La butaca de la fila 7 “El ser querido: quien bien te quiere… te hará una película”
Existe el cine familiar y el cine que habla de la familia y si el primero agrupa la troupe que convive bajo el mismo techo en las butacas de la sala, en el segundo se busca, y a veces se consigue, que uno salga del cine pensando en sus padres, sus hijos, sus hermanos o incluso en ese cuñado al que lleva años evitando en Navidad y en esa tía Tula de la que huyes sin remordimiento cuando la ves por la calle. El ser querido, de Rodrigo Sorogoyen, pertenece claramente a esta segunda categoría, aunque en este caso la familia en cuestión adolece de espíritu navideño para hilar con más precisión una tendencia patológica a hacerse daño.
La escena inicial (brutal, en un diálogo que es puro teatro en el sentido amplio de la expresión) nos presenta a un padre que lleva años ausente, una hija que ha aprendido a vivir sin él y un reencuentro que, como suele ocurrir en estos casos, comienza con conversaciones intrascendentes y termina con un final abierto, como el buen suspense.
El padre es Esteban (Javier Bardem), director de cine de éxito, ególatra, autoritario y con un historial de excesos que haría palidecer hasta al mismísimo Alfred Hitchcock que acabó tirándole una bandada de cuervos hambrientos a Tippi Hedren solo para ahorrarse el presupuesto de efectos especiales.
La hija es Emilia (Victoria Luengo), actriz, bastante menos famosa que su papi y con una cuenta pendiente con su progenitor que no cabe en las servilletas que tiene junto al plato.
Y entonces aparece nuestro Javier Bardem.
Bardem no interpreta a Esteban. Bardem es Esteban y se lo come con patatas como plato fuera de carta. Se mete dentro del personaje, lo llena de arrogancia, culpa, violencia contenida, ternura mal gestionada y le pone esa mirada que cabalga entre el ser bondadoso, el psicópata de manual o el pitoniso que ha leído el final del guion y sabe cómo va a acabar esto. Y uno piensa: “me lo voy a pasar pipa”.
Nuestra Reina Roja Luengo tampoco se queda precisamente mirando cómo trabaja el compañero y aprovecha la inercia. Ella construye una Emilia verosímil, capaz de transmitir en sus gestos todo lo que no está dispuesta a decirle a su padre. Que no es poco, teniendo en cuenta que llevan años acumulando silencios y reproches como quien acumula cajas en un trastero; sabiendo que algún día tendrás que abrirlas, pero mientras tanto es mucho más fácil cerrar la puerta mirando al otro lado del descansillo.
La película usa el recurso de hacer cine dentro del cine, arte ya utilizado en las míticas La noche americana o la impagable 8½ de Fellini, pero aquí en El ser querido, Sorogoyen utiliza el recurso para algo bastante más interesante: Bardem dirige una película dentro de la película que estamos viendo y, mientras dirige a su hija, parece que ambos están rodando también su propia historia (aunque quizá la idea de solucionar una relación familiar rota poniendo a trabajar juntos a un padre ególatra y a una hija resentida no sea exactamente lo que recomendaría un psicólogo conlicencia para matar; perdón, licencia para ejercer en el ambulatorio, que se me ha venido a la mente Ian Fleming, pese a que esa película no se basó en ninguno de sus libros).
Y al final funciona todo. Y eso ocurre porque Sorogoyen no necesita inventarse grandes Odiseas para crear tensión (y extensión). Aquí la guerra troyana está en las conversaciones, en los silencios, en las miradas y en esas perlas a modo de frases aparentemente inocentes, que llevan detrás quince años de reproches contenidos acumulados en el imaginario de la protagonista.
Hay incluso momentos en los que uno piensa que todo va a acabar bien. Y entonces recuerdas que estás viendo una película de Sorogoyen; se jodió…
El director de As Bestas, El Reino o Que Dios nos perdone cambia aquí el thriller y la violencia exterior por algo, si no más peligroso sí más angustioso: la violencia intrafamiliar. Y demuestra que no hace falta sacar una Smith & Wesson 44 Magnum, como nuestro gran Clint Eastwood interpretando a Harry el sucio, para lograr que una escena te haga temblar; a veces basta con sentar a un padre y a una hija frente a frente en una mesa. Y sobre todo si son Bardem y Luengo cuando interpretan a dos personas que se quieren, que se han hecho daño y que llevan demasiado tiempo sin saber cómo volver a acercarse.
Porque querer y perdonar no son la misma cosa.
En cuanto al arte visual, Sorogoyen vuelve a demostrar que sabe perfectamente dónde colocar la cámara. Hay cambios de formato, momentos en blanco y negro, una utilización del sonido especialmente interesante y una puesta en escena que acompaña el estado emocional de los personajes. A veces quizá demasiado, pero bueno, no todo va a ser perfecto y se le puede perdonar cuando Javier nos frece una interpretación descomunal. Si de Ava Gardner era el animal más bello del mundo (según su esposo Frank Sinatra y según, sobre todo, la campaña publicitaria de la Metro-Goldwyn-Mayer), de Javier Barden podemos afirmar que es un animal escénico de lo mejor que existe actualmente en nuestro universo patrio (e incluso más allá del charco).
Con su interpretación logra que Esteban consiga ser al mismo tiempo un tipo que primero te da pena, después provoque odio y al final, te genera cierta compasión. Que es exactamente lo que ocurre con las personas de verdad. Y quizá por eso El ser querido mola; porque no pretende contarnos que la familia es maravillosa, ni que la sangre todo lo puede, ni ninguna de esas frases que quedan estupendas en una taza de desayuno.
La familia es otra cosa. Es querer a alguien incluso cuando no sabes cómo hacerlo; es perdonar algunas cosas y no saber si puedes perdonar otras. Y es descubrir, a veces demasiado tarde, que hay personas a las que queremos muchísimo y con las que, sencillamente, nunca hemos aprendido a querernos bien.
El ser querido es una película intensa, incómoda, magníficamente interpretada y por momentos extraordinaria.
Y cuando Javier Bardem mira a Victoria Luengo y no hace nada, absolutamente nada, y aun así entiendes perfectamente lo que está pasando entre esos dos personajes, te das cuenta de que estás delante de algo profundo; de esa complicada costumbre humana de querer a quienes más daño pueden hacernos.
Porque al final, como casi siempre en la vida, el ser querido no es necesariamente el que mejor te quiere. A veces es simplemente el que más necesitas aprender a perdonar.

© “Txusmi” Sáez, texto; Movistar Plus, imagen de portada y cartel

