jueves, julio 30, 2026
Cine y TV

The Mandalorian and Grogu

The Mandalorian and Grogu llega a los cines pisando fuerte, dispuesta a consolidar lo que ya hilaba cada semana en el salón de nuestra casa. Y es que el salto a la gran pantalla del western espacial mandaloriano (que salvó en televisión el honor de Star Wars en total caída libre, todo hay que decirlo) tiene una parte de experimento corporativo y otro poco de capricho fanboy con presupuesto escandaloso. 

La película continúa donde lo dejó la serie, con Din Djarin ejerciendo de padre adoptivo en modo «no me toques al niño que te mato bien muerto», tutelando a Grogu, que se confirma como ese hijo pequeño que no habla, pero domina la situación mejor que tú en cualquier cena familiar navideña, con los cuñados tiranizando desde el lado oscuro. Y la historia va de que la Nueva República, todavía en pañales y con la intención de montar un after a las seis de la mañana, los recluta para limpiar restos del Imperio, porque en esta galaxia muy muy lejana siempre queda alguien que no ha recogido después de la fiesta, y eso a la nueva jefa (léase Sigourney Weaver, diosa de la Nostromo y la Sulaco) no le gusta ni pizca. La misión, en principio, es sencilla —rescatar, perseguir, disparar y vuelta a empezar—, pero lo importante aquí nunca ha sido el «qué» sino el «cómo la lían estos dos».

Y ahí la película juega sobre seguro. Porque si algo sabe The Mandalorian and Grogu —y lo sabe bien— es que su núcleo emocional sigue funcionando como un reloj suizo: la relación entre Mando y el niño (criado en el Templo Jedi de Coruscant y superviviente a la purga de la Orden 66) no solo aguanta el generoso metraje, sino que lo justifica por completo hasta los títulos de crédito. Es pura paternidad galáctica, con armadura de beskar y silencios que dicen más que muchos diálogos de tres páginas. Y eso el filme lo entiende, lo exprime y lo enseña sin pudor, como quien sabe que tiene el producto estrella del menú y se regodea publicitándolo en busca de la estrella (de la muerte) Michelin.

El problema es que cuando levantas la mirada más allá de ese vínculo, lo que queda es un armazón narrativo que huele demasiado a capítulo largo. No molesta —porque entretiene y mucho—, pero tampoco impresiona o sorprende. Uno tiene la sensación constante de estar viendo tres o cuatro episodios cosidos con hilo de blockbuster y algo más de presupuesto en explosiones. Hay persecuciones, criaturas feas (muy feas y algunas provenientes de ese tablero de ¿ajedrez? en el Halcón Milenario del Episodio IV), tiroteos, muertos (muchos muertos) y planetas de ida y vuelta a la velocidad de la luz; pero todo sucede con una familiaridad que roza el déjà vu.

Jon Favreau, que aquí dirige con oficio y sin demasiadas pretensiones filosóficas, apuesta por lo que mejor le funciona: acción directa, ritmo ágil y una estética que bebe del western clásico con la misma naturalidad con la que un forastero pide en el saloon otra ronda de wiski. La película nunca se atasca, nunca aburre, no te hace mirar el reloj a ver cuánto queda, pero tampoco se atreve a subir de marcha o de nivel. Se queda en esa zona de confort, sin arriesgar, pisando sobre seguro, en la que todo es correcto, funcional… y ligeramente olvidable cuando sales del cine ya que, por más que te esfuerces, no recordarás el clímax final pasadas unas horas.

Visualmente, eso sí, el juguete luce muy bien. Se nota que hay pasta en la producción (no hemos escatimados en gastos…), se agradece la escala y hay secuencias ideadas para disfrutarlas en sala grande con pantalla gigantesca, surround sound, ración de palomitas extra y todo eso. No estamos ante una revolución del lenguaje cinematográfico, ni falta que nos hace; aquí se viene a disfrutar, no a hacer una tesis. Y en ese sentido, la película cumple con lo prometido, que ya es más de lo que pueden decir algunas otras producciones de la saga.

Por poner una pega, o dos, donde el filme patina ligeramente es en su ambición dramática. No hay riesgo, no hay profundidad que rascar, no hay esa sensación de estar viendo algo que vaya a cambiar las reglas del tablero. Es una aventura, sí, pero de las de antes: buenos, malos, misión y vuelta a casa, con el piloto automático activado. Puede que eso sea justo lo que algunos fans pedían —menos policía, más diversión—, pero también deja la pregunta flotando en la galaxia: ¿cuál será el futuro de Star Wars en el cine? Y tal vez, renegando de algo más, hay que señalar que la banda sonora acaba volviéndose extraña, machacando la sonoridad del bass recorder (con su delicioso sonido etéreo, antiguo y a la vez tribal tan original) hasta llevar la flauta dulce bajo a una orgía rave galáctica que te termina descolocando en el patio de butacas y, como diría Woody Allen, te entras ganas de invadir Polonia (o en este caso los Territorios del Borde Exterior).

Al final, The Mandalorian and Grogu es un producto honesto. No engaña, no pretende ser lo que no es y se apoya sin complejos en lo que mejor conoce: el encanto de sus personajes y la nostalgia bien digerida. Es una película que se disfruta mientras dura, que arranca alguna sonrisa cómplice y que confirma que Grogu seguirá vendiendo muñecos durante varios ciclos galácticos más; si no, al tiempo.

No estamos ante la gran resurrección de la saga, ni ante su caída definitiva, ¡válgame dios! Es algo mucho más terrenal —o galáctico, según se mire—; acaso una parada intermedia en el puerto espacial de la confortabilidad, un recordatorio de que Star Wars sigue viva a base de pequeñas historias, como esta; de personajes que importan más que los mundos que atraviesan, como Mando y Grogu; y de esa extraña capacidad de hacernos sentir niños durante un par de horas largas, aunque sepamos perfectamente cómo va a acabar la cosa.

Porque al final todo va de eso. De sentarse en la butaca, ver a un tipo duro con casco aún más duro que no se lo quita ni para pagar en la caja del súper, y a una criatura verde con orejas enormes y cara de pillo, que no sabe hablar pero lo dice todo con la mirada. Y después salir de la sala con la sensación de que, aunque no haya sido la mejor película del universo, ha sido un buen plan ir al cine.

Que bien mirado en estos tiempos… ya es bastante.

© “Txusmi” Sáez, texto e imagen

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