El Búnker
¿Sabes cuál es «El síndrome del Tío Gilito»? Cuando una persona vive por y para acumular dinero, rebasa la línea que separa ser tacaño de ser miserable. Disipar el dinero, gastándolo en cosas inútiles solo porque son inalcanzables para la mayoría de los mortales, es otra de las características de quienes sufren el síndrome asociado a este famoso y multimillonario pato. En el otro extremo, algunos «Gilitos» llegan a sacrificar sus propias necesidades solo por alimentar su obsesión de ahorrar más y más: el dinero deja de ser una herramienta financiera para convertirse en un objeto de colección.

El dinero es uno de los bienes más preciados y codiciados y, por tanto, algo que debe guardarse muy bien para evitar robos. El Tío Gilito lo guardaba en un edificio colosal situado en la colina de Patoburgo, bien custodiado. Este depósito, que parecía un búnker, transmitía con su diseño un mensaje claro, al igual que lo hace el protagonista de este artículo: el edificio de Hacienda Foral de Álava de Vitoria-Gasteiz, coloquialmente conocido como «el búnker».

La ciudadanía tenemos obligaciones fiscales para sostener el gasto público y promover un sistema de bienestar social en el que todas las personas podamos vivir dignamente. Estamos en periodo de Impuesto de la Renta de las Personas Físicas, por lo que somos muchas vitorianas y vitorianos quienes hemos visitado o vamos a visitar este edificio en los próximos días. La Hacienda Tributaria fomenta que nadie se escaquee y nos invita a que voluntariamente tributemos lo que por obligación nos corresponde. ¿Os parece un lugar amable o más bien una cárcel de máxima seguridad? Lo sé; se me ve el plumero, pero hasta entrar en Alcatraz parece más apetecible.

El diseño escalonado de nuestro edificio de Hacienda cumple las condiciones urbanísticas del solar, que marcaba una diferencia de cotas importante, algo que hace que se adapte armónicamente a las edificaciones anejas de las calles Ramiro de Maeztu y Samaniego. El despiece horizontal de sus ventanas, con tres franjas acristaladas por piso, reduce la percepción de altura (las rayas horizontales ensanchan y acortan, mientras que las verticales estilizan y alargan), aunque esta característica, sumada a la elección de material y color de la fachada, convierten al edificio en una enorme caja fuerte (en este caso sin piscina de monedas), similar al depósito de Patoburgo. Los arquitectos Catón, Campo y Ercilla diseñaron un espacio de oficinas diáfano y versátil, capaz de adaptarse a los tiempos y a las necesidades. Su apuesta, desde luego, fue rompedora en 1991 y sigue siéndolo a día de hoy. A mí me gusta y creo que cumple bien su función.

¿Recordáis qué había en este solar antes que Hacienda? El lavadero municipal. Es cómico que, donde antes se blanqueaban los trapos sucios, ahora se trate de luchar contra el dinero negro. Las mujeres que lavaban la ropa en este solar también desempeñaban una función fiscalizadora en sus conversaciones, por muy topicazo que parezca, y no lo digo como crítica, sino como ensalzamiento de un espacio seguro, de confidencias, de risas y confesiones, cuando la igualdad era una utopía. El coro de lavanderas de Yerma, obra de Federico García Lorca, es un ejemplo preciso y precioso de lo que os acabo de contar.

Te salga a pagar o a devolver… ¡nos vemos en El Búnker!
© Vanesa de la Puente, texto y fotografías (créditos en el pie de foto)
