El precio de saber que un día dejaremos de existir
Hay preguntas que nunca desaparecen del todo. Permanecen silenciosas durante años, escondidas bajo las responsabilidades del trabajo, las prisas del día a día o la aparente normalidad con la que transcurre la vida, hasta que un acontecimiento cualquiera las devuelve al primer plano. La muerte de un ser querido, una enfermedad, el nacimiento de un hijo o el simple hecho de descubrir una nueva arruga frente al espejo pueden recordarnos una verdad que siempre estuvo ahí, aunque procuráramos no mirarla demasiado de cerca: un día dejaremos de existir.
Probablemente esa sea una de las mayores singularidades del ser humano. Hasta donde sabemos, somos la única especie capaz de anticipar conscientemente su propia muerte. Vivimos proyectándonos hacia el futuro sabiendo que llegará un momento en el que ya no estaremos para contemplarlo. Esa certeza nos acompaña desde que adquirimos conciencia de nosotros mismos y, aunque pocas veces ocupe el centro de nuestros pensamientos, termina influyendo en nuestra manera de entender el mundo mucho más de lo que solemos imaginar.
Durante siglos hemos tratado de responder qué ocurre después de la muerte. Las religiones han ofrecido distintas respuestas, la filosofía ha reflexionado incansablemente sobre el sentido de la existencia y la ciencia continúa investigando los límites de la vida. Sin embargo, quizá la cuestión verdaderamente importante no sea descubrir qué sucede cuando morimos, sino comprender cómo vivimos sabiendo que ese momento llegará inevitablemente.
El filósofo Martin Heidegger sostenía que el ser humano es un ser para la muerte. Lejos de ser una afirmación pesimista, su propuesta escondía una idea profundamente esperanzadora. La conciencia de nuestra finitud no empobrece la vida; por el contrario, es precisamente aquello que le otorga valor. Si dispusiéramos de un tiempo infinito, difícilmente existiría la urgencia de reconciliarnos con alguien, de comenzar un proyecto, de pedir perdón o de abrazar a quienes queremos. Siempre habría un mañana. Es el límite del tiempo el que convierte cada decisión en algo irrepetible.
Sin embargo, vivimos en una sociedad que parece empeñada en mantener esa realidad fuera de nuestra vista. Nos mantenemos constantemente ocupados, consumimos información de manera ininterrumpida, perseguimos objetivos, acumulamos experiencias y organizamos la agenda hasta el último minuto. No hay nada censurable en ello, pero resulta inevitable preguntarse si parte de esa actividad frenética no cumple también otra función menos evidente: impedir que el silencio nos enfrente a aquellas preguntas que más vértigo nos producen.
El antropólogo y psicoanalista Ernest Becker dedicó buena parte de su obra a desarrollar una hipótesis tan sugerente como incómoda. En La negación de la muerte defendía que una gran parte de nuestra conducta puede entenderse como un intento, generalmente inconsciente, de negar la propia mortalidad. Dejamos descendencia, buscamos reconocimiento, escribimos libros, construimos empresas, levantamos monumentos o tratamos de que nuestro nombre permanezca vivo cuando nosotros ya no estemos. Nonecesariamente por vanidad, sino porque existe en nosotros un deseo profundamente humano de trascender los límites de nuestra existencia biológica.
Quizá Becker exagerara algunos aspectos de su planteamiento, pero cuesta no reconocer algo de verdad en sus palabras. Todos aspiramos, de una forma u otra, a que nuestra vida deje alguna huella. Nos consuela pensar que algo de nosotros permanecerá cuando desaparezcamos, aunque solo sea en el recuerdo de quienes compartieron el camino con nosotros.
Desde la psicoterapia existencial, el miedo a la muerte no suele entenderse como un síntoma que deba eliminarse, sino como una consecuencia inevitable de estar vivos. No existe una técnica que haga desaparecer definitivamente esa angustia, del mismo modo que no existe una forma de evitar nuestra condición finita. La cuestión no consiste en dejar de sentir ese miedo, sino en descubrir qué hacemos con él y hasta qué punto condiciona las decisiones que tomamos.
No es casualidad que muchas personas lleguen a consulta hablando de ansiedad, de vacío o de una sensación persistente de insatisfacción. Rara vez formulan directamente su temor a la muerte. Sin embargo, conforme la conversación avanza, aparecen preguntas mucho más profundas que trascienden el síntoma inicial. ¿Estoy viviendo la vida que realmente deseo? ¿He dedicado demasiado tiempo a cumplir expectativas ajenas? ¿Qué ocurriría si mañana descubriera que apenas me queda tiempo para hacer aquello que siempre he querido?
El psiquiatra Irvin Yalom, uno de los principales representantes de la psicoterapia existencial, sostiene que buena parte del sufrimiento humano gira alrededor de cuatro preocupaciones inevitables: la muerte, la libertad, el aislamiento y la búsqueda de sentido. Ninguna de ellas puede resolverse definitivamente porque forman parte de la propia condición humana. Tal vez la tarea del terapeuta no consista tanto en ofrecer respuestas como en acompañar a la persona mientras aprende a convivir con esas preguntas sin quedar paralizada por ellas.
También Albert Camus comprendió que el ser humano anhela encontrar un significado definitivo en un universo que no parece dispuesto a proporcionárselo. Sin embargo, lejos de conducir al pesimismo, esa ausencia de respuestas puede convertirse en una extraordinaria fuente de libertad. Si el sentido no está escrito de antemano, entonces somos nosotros quienes participamos activamente en su construcción. En una línea semejante, Viktor Frankl recordaba que incluso en las circunstancias más extremas el ser humano conserva la capacidad de elegir la actitud con la que afronta aquello que no puede cambiar. Tal vez el sentido no sea un destino al que llegamos, sino una dirección que vamos construyendo con nuestras decisiones cotidianas.
Resulta llamativo comprobar que las personas que han estado cerca de la muerte rara vez hablan de haber necesitado más dinero, más éxito o más reconocimiento. Con mucha más frecuencia recuerdan conversaciones que nunca llegaron a tener, abrazos que dejaron para otro momento o proyectos que fueron posponiendo convencidas de que siempre existiría una nueva oportunidad. Es como si la cercanía de la muerte reorganizara de golpe la escala de prioridades con la que habían vivido hasta entonces.
Quizá por eso la muerte encierra una paradoja difícil de ignorar. Nos produce miedo porque pone fin a nuestra existencia, pero al mismo tiempo es aquello que dota de valor al tiempo que tenemos por delante. Cada instante adquiere importancia precisamente porque sabemos que no volverá a repetirse. Cada encuentro posee un carácter único porque algún día será el último, aunque no sepamos cuándo.
No creo que el objetivo de la vida consista en dejar de temer a la muerte. Sospecho que ese temor forma parte inseparable de nuestra condición humana y probablemente nos acompañará siempre en mayor o menor medida. Tal vez la verdadera tarea sea aprender a convivir con él sin permitir que nos robe aquello que todavía está ocurriendo delante de nuestros ojos. Porque, al fin y al cabo, el mayor riesgo quizá no sea morir, sino llegar al final del camino descubriendo que, por miedo o por inercia, fuimos aplazando la vida mientras esperábamos el momento adecuado para empezar a vivirla.
© Fernando Lacalle, texto; Imagen de portada, PPO
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