Cuando el hombre fue hombre
El ser humano se busca a sí mismo en las excavaciones de sus ancestros. Esta exposición nos propone un viaje cultural a la Alta Edad Media alavesa, pero va mucho más allá: actúa como un espejo de lo que hemos sido y de lo que podemos llegar a ser en esta tierra.
El hombre —y cuando digo hombre incluyo tanto lo femenino como lo masculino— crece con cada siglo. Podríamos decir que es trabajador: inventó la rueda y se encontró con el fuego. El hombre somos todos, los que estamos y los que estuvieron. Sin embargo, dentro de ese todo hay cambios de épocas y de mentalidades. La tecnología empieza a respirar; el ser humano es agricultor y astronauta a partes iguales, pero siempre innovador en los conceptos sociales y éticos. Así, nuestro hombre tiene las manos llenas de callos y, al mismo tiempo, ha aprendido a ordenar historias para seguir intentando comprender el futuro cercano y lejano.
Aldeas. Esa palabra es importante y grande, aunque solo tenga seis letras y forme ya parte de nuestro lenguaje habitual. El hombre es arquitecto de los refugios de la historia, de esos escondites que se convierten en hogares donde entrar en calor. Pero si observamos de cerca la palabra aldeas, quizá necesitemos una nueva conciencia para convivir. El hombre crea sus aldeas, pero también las destruye para empezar de nuevo desde un cero inventado o un cero numérico. Me explico: veo una montaña, o veo una ciudad o una aldea en esa montaña, con hombres que han hecho de la nada su propio invento.
Así, la tierra busca sus vocales y consonantes para construir una frase de convivencia. La tierra inventa, porque el hombre no se hace inventor por sí mismo: es la tierra, junto a las experiencias de la vida, la que convierte al hombre en inventor. Vivimos en una tierra que nos regala cosas, pero que también nos castiga. El hombre pasa su existencia luchando contra sus inclemencias, implorando a sus ancestros para que todo salga bien, cueste lo que cueste. La tierra es nuestro mayor aliado, pero también puede ser nuestro verdugo, porque cuando nosotros seamos solo un recuerdo, ella seguirá aquí.
Un milenio nos separa de otra realidad. Los pensamientos y los inventos se suceden, y la mente viaja hacia el futuro que estamos creando ahora mismo. Aunque el hombre intente ser hombre para comprender el porqué universal, esa idea de eternidad sigue entre nosotros, sea cual sea el siglo, buscando la razón o la compasión que nos permita, dentro de mil años, vivir en la exposición del futuro, quizá titulada: Ciudades, mil años de cemento.
(Exposición: Aldeas, mil años en la tierra, en el Museo BIBAT de Vitoria-Gasteiz, hasta junio de 2026).



© Jorge Girbau Bustos, texto y fotografías
