martes, julio 28, 2026
Ecología

Luces y sombras del coche eléctrico

En nuestro mundo actual todo es rápido, efímero, se desgasta, se reemplaza. Comida, ropa, electrodomésticos, vehículos, útiles de todo tipo, el trabajo, incluso las relaciones humanas. Pero nos ceñiremos aquí sólo a los vehículos, y en concreto a los vehículos eléctricos.

Antes, los coches se fabricaban para que perduraran en el tiempo. Hoy en día se fabrican para cambiarlos por otros. No digo nada nuevo, lo sé, y me temo que la única forma de escapar de esa tendencia es regresar al uso de los vehículos antiguos, a los que forman parte de los históricos, o claudicar ante el coste y las normativas y confiarnos al transporte público.

El objetivo de la Unión Europea es reducir en un 100 % las emisiones de CO₂ en turismos nuevos para 2035. Lo que se traduce a que no se fabricarían más coches de combustión tradicionales. La Comisión Europea está controlando que se den las condiciones para que la transición hasta ese momento sea justa para la industria. Pero, ¿es viable?, ¿es justa para el bolsillo de los ciudadanos?, y sobre todo, ¿es tan ecológica como nos la pintan?

A finales de año, si no hay cambios será el 7 de noviembre de 2026, la Normativa Euro 7 endurecerá los límites de emisiones contaminantes, no solo CO₂, tanto para vehículos eléctricos como de combustión. Normativas que aprueban y exigen ONGs como Greenpeace, pues el transporte es uno de los sectores más contaminantes del planeta, que produce muertes prematuras por la exposición a dicha contaminación. Y promueven que los vehículos eléctricos en los centros urbanos ya no sean solo una opción.

Pero recapitulemos. La fabricación de un vehículo nunca va a ser inocua. Para producir la batería de un vehículo eléctrico se requiere de minería intensiva, para conseguir litio, cobalto y níquel, lo que conlleva un serio impacto en la biodiversidad y la calidad del agua de las zonas circundantes. En algunas zonas cercanas a salares de litio se ha observado un descenso en la capa freática, y la muerte de ganado o peces. Y un artículo, publicado en Nature Communications (2024), expuso que la fabricación de baterías de iones de litio usa una subclase de PFAS contaminantes del aire y del agua que no se degradan. Algo de obligada revisión.

No obstante, estos costes ambientales no son tan dramáticos, hoy por hoy, como la quema de combustible. Las políticas urbanas tienen un sentido sanitario, aunque su efecto global y su aportación al problema climático sea mínimo. Pensemos que la responsabilidad histórica contaminante de países de la UE y EE.UU. es mucho mayor que en naciones como China o la India, que aunque actualmente se podría decir que son quienes más contaminan, nosotros contaminamos más por individuo. Y aunque las economías emergentes deberían reducir también sus emisiones, no es muy clara su dirección al respecto. Es necesario reducir las emisiones, pero, si no lo hacemos todos en condiciones comparables, no conseguiremos un resultado óptimo.

De los efectos y acumulación de vehículos de combustión tenemos más de un siglo de experiencia e historia. Acumulación de carrocerías, motores, aceites y fluidos. Del vehículo eléctrico apenas tenemos 10-15 años de recorrido real. Y sabemos que las baterías eléctricas pueden durar entre 8 y 15 años, por lo que está por llegar la gran ola de baterías al final de su vida útil. Quizás, como dice Greenpeace, el verdadero camino a la independencia energética sea el de ser generadores de nuestra propia energía. De ese modo seremos menos vulnerables y más soberanos. Lo que sin duda ayudaría a mejorar el estado climático global. Porque fabricar un coche eléctrico es más caro y también contamina. Pero no olvidemos que, en algunos mercados, las energías renovables aún resultan insuficientes o demasiado costosas para ser rentables y viables, porque vivimos en una sociedad donde todo está controlado por grandes empresas.

Lo curioso en este tema es que, mientras nos centramos en la urgencia de controlar las emisiones en las ciudades, nadie menciona el sector aéreo, cuyo peso relativo es menor pero que avanza tan lentamente en su descarbonización que su impacto real acaba siendo mayor del que se le atribuye.

Otro sector que se ignora es el de la guerra. Si analizamos la historia relativamente reciente de los efectos de las guerras en la atmósfera podemos llevarnos no pocos disgustos. Durante la guerra de Irak-Kuwait cientos de pozos petrolíferos kuwaitíes se incendiaron. La nube de humo de los pozos cubrió 100 millones de kilómetros cuadrados, afectando a varios países y provocando enfermedades respiratorias a millones de personas. No olvidemos que el derrame de petróleo fue descomunal.

Y para no extendernos, podemos fijarnos en la más reciente guerra con Irán. El humo tóxico, metales pesados y toneladas de petróleo ardiendo, generados por los bombardeos a pozos petrolíferos e incendios en refinerías, acabaron dañando el aire, el suelo y el agua a nivel regional.

En términos de porcentajes, las fuerzas armadas serían responsables de en torno al 5,5 % de las emisiones globales de gases de efecto invernadero, según una investigación publicada por las organizaciones científicas Scientists for Global Responsibility (SGR) y el Conflict and Environment Observatory (CEOBS), aunque la cifra es difícil de precisar porque faltan datos oficiales concretos.


Se nos presenta un futuro complejo. ¿Libertad y capacidad económica que favorezca la compra de un vehículo eléctrico? o ¿priorizar núcleos urbanos libres de contaminación? El hecho de que necesitemos menos vehículos para lograrlo, sumado a la competencia de las empresas orientales, ya está teniendo sus consecuencias. Miles de puestos de trabajo se van a perder. En beneficio de un planeta más limpio, pero ¿será un planeta más limpio realmente? Porque los ciudadanos de a pie siguen sin poder afrontar la compra de un vehículo eléctrico, por lo que más que nunca, los ciudadanos siguen optando por vehículos de segunda mano.

Quizás haya que romper el sueño creado hace unas decenas de años sobre el estilo de vida que impuso la necesidad de poseer un coche por persona. Pero para ser factible también tendrá que cambiar el modus operandi del empleo. Los organismos gubernamentales tendrán que facilitar una adecuada movilidad a cada individuo. Porque sabemos que muchos trabajadores no se pueden permitir el lujo de prescindir de su coche para ir al trabajo.

Se mire por donde se mire, no va a ser fácil ni gratis. No existe una respuesta limpia, como tampoco lo es ninguna de las energías que hoy nos mueven. Tendremos que renunciar a certezas, replantear qué entendemos por progreso, y aceptar que la transición, como todo lo que merece la pena, se hará a base de ensayo y error. La pregunta ya no es si estamos preparados para el cambio, sino cuánto estamos dispuestos a ceder para lograrlo.

© Luna Henxe, texto e imágenes

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