La cocina como alquimia y el alter ego del cocinero
Hola, mis queridos lectores de CulturaBAI. Como ya es costumbre, normalmente intento traerles una receta y luego alternarla con algún tema relacionado con la hostelería, la gastronomía o las emociones que viven dentro de una cocina.
Pero esta vez quiero hablar de algo mucho más personal.
De mí.
O quizá… de la otra versión de mí.
Hay personas que meditan. Otras corren. Yo cocino. Y cada vez que entro en una cocina, dejo de ser exactamente yo.
Este último mes, que se me ha pasado volando, me he dado cuenta de algo que llevaba años viviendo sin ponerle nombre. Ahora que estoy al frente de mi cocina en Kai Plaza, tomando decisiones, organizando equipos, creando platos y sintiendo la responsabilidad sobre mis hombros, entendí algo que siempre estuvo dentro de mí: cocinar no es solamente preparar comida.
Es transformarme.
Hay algo extraño y hermoso que ocurre cuando me pongo la chaqueta de chef y el mandil. Veo la lista interminable de tareas: elaboraciones, cámaras, inventarios, reservas, proveedores, ideas nuevas, salsas por probar, platos por montar… y en lugar de sentir ansiedad, siento calma.
Mi móvil pasa a un segundo plano.
El ruido del exterior desaparece.
Entro en una especie de mundo paralelo donde solo existimos la cocina y yo.
Y sí, aunque el dueño sea Emanuel —que no lea esto muy serio— siento que esa cocina también es mía. Porque un cocinero deja partes de sí mismo en cada rincón donde crea.
Mientras ordeno una cámara o limpio una mesa, mi cabeza ya está imaginando sabores. Mi mente nunca deja de cocinar. A veces veo un producto y automáticamente pienso en texturas, temperaturas, recuerdos o combinaciones. Todavía siento que me falta muchísimo por aprender, especialmente en el mundo del emplatado y la precisión estética, pero también siento, con una seguridad difícil de explicar, que estoy exactamente donde debo estar.
Porque yo no solo cocino.
Intento crear experiencias.
Y es curioso, porque lo que para muchas personas sería estrés o agotamiento, para mí se convierte en terapia. Mi personalidad cambia completamente dentro de la cocina. Cambia mi voz, mi energía, mi manera de moverme. Hay una intensidad que despierta en mí y que ni siquiera aparece en otros aspectos de mi vida.
Es como si existiera un alter ego.
Uno más seguro. Más creativo. Más intuitivo.
A veces trabajo durante horas sin detenerme, sin mirar el reloj, sin descansar, completamente absorbido por lo que hago. Solo descubro el cansancio cuando llego a casa y me dejo caer sobre la cama. Y, aun así, incluso agotado, siento satisfacción.
Porque cocinar me ordena por dentro.
Creo que todo eso viene de mucho antes.
Viene de mi madre.
Ella me enseñó, sin saberlo, que cocinar era una forma de amar. Recuerdo que a veces discutíamos —como pasa entre madres e hijos— y aun así, horas después, yo encontraba una nota en mi habitación diciendo que mi comida estaba preparada.
Nunca faltaba ese plato servido.
Nunca faltaba ese gesto.
Y con los años entendí algo: esa era su manera de decir “te quiero”, incluso cuando estaba enfadada.
Hoy me doy cuenta de que yo soy exactamente igual.
La cocina tiene algo profundamente emocional. Un plato puede convertirse en refugio, en memoria, en reconciliación. A veces las personas no recuerdan exactamente qué comieron, pero sí recuerdan cómo se sintieron mientras lo hacían.
Por eso me obsesiona que la comida tenga alma.
No busco hacer platos vacíos ni cocinar solo para llenar estómagos. Quiero que alguien pruebe algo mío y por un instante viaje a algún lugar de su vida. A una infancia. A una casa. A una persona. A un momento feliz.
Eso, para mí, es la verdadera alquimia.
Transformar ingredientes simples en emociones.
Convertir cansancio en belleza.
Hacer que el fuego, el tiempo y las manos construyan algo capaz de tocar el corazón de alguien.
Incluso yo mismo he cambiado. Hasta hace poco decía que no me gustaba hacer postres. Ahora los hago, los pruebo y hasta disfruto ese proceso que muchos cocineros evitan. Tal vez porque he entendido que cocinar también consiste en derribar las ideas que uno tenía sobre sí mismo.
No sé qué me depara el futuro.
No sé cuántas cocinas más conoceré ni cuántos platos me quedan por crear.
Pero sí sé algo con certeza: quiero seguir cocinando desde la emoción.
Quiero seguir creando platos con intención, memoria y sensibilidad.
Hoy entiendo que cocinar nunca fue solamente un oficio heredado de mi madre.
Fue la manera que encontré de comunicar amor, incluso en silencio.
Porque hay personas que abrazan.
Otras escriben cartas.
Y luego estamos los cocineros… que decimos “te quiero” poniendo un plato caliente sobre la mesa.
Tal vez la verdadera alquimia no consiste en convertir metales en oro.
Tal vez consiste en transformar recuerdos, cansancio, amor y caos… en algo capaz de emocionar a otra persona.
Y si algún día alguien recuerda uno de mis platos como recuerda un momento feliz de su vida, entonces sabré que todo este viaje habrá valido la pena.



Rigo Macías, texto; Zaida Cordero, fotografías
