Besos de amapola
Las imágenes de Iñaki Gamboa, fotógrafo oficial de Poetas en Mayo, iluminan en estos días los pasillos de la Fundación San Prudencio, en una danza acompasada entre versos y color, desafiando la oscuridad de los conflictos que azotan el planeta con una obstinación conmovedora, ofreciendo belleza sin exigir explicaciones. Mayo es el mes en el que las estaciones se abrazan sin excluirse, cuando los ciclos se reconcilian y confirman que la vida no avanza en línea recta, sino en espirales de renacimiento. En mayo aún respira el recuerdo húmedo del invierno bajo la tierra; semanas más tarde, los atardeceres otorgarán un respiro al ardor de los días en verano y se gestará la maduración silenciosa de los frutos que acompañarán a los dorados y los ocres otoñales.
Mayo es ese instante eterno del año que conspira en el temblor de esa música antigua que despierta dentro de las flores antes de abrirse, cuna de la poesía, nacida del rumor de las caricias del viento en las hojas. Antes de ser palabra, la poesía fue música, vibración luminosa atravesando la materia. Los primeros poetas escuchaban la sinfonía de la lluvia golpeando la piedra, la de los cauces de los ríos en un delicado compás donde el musgo, las aves, las raíces y el corazón humano latían bajo una misma armonía. La música de la Naturaleza fue la semilla de la poesía hecha palabra, respiración del mundo de un poeta rendido ante la cadencia del viento doblando los trigales.
Las flores, hojas y frutos captados por Gamboa representan la forma más delicada de la irreverencia que se abre paso indiferente a los muros, las alambradas y el asfalto, sobreviviendo entre ruinas, convirtiendo la herida del mundo en color, sin pedir permiso para existir. Las amapolas representan la sabiduría de lo transitorio, recordándonos que la belleza no acepta la posesión, que en lo efímero reside la magia. Vivaldi la hizo música en la magistralía de sus cuatro estaciones, eco de la espiritualidad del idioma de la Naturaleza traducida por las cuerdas de los violines, una irrupción desbordante de savia y luz, representativa de un alma humana que se quisiera eterna, en la que el invierno es el silencio necesario en el que la vida prepara su renacimiento.
También nosotros atravesamos inviernos interiores, en los que la poesía salva al mundo y se salva con él. El poeta aprende que escribir no consiste en escapar de la realidad, sino en besarla profundamente, incluso cuando duele. La poesía redime porque nos devuelve el asombro ante lo cotidiano, el libar de la abeja suspendida en la tarde, el aleteo de las mariposas, el olor a tierra mojada que nos arropa en una infancia durmiente y siempre presta a arroparnos en el recuerdo que nos retornan los rayos del sol de una piel entumecida tras el invierno, los años y los daños.
Celebrar la vida cada mayo es un acto de resistencia espiritual, la huella que nos aprehende en algo más fuerte que nuestras pérdidas, miedos y fronteras. Es una invitación sagrada a la contemplación y la escucha. A través de las fotografías del autor y los poemas de los colaboradores de Poetas en Mayo, el alma abre sus ventanas, transformando el dolor en dulzura, conminándonos a caminar despacio, a sorprendernos con cada pétalo.
Mientras exista una flor naciendo contra toda lógica, mientras un violín siga evocando la lluvia en primavera, mientras un poeta permanezca despierto para escuchar el temblor luminoso de la existencia, la vida encontrará la forma de abrirse paso.
@ Beatriz Rey, texto e imagen
