lunes, julio 20, 2026
Música

Mario en clave de jazz. Capítulo final

Aquel último día, el contrabajo desapareció sin pedir permiso, consumido por la falta de amor. Yo no supe quererlo. Lo intenté, sí, pero nunca llegué a enamorarme de él. En aquel teatro, que ya reclamaba un poco de luz entre los claroscuros de la música, esperaba la chispa capaz de devolver la vida a lo que había muerto. Pero nunca regresó. El contrabajo seguía gritando aquel principio perdido y, poco a poco, el escaso aire del teatro se volvió irrespirable. En el suelo crecían las tinieblas de las melodías olvidadas.

Llegué a dudar incluso de mi propio nombre —Mario—. Igual que mi abuelo, músico. Igual que mi padre, también músico. Todos músicos. Y yo, que no lo soy, con medio contrabajo ocupando espacio. Qué triste. Triste porque no puedo tocarlo. Mi alma responde con un no rotundo, impropio de una familia de músicos. Pero nadie es perfecto. Ni siquiera los contrabajistas lo son, porque la perfección también puede resultar aburrida. Yo no toco el contrabajo y tampoco soy perfecto. Si lo fuera, lo tocaría para siempre. Aunque, pensándolo bien, la palabra siempre tampoco existe en mi universo.

Hay que ser realistas. Si la música no me sirve para vivir, tendré que buscar otros espacios. ¿Acaso los números también son música? Uno, dos, tres… Hasta cien todavía puedo seguir el compás. Después me pierdo. Los números dejan de ser números y se convierten en imposibles, en un género llamado jazz. Pero de poco sirve cuando ya ni siquiera sabes contar hasta diez. Entonces los números empiezan a bailar en la cabeza y solo queda una certeza: mi contrabajo ya no existe. Bueno, quizá quede la base. O tal vez ni eso.

Después ocurrió lo de todos los días. Ya estaba acostumbrado. Se encendía el proyector y comenzaba un concierto sobre la pared desnuda del escenario. Yo permanecía sentado junto a mi contrabajo, observando cómo desaparecía, poco a poco, por falta de cariño.

Isaiah Collier Quartet cerró la programación del Palacio de Congresos Europa dentro del Festival de Jazz con una propuesta tan valiente como inclasificable. Su música se adentra en auténticos archipiélagos sonoros, donde cada nota y cada silencio encuentran un significado propio. Collier demuestra que no todo es lo que parece y que, más allá del mundo que habitamos, existen paisajes musicales capaces de romper cualquier frontera.

Con su saxo tenor al frente, acompañado por Davis Whitfield al piano, Conway Campbell al contrabajo y Tim Regis a la batería, el cuarteto ofrece una auténtica revolución sonora. No busca acomodar al público, sino invitarlo a descubrir nuevas formas de entender el jazz.

Isaiah Collier Quartet habita ese territorio donde vive el jazz más libre y rebelde, ese que mira al futuro sin renunciar a sus raíces. Collier parece conocer algo que todos hemos sentido alguna vez, aunque resulte imposible ponerle nombre. Si el ser humano encuentra calma en el jazz, cabe preguntarse quién consuela al propio jazz cuando pierde el rumbo. La respuesta parece estar sobre este escenario: Isaiah Collier Quartet logra algo muy poco común, lleva al jazz hasta el límite de la locura para, después, devolverlo con una delicadeza casi conmovedora.

Mario despertó sobresaltado, empapado en sudor. El calor era insoportable. Tardó unos segundos en reconocer el techo de su camerino y el viejo sofá donde se había quedado dormido antes del concierto.

Se llevó una mano a la frente y soltó una risa nerviosa. Había tenido un sueño de lo más extraño: estaba en un teatro vacío, frente a su contrabajo, convencido de que el jazz no significaba nada para él, de que nunca había logrado entenderlo. Una idea tan absurda que todavía le producía escalofríos. Él, que llevaba toda la vida respirando jazz.

Llamaron a la puerta.

—Mario, cinco minutos. Sales enseguida.

—Ya voy.

Se incorporó de un salto, entró en el baño y se mojó la cara con agua fría. El sueño empezó a deshacerse en cuanto el agua le recorrió el rostro. Respiró hondo y sonrió. Claro que amaba el jazz. Claro que aquel instrumento era una parte de sí mismo.

Treinta segundos después cruzaba el telón.

El teatro vibraba con la expectación del público. En el centro del escenario lo esperaba su contrabajo, inmóvil y familiar.

Mario caminó hacia él sin apartar la vista. Lo tomó entre los brazos con la naturalidad de quien vuelve a casa y apoyó los dedos sobre las cuerdas.

La primera nota disipó por completo el recuerdo del sueño.

Entonces comprendió que no hacía falta entender el jazz: bastaba con vivirlo.


Los recuerdos de una ciudad

Conciertos de la 49.ª edición del Festival de Jazz de Vitoria-Gasteiz en el polideportivo de Mendizorrotza

Una ciudad nunca deja de construir su memoria. Sus calles conservan el eco de quienes las habitan, las plazas guardan conversaciones que parecían destinadas al olvido y los edificios se convierten, con el paso de los años, en testigos silenciosos de los momentos que marcaron a varias generaciones. Vitoria-Gasteiz también posee esos recuerdos. Algunos pertenecen a la vida cotidiana; otros nacen de acontecimientos capaces de transformar el pulso de la ciudad durante unos días. Entre ellos ocupa un lugar privilegiado el Festival de Jazz.

Desde hace casi medio siglo, cada verano el festival convierte Vitoria-Gasteiz en un punto de encuentro para los mejores músicos del panorama internacional. Los grandes nombres del jazz llegan a la ciudad como quien regresa a un hogar conocido, mientras los aficionados esperan ese instante con la emoción intacta, conscientes de que cada concierto puede convertirse en un recuerdo imborrable.

Existe algo difícil de explicar cuando comienza el festival. La rutina desaparece, el tiempo parece adoptar otro ritmo y la música conquista cada rincón. Durante unos días, Vitoria-Gasteiz respira jazz. Las conversaciones giran alrededor de los conciertos, los bares prolongan las veladas y las calles parecen acompañar el compás de las melodías que nacen sobre los escenarios. Es entonces cuando el jazz deja de ser únicamente un género musical para convertirse en una forma de entender la ciudad.

Los recuerdos que deja cada edición permanecen mucho más allá del último aplauso. Son instantes que desafían al tiempo, emociones que regresan cada vez que vuelve el verano. El festival alimenta a la ciudad, pero también sucede lo contrario: Vitoria-Gasteiz sostiene el festival con el entusiasmo de un público fiel que año tras año vuelve a llenar los escenarios.

La edición de 2026 volvió a demostrar que el jazz continúa reinventándose sin renunciar a su esencia. Cuatro noches muy diferentes ofrecieron cuatro maneras de entender la música, cuatro formas de emocionar y cuatro razones para confirmar que el jazz sigue tan vivo como siempre.

15 de julio

Gretchen Parlato Quartet

La primera velada estuvo dedicada al jazz vocal. Gretchen Parlato abrió la programación con la elegancia que caracteriza toda su trayectoria. Su voz, delicada y cercana, envolvió el polideportivo Mendizorrotza desde la primera canción y creó una atmósfera de absoluta intimidad, incluso dentro de un recinto de grandes dimensiones.

Cada interpretación transmitió serenidad y sensibilidad. No hizo falta recurrir a grandes exhibiciones técnicas para conquistar al público. Bastó la honestidad de una artista que conoce el valor de cada silencio y de cada matiz. Su concierto dejó la sensación de que la belleza también puede expresarse desde la sencillez.

Take 6

Después llegó uno de esos conciertos destinados a permanecer en la memoria colectiva del festival. Take 6 ofreció mucho más que un recital vocal: regaló un auténtico viaje por la historia de la música.

Las seis voces alcanzaron una compenetración extraordinaria. Cada armonía apareció construida con una precisión admirable y cada canción despertó recuerdos compartidos entre varias generaciones. El grupo alternó emoción, humor y virtuosismo sin perder nunca la naturalidad. Su actuación recordó que la voz humana, cuando encuentra el equilibrio perfecto, puede convertirse en el instrumento más completo de todos.

El público respondió con entusiasmo y acompañó cada interpretación con un aplauso que parecía agradecer tanto el presente como la memoria musical que aquellas canciones despertaban.

16 de julio

Irene Reig Quartet

La saxofonista Irene Reig confirmó por qué se ha convertido en una de las figuras más prometedoras del jazz europeo.

Su presencia escénica transmitió seguridad desde el primer instante. Cada frase del saxofón apareció llena de personalidad y cada improvisación mostró una madurez artística sorprendente. La comunicación entre los miembros del cuarteto resultó impecable y permitió construir un concierto intenso, elegante y lleno de matices.

El público respondió con una atención absoluta, consciente de encontrarse ante una intérprete con una enorme capacidad para emocionar.

Sun Ra Arkestra

La llegada de Sun Ra Arkestra transformó completamente la atmósfera de la noche. El escenario se convirtió en un espacio donde la música, el color y la imaginación convivieron con absoluta libertad.

Los llamativos trajes, la teatralidad y el sentido del espectáculo formaron parte de una propuesta artística que va mucho más allá de un concierto convencional. Sin embargo, detrás de toda esa exuberancia apareció una formación perfectamente coordinada, capaz de combinar tradición, vanguardia y una energía contagiosa.

La alegría invadió Mendizorrotza. El público disfrutó de una actuación llena de ritmo, humor y creatividad, fiel al universo inconfundible que Sun Ra imaginó hace décadas y que la Arkestra continúa manteniendo vivo con admirable fidelidad.

17 de julio

Magalí Sare y Manel Fortià

La sensibilidad presidió cada instante de este concierto. Magalí Sare y Manel Fortià construyeron un diálogo musical lleno de delicadeza, donde las lenguas, las emociones y las influencias culturales encontraron un espacio común.

Las canciones recorrieron paisajes íntimos que invitaron al silencio y a la reflexión. Cada nota parecía buscar el corazón del espectador, mientras la complicidad entre ambos artistas otorgaba una enorme autenticidad a la propuesta.

Fue uno de esos conciertos que no necesitan grandes artificios para emocionar. Bastó la honestidad de dos músicos capaces de convertir cada interpretación en una conversación abierta con el público.

Rubén Blades

Hablar de Rubén Blades significa hablar de historia de la música latinoamericana. Significa recordar décadas de canciones que han acompañado a millones de personas y reconocer la figura de un artista que siempre ha entendido la música como un vehículo para contar historias, denunciar injusticias y celebrar la vida.

Su concierto constituyó uno de los grandes momentos de esta edición del festival. La fuerza de su repertorio permaneció intacta y su presencia sobre el escenario demostró que el paso del tiempo no ha disminuido ni un ápice su capacidad para conectar con el público.

Cada canción despertó una respuesta inmediata. Hubo baile, emoción, nostalgia y celebración. Blades consiguió que todo el recinto compartiera una misma energía y confirmó, una vez más, que sus composiciones ya pertenecen al patrimonio sentimental de varias generaciones.

18 de julio

The Bad Plus

El último concierto de The Bad Plus dejó una huella muy especial. La sensibilidad musical del grupo convirtió cada interpretación en un momento lleno de emoción. Sus canciones, sencillas en apariencia, demostraron que la verdadera fuerza de la música nace de la capacidad para conectar con el público.

Cada instrumento encontró su propia voz y transmitió sentimientos diferentes. El piano, el bajo y la batería crearon un diálogo lleno de matices que hizo del concierto una despedida inolvidable. Fue una actuación que recordó que la belleza también puede encontrarse en la simplicidad.

Snarky Puppy

Snarky Puppy ofreció un concierto en el que el ritmo apareció y desapareció de forma constante. Su música fue más allá de la lógica y construyó un universo sonoro lleno de contrastes. Cada estructura presentó nuevos sonidos que sorprendieron y despertaron la curiosidad del público.

La actuación también tuvo un carácter espiritual. Sus composiciones invitaron a cerrar los ojos y dejarse llevar por la imaginación, como si cada pieza abriera la puerta a un sueño diferente. Fue una experiencia intensa que confirmó el enorme talento y la creatividad del grupo.

Epílogo

La 49.ª edición del Festival de Jazz de Vitoria-Gasteiz volvió a demostrar que la música posee el extraordinario poder de crear memoria. Cada concierto dejó una huella distinta; cada artista añadió una página nueva a la historia del festival y cada aplauso reafirmó el vínculo que une a esta ciudad con el jazz desde hace casi cincuenta años.

Cuando las luces se apagan y el escenario queda vacío, la música no desaparece. Permanece en la memoria de quienes estuvieron allí, en las conversaciones que llenan los días siguientes y en la ilusión con la que todos esperan la próxima edición.

Porque los festivales terminan, pero las ciudades conservan sus recuerdos. Y Vitoria-Gasteiz, afortunadamente, posee una memoria escrita con notas de jazz.


La nueva imagen del Festival

El Festival de Jazz de Vitoria-Gasteiz presentó la que va a ser a partir de ahora su nueva imagen. Un nuevo logo, en dos versiones, fondo negro, letras en blanco y fondo blanco, letras en negro junto al nombre de la ciudad.

© Jorge Girbau Bustos, texto y fotografías

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