martes, junio 16, 2026
Gastronomia

La gastronomía secuestrada por el algoritmo

Vivimos una época donde la comida ya no solo se cocina: también se graba, se edita, se ilumina y se consume en quince segundos.

Hoy un plato no compite únicamente por sabor. Compite por atención.

Y aunque suene duro decirlo, la gastronomía está empezando a ser secuestrada por el algoritmo.

Llevo casi cinco años viviendo en el País Vasco y trabajando en cocina. Soy el chef de Kai Plaza, pero también hago algo que mucha gente desconoce cuando entra a un restaurante: creo cartas, desarrollo platos, hago pedidos, gestiono producto y además llevo gran parte —o prácticamente todas— las redes sociales del local.

Y eso cambia completamente la perspectiva.

Porque no solo veo lo que ocurre dentro de la cocina. También veo lo que ocurre fuera de ella: el negocio de la atención.

He pasado horas intentando grabar el “video perfecto”. He sentido frustración viendo cómo un plato trabajado durante días recibe menos alcance que un queso derritiéndose en cámara lenta. También caí en esa ansiedad de pensar que, si el video no funcionaba, entonces el trabajo tampoco.

Hasta que entendí algo: la gente ya no conecta solo con comida bonita. Conecta con historias.

Hoy intento mostrar algo más real. El proceso. El cansancio. La disciplina. El error. La memoria detrás de un plato. Porque cocinar no es solo emplatar bonito; cocinar también es sostener presión, repetir técnicas, corregir recetas y seguir creando incluso cuando el cuerpo ya está agotado.

Por eso me genera conflicto cierta parte del fenómeno foodie.

Y quiero aclarar algo importante: no estoy en contra de los foodies.

De hecho, algunos hacen un trabajo muy honesto. Hay creadores capaces de descubrir pequeños negocios, comunicar con sensibilidad y acercar la gastronomía a públicos nuevos. Eso tiene valor.

El problema aparece cuando confundimos influencia con criterio. Porque ahora cualquiera con un móvil, buena edición y un par de frases aprendidas puede autoproclamarse experto gastronómico. Y no, tener seguidores no convierte automáticamente a alguien en autoridad culinaria.

Lo veo constantemente.

Mensajes como: “Hola, soy creador de contenido y me gustaría colaborar con vuestro restaurante”.

Entro al perfil.
Ni siquiera siguen la cuenta.
No conocen el proyecto.
No saben quién cocina.
No entienden el concepto.

Y aun así llegan con tarifas:
200 euros por un post.
450 por un reel.

Todo esto en una ciudad pequeña como Vitoria, donde muchos restaurantes sobreviven literalmente haciendo malabares para sostener calidad, personal y costes.

Y aquí viene la parte incómoda: muchos cocineros terminamos sintiendo que, además de cocinar, ahora también debemos entretener al algoritmo para existir.

Ya no basta con hacer buena comida.
Ahora también hay que ser camarógrafo, editor, community manager, personaje y tendencia.

El plato dejó de competir solo por sabor.
Ahora compite contra la dopamina.

Y eso termina afectando incluso la manera en que el público consume gastronomía. Porque muchos contenidos ya no hablan de técnica, producto o identidad culinaria. Hablan de impacto visual. De exageración. De lo “instagrameable”.

Todo tiene que ser “brutal”.
Todo tiene que “romper internet”.
Todo tiene que ser viral.

Pero la cocina real casi nunca es viral.

La cocina real son cinco horas haciendo unas costillas a baja temperatura. Son fondos, salsas, pruebas, mermas, quemaduras y aprendizaje constante. Son cursos, formación y años afinando el paladar.

En mi caso, decidí estudiar cocina nacional e internacional, vinos, nutrición, cocina vegana, comida japonesa, cocina para celíacos, pintxos, cocina en miniatura y muchas otras áreas porque entendía que cocinar también era educarse. Por eso me preocupa algo: que las redes estén convirtiendo la gastronomía en espectáculo antes que en cultura.

Y quizá la pregunta no sea si los foodies deberían existir.
Claro que deben existir.

La verdadera pregunta es: ¿quién tiene hoy la autoridad para definir qué vale gastronómicamente?

Porque opinar sobre comida no es solo decir “está rico”. La gastronomía también es contexto, memoria, técnica, textura, temperatura, producto y conocimiento.

Tal vez el futuro de la cocina no dependa únicamente de quién cocina mejor, sino de quién logra sobrevivir al algoritmo.

Y eso, honestamente, debería hacernos reflexionar a todos.

© Rigo Macías, texto e imágenes

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