viernes, septiembre 4, 2026
Psicoterapia, sentido y experiencia humana

La desesperación que no sabe cómo se llama

Llegué a Kierkegaard hace más de veinte años, y no por interés académico. Andaba dándole vueltas al yo y a la existencia, leyendo todo lo que caía, con la idea implícita de que aquello se resolvía acumulando: un libro más, un autor más, una explicación mejor. Encontré lo contrario. Saber más no salva. Llega un punto en que el conocimiento deja de sostenerte y hay que dar un salto.

Él lo había visto antes que nadie, y lo dijo con una frase que todavía me parece insolente: la desesperación más frecuente es la que no se reconoce a sí misma. Se puede estar desesperado sin saberlo, y es lo habitual. Llevo dos décadas sin decidir si eso es una intuición profundísima o una trampa: si contestas “yo estoy bien”, el argumento ya te ha incluido.

Pero quien lleve un tiempo escuchando desde el sillón de enfrente reconoce la escena. Un hombre pide cita por el insomnio, hablamos cuarenta minutos de horarios y de pantallas y de pronto, mirando al suelo, dice: «Yo antes tenía la sensación de que esto iba a alguna parte». Ahí empezaba la consulta.

No es casualidad que afinara tanto. Aunque hoy lo estudiemos como filósofo, Kierkegaard se llamó psicólogo a sí mismo y lo dejó escrito en las portadas: El concepto de la angustia (1844) y La enfermedad mortal (1849) se presentan como exposiciones psicológicas, medio siglo antes de que existieran facultades donde estudiar eso.

El miedo tiene objeto; la angustia, no. Un perro, un examen, una resonancia pendiente: eso es miedo, se señala con el dedo y por eso se puede hacer algo con ello. La angustia no se dirige a nada concreto. Su objeto, dice, es la posibilidad.

De ahí su imagen más famosa. Alguien se asoma a un precipicio y se marea. El vértigo no viene del abismo, o no solo: viene de descubrirse capaz de saltar y saber que nadie lo impide. La angustia es el vértigo de la libertad. Y por eso escribe la mejor descripción de la ambivalencia que conozco: nos repele y nos atrae a la vez, por el mismo motivo. Lo que asusta en un balcón no es caerse.

Si la angustia es el precio de tener posibilidades, entonces no es una avería. Lo veo cada semana en las crisis vitales: alguien entierra a su madre después de años cuidándola y no entiende por qué, ahora que todo debería ir mejor, está peor. No hay nada que corregir. Se le ha abierto el futuro.

El que se cierra se delata. Aquí es donde Kierkegaard roza algo parecido al inconsciente. Describe el hermetismo: la persona que se encierra dentro de sí misma y no quiere ser abierta. Su angustia no es al mal. Le angustia mejorar, que le quiten aquello que ordena su vida aunque le esté haciendo daño; cualquiera que trabaje con conductas compulsivas conoce esa cara. Y añade el detalle decisivo: el que se cierra no lo consigue del todo. Se delata contra su voluntad, de golpe, en un lapsus o en un enfado desproporcionado por una tontería. Lo que no quiere decirse acaba diciéndose solo. Una teoría del síntoma, en 1844.

Conviene no exagerar el parecido con Freud. Aquí no hay un sótano de la mente con leyes propias, ni una censura trabajando a nuestras espaldas. Hay algo más incómodo: alguien que puede no querer saber lo que le pasa, y conseguirlo. Eso tiene doble filo en consulta, porque devuelve capacidad de decisión y a la vez roza la culpa: a alguien en pleno duelo, decirle que no quiere verse es cruel además de falso.

Y entonces, el salto. Kierkegaard nunca escribió “salto de fe”, por cierto; la fórmula es un invento posterior. Él habla del salto, y poco más. Cualquier especialista me dirá, con razón, que en su obra ese salto es religioso y que secularizarlo es traicionarlo.

Aun así, esto es lo que me he quedado después de veinte años. Sumergirse en la angustia en lugar de esquivarla. Mirar al abismo a los ojos y entender lo que somos: limitados, sin garantías, con un final irremediable. Y saltar igual. No hacia un dios, sino hacia la confianza de que habrá futuro, hasta ese final que no queda otra que aceptar.

No es un consuelo. A estas alturas ya no sé si busco uno.

© Fernando Lacalle, texto; PPO, imagen de portada

Fernando Lacalle

Responsable de la sección Psicoterapia, Sentido y Experiencia Humana de CulturaBAI.
Profesión: psicólogo y psicoterapeuta humanista.
Web: lacallepsicologia.com

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