de aceleración, de urgencia. Ariel muestra la intensificación creativa final en versos como los del poema Lady Lazarus.

Escribe:

“Dying
Is an art, like everything else.
I do it exceptionally well.”
(“Morir es un arte, como todo lo demás. Yo lo hago excepcionalmente bien.” — Ariel, 1962/1965)

No hay aquí una celebración de la muerte, sino un gobierno mediante el discurso. Es decir, de alguna manera demuestra su cordura, su consciencia del problema, y la escritura se vuelve una especie de herramienta de control sobre la inestabilidad emocional que no cesa. Nombrar, incluso al borde del abismo, es una forma de resistencia, de coherencia, de lucidez.

Última etapa y suicidio

Tras la ruptura con Ted Hugues, Sylvia dejó North Tawton (suroeste de Inglaterra), lugar donde residió cerca de un año y en el que escribió gran parte de lo que luego sería Ariel. Se instaló en un piso de la capital británica, con sus dos hijos: Frieda (dos años) y Nicholas (once meses).

Esos últimos meses de su vida en Londres empujaron a Plath a una depresión profunda, agravada por el aislamiento, problemas financieros y el Big Freeze de 1962-63 (uno de los inviernos más duros registrados en Inglaterra).

A pesar de todo, seguía escribiendo, levantándose sobre las cuatro de la madrugada, en la hora que domina el paisaje ese color característico del amanecer —la hora azul—, antes de que despertaran sus hijos. Se organizaba así para compaginar su productividad literaria con la crianza, una imagen muy doméstica que moldea a Plath como una mujer real, de carne y hueso, responsable y, a la vez, una creadora imparable.

Pero la escritura no siempre es suficiente para calmar el dolor.

“The silence depressed me. It wasn’t the silence of silence. It was my own silence.”
(“El silencio me deprimía. No era el silencio del silencio. Era mi propio silencio.” — Journals)

Y la enfermedad la invadió tras un periodo de grave inestabilidad mental. En 1963 Sylvia preparó su piso de Primrose Hill para la decisión que había tomado. Tuvo cuidado de que sus hijos pequeños no se vieran afectados directamente por su suicidio (con el gas del horno), cerrando las puertas de sus dormitorios y sellándolas. Este gesto sugiere un intento de proteger a sus hijos incluso en un momento de extrema desesperación.

¿Depresión o bipolaridad?

Durante su vida, Plath fue tratada como una paciente con depresión severa recurrente. Sin embargo, desde una lectura clínica actual, muchos especialistas consideran retrospectivamente que su trayectoria emocional encaja mejor con un trastorno bipolar del espectro, probablemente tipo II.

Alternó episodios de hundimiento profundo con periodos de intensa actividad creativa, aceleración mental y menor necesidad de sueño, sin que existan registros claros de manía franca (estado de euforia o irritabilidad extrema con hiperactividad y pérdida de control). Esta combinación —depresión grave y fases de exaltación funcional— es característica del bipolar II, una forma del trastorno que durante décadas pasó desapercibida o fue confundida con depresión resistente, en parte porque sus fases de elevación son hipomanías, más sutiles y menos disruptivas que la manía franca.

El ensayo de Touched with Fire (1993), de la psiquiatra Kay Redfield Jamison, documenta precisamente esta relación entre creatividad y trastornos del estado de ánimo, especialmente en escritores y poetas. También habla de herencia genética (en este sentido, no es irrelevante señalar que el hijo menor de Plath se suicidó a los 47 años).

La propia poeta intuía la persistencia de algo que no terminaba de nombrarse:

“I have an illness. I know it. I have had it always.”
(“Tengo una enfermedad. Lo sé. La he tenido siempre.” — Journals)

Que no existiera un diagnóstico preciso no hacía su experiencia menos real.

Más allá del mito

Sylvia Plath murió en 1963, a los treinta años. Su muerte ha eclipsado, en muchas ocasiones, la complejidad de su obra, propulsora del género de la poesía confesional que iniciaron autores como Robert Lowell y W. D. Snodgrass. Esta vertiente surgida en las décadas de los 50 y de los 60 también se conoció con el nombre de Dirty poetry (poesía confesional, no confundir con la corriente poesía sucia de Bukowski).

Sylvia Plath esgrime una poesía muy personal o del yo, cuyo contenido es eminentemente autobiográfico y que además, se encuentra profundamente determinado por introducir una serie de cuestiones controvertidas que eran consideradas tabú en su época, como las enfermedades mentales, la sexualidad o el suicidio. Esta polémica autora contribuyó a una importante innovación temática en la poesía del momento.

Su escritura atraviesa distintos estados mentales y cumple funciones distintas en cada uno de ellos: elaboración, contención, afirmación, testimonio… Escribió mientras vivía con una mente vulnerable.

Leerla hoy implica resistir la tentación de convertirla en mito estereotipado y devolverle algo más difícil: su condición de persona.

Nota al lector/a sobre salud mental

Si al leer este artículo has sentido que algo de lo que se describe resuena contigo —no como interés, sino como malestar real—, es importante no quedarse a solas con esa sensación.

Cuando el estado de ánimo, la ansiedad o el sufrimiento empiezan a interferir en la vida cotidiana, pedir ayuda no es un gesto menor: es un acto de cuidado.

Si resides en Euskadi, puedes ponerte en contacto con tu médico de atención primaria a través de Osakidetza, quien podrá valorar tu situación y, si lo considera necesario, derivarte a un servicio de salud mental.

Si te encuentras en otro lugar, te recomendamos acudir a tu médico de familia o a un profesional de la salud mental de tu entorno.

Hablar de ello es, muchas veces, el primer paso.

Bibliografía recomendada

• Plath, Sylvia — The Bell Jar (1963)
• Plath, Sylvia — Ariel (1965)
• Plath, Sylvia — Collected Poems (1981)
• Plath, Sylvia — The Unabridged Journals of Sylvia Plath (2000)
• Jamison, Kay Redfield — Touched with Fire (1993)
• Paul Alexander — Magia cruda. Una biografía de Sylvia Plath (2023)

© Lorena Madariaga Ukar, texto; PPO, imagen de portada

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