viernes, octubre 9, 2026
Escena

Querida Vitoria: te escribo desde la Edad Media

Vecinos míos, os escribo con la tinta todavía húmeda y el corazón en un puño. Hace varios días, el último viernes de septiembre, el reloj en Vitoria dejó de mandar. Algo me pasó. Cuando abrí los ojos, ya no estaba en vuestra época, sino que había retrocedido varios siglos atrás y me desperté en la Edad Media.

Las calles que conocía olían a leña, a pan recién hecho, a especias, y también entre la gente se movía una enorme sombra: Thamur, un gigante lleno de bondad y con mucha fuerza que desciende de las montañas para brindar protección a los habitantes de la villa, ¡había cobrado vida!

«Pasacalles con el gigante Thamur»

Lo observé desde lejos, sin atreverme a respirar. Caminaba despacio, agachándose para no llevarse por delante los toldos del mercado, y se detenía a mirarlo todo con curiosidad de niño e iba acompañado de sus duendes. Se paró ante los saltimbanquis y los malabaristas, escuchaba a los cuentacuentos y contemplaba a los magos con curiosidad. Os confieso que no pude evitar seguirle de cerca. Antes de que acabara la tarde ya era amigo de todos, los niños jugaban con él y los mayores le admiraban.

Así descubrí lo que nadie os ha contado de la Edad Media: que era un lugar lleno de música y de color. Había un zoco con teterías y danzas llegadas del Califato, un campamento donde las tres culturas, cristiana, árabe y judía, compartían oficios antiguos; presencié combates entre bandos rivales que asombraban a quienes se detenían a observar. Por otro lado, unos elefantes enseñaban a los más pequeños la magia de su oasis, también vi un circo con malabaristas, trovadores que hacían sonar el reino entero, y me animé a seguir los «pasacalles» que animaban las calles de la villa medieval.

«Cuentacuentos infantil en la plaza de la Burullería»

Al caer la noche, todo se volvía fuego y leyenda. Las llamas iluminaban las murallas, y el gigante se quedó quieto, con los ojos humedecidos por la emoción. Algunas cosas no se explican: se miran.

El domingo, ya muy tarde, cayó el telón del último espectáculo. Thamur me miró, se llevó un dedo a los labios y se alejó despacio hacia su rincón de la villa. Cuando parpadeé, me di cuenta de que había regresado a la Vitoria-Gasteiz del presente. Habían sido tres días con sus noches llenos de vida, de danzas y luchas, de comercio, artesanía y gastronomía; con muchas actividades para niños y adultos, y días llenos de espectáculo y encanto.

Os escribo para que lo sepáis: si algún día os cruzáis con un duende despistado, no os riáis, y el año que viene, buscad al gigante. Estoy segura de que os esperará.

«Luchas y actividades participativas en el Jardín de Falerina»

Una pequeña muestra en vídeo del Mercado Medieval 2026

© Ester Mercadal Pons, texto, fotografías y vídeo

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